RECORTES DE PRENSA

en 'El Mundo' del 24-06-1999

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TRIBUNA LIBRE
JUAN A. HERRERO BRASAS
Orgullo y claudicación de los «gays»

ESTE próximo sábado, 26 de junio, miles de hombres y mujeres que muchos aún, en su ignorancia o malicia, consideran enfermos o pervertidos darán la cara en las calles de Madrid y otras ciudades. Como cada año, se repetirá el ritual.

En un Madrid somnoliento de fin de semana veraniego, a eso de las siete de la tarde, partirá la manifestación del orgullo gay de la Puerta de Alcalá para concluir en la Puerta del Sol. Allí, algún famoso solidario dará lectura a un manifiesto, quién sabe si reivindicativo o poético, del que la prensa ni se hará eco. Unas breves imágenes de televisión nos mostrarán las exuberantes drag-queens y los go-gos haciendo gala de sus genitales. Las imágenes serán de un mero jolgorio callejero.

Y es que poco menos que una mera fiesta es en lo que ha terminado convirtiéndose la conmemoración anual del orgullo gay. Cabe preguntarse si es eso lo que buscaban las 10.000 personas que, según la prensa, asistieron el año pasado, o lo que buscarán las 13.000 que se prevén este año. Lo que se conmemora en realidad son los violentos disturbios protagonizados por gays y lesbianas de la ciudad de Nueva York en junio de 1969 cuando, hartos de chantaje y corrupción policial, se lanzaron a las calles provocando una batalla campal que se prolongó varios días. De aquellas barricadas callejeras, coches incendiados y farolas arrancadas nacieron los frentes de liberación gay que, con su acción, contribuirían a iniciar un movimiento reivindicativo en la minoría social más oprimida y marginada (incluso por los movimientos de izquierda).

Hoy los gays disfrutan de un espacio de tolerancia, un pulmón artificial. Pero es un pulmón viciado. Viven asfixiados en un gueto comercialista de bares, saunas, cuartos oscuros y videos pornográficos que muchos, ingenuamente, confunden con libertad e igualdad. A este equívoco se debe quizá el que su jornada de lucha se haya convertido en un carnaval, un mero happening callejero astutamente aprovechado por los establecimientos del ambiente.

Y es que la mayoría de los gays no quieren luchar, sino evadirse. El hedonismo es la religión del mundo gay liberado, alcohol, sexo anónimo y droga su comunión diaria. Pero esta situación no es más que una vía de escape, el resultado de la presión social y marginación a que viven sometidos. Para evaluar la libertad e igualdad de que gozan los gays basta echar un vistazo a las tasas de alcoholismo y drogadicción. O, peor aún, la tasa de suicidio (casi un 600% con respecto a los hombres heterosexuales).

Se estima que un 20% de los hombres de orientación gay se casan y tienen hijos. Un 80% mantienen relaciones sexuales con mujeres por periodos superiores a un año. Todo en la insensata creencia -directa o indirectamente alentada hasta hace poco por unos médicos y curas insensatos- de que a base de tener relaciones con el sexo opuesto se convertirían en heterosexuales. Ni que decir tiene que no existe en los anales científicos ni un solo caso constatable de semejante tipo de conversión. De lo que sí tenemos constancia es de innumerables matrimonios y vidas destrozadas.

Por lo que se refiere específicamente a las mujeres de orientación lésbica, por mucho que, por ignorancia o desinterés, se las coloque en el mismo saco que a los hombres, bajo la categoría general de «homosexuales», el hecho es que su lucha es muy otra. Más minoritarias que los gays, las lesbianas sufren una triple opresión: como mujeres, el estatus de desigualdad laboral que comparten con las demás mujeres; por su orientación lésbica, el oprobio y desprecio que sufren por ser diferentes de la mayoría; y en su asociación estratégica con los gays (siempre mayoritarios), la marginación de que son objeto en un medio donde se rinde culto a lo masculino.

El fenómeno gay y lésbico se merece mucha más atención de lo que los políticos y la gran prensa le dedican en España. Todo el mundo tiene miedo a mostrar interés en el asunto, a contagiarse del estigma, a convertirse en sospechoso, y ello nos da una medida de lo terriblemente profundo de la discriminación a que está sometido este colectivo. Pero es necesario hacer frente de una vez por todas a una realidad social que afecta, según estimaciones conservadoras, a un 6% de la población femenina y a un 10% de la masculina. Son millones de personas que viven forzadas a fingir desde su infancia, sometidas a una intolerable presión emocional y psicológica.

Las personas de orientación lésbica y gay no son criminales, ni enfermos, ni pervertidos. Son personas caracterizadas por una constelación psíquica y emocional distinta de la de la mayoría, una de cuyas expresiones (la más llamativa, pero no necesariamente la más central) es la atracción preferente que sienten por personas de su mismo sexo. Como el resto de la gente, algunos individuos de orientación gay y lésbica mantienen una vida sexual activa, y otros no. Están presentes en todas las profesiones (sí, también en los cuarteles y en los conventos) y se adhieren a diferentes ideologías políticas y religiosas según sus inclinaciones personales, como el resto de la gente. Los hay que han sido grandes santos, artistas, pensadores, políticos y guerreros. En definitiva, no son esencialmente diferentes de los heterosexuales.

Nuestra sociedad tiene una deuda inmensa con estas personas a las que arrincona y convierte en objeto de burla. Por ello los políticos deben actuar con racionalidad para dar una solución justa y urgente a este asunto. Hay que empezar por eliminar de la vida pública las burlas soeces de que son objeto. Es imperativo, entre otras cosas, poner en marcha en los centros de enseñanza media programas de asesoramiento para adolescentes de orientación gay y lésbica y para sus familiares. Ignorar la realidad de estos adolescentes no es la solución, pues son frecuentemente víctimas de tratos abusivos que quedan siempre sin denunciarse por miedo o por vergüenza. La orientación de una persona no cambia simplemente porque nos empeñemos en no reconocer su existencia.

Igualmente importante es reconocer el matrimonio civil de pleno derecho entre personas del mismo sexo, pues de lo contrario a las personas de orientación gay y lésbica se les está denegando de facto el derecho constitucional a contraer matrimonio (el derecho a casarse con una persona del sexo opuesto es un derecho vacío de contenido para ellos).

Hace falta una intensa campaña de concienciación social sobre esta cuestión. Es recomendable la creación de un instituto público para la protección y promoción social y profesional de las personas de orientación gay y lésbica. Tristemente, de entre quienes deberían luchar por sus derechos muchos optan por la fiesta, como si tuvieran algo que celebrar. Hasta ese punto ha llegado su claudicación. Hasta ese punto llega la opresión.

Juan A. Herrero Brasas es profesor de Ética y Política Pública en la Universidad del estado de California.

 

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