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TRIBUNA
LIBRE
JUAN A. HERRERO BRASAS
Orgullo y claudicación de los «gays»
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ESTE
próximo sábado, 26 de junio, miles de hombres y mujeres que
muchos aún, en su ignorancia o malicia, consideran enfermos o
pervertidos darán la cara en las calles de Madrid y otras
ciudades. Como cada año, se repetirá el ritual.
En un Madrid somnoliento de fin de semana veraniego, a eso de las
siete de la tarde, partirá la manifestación del orgullo gay
de la Puerta de Alcalá para concluir en la Puerta del Sol. Allí,
algún famoso solidario dará lectura a un manifiesto, quién sabe si
reivindicativo o poético, del que la prensa ni se hará eco.
Unas breves imágenes de televisión nos mostrarán las exuberantes
drag-queens y los go-gos haciendo gala de sus genitales. Las imágenes
serán de un mero jolgorio callejero.
Y es que poco menos que una mera fiesta es en lo que ha terminado
convirtiéndose la conmemoración anual del orgullo gay. Cabe
preguntarse si es eso lo que buscaban las 10.000 personas
que, según la prensa, asistieron el año pasado, o lo que buscarán
las 13.000 que se prevén este año. Lo que se conmemora en realidad
son los violentos disturbios protagonizados por gays y lesbianas de la
ciudad de Nueva York en junio de 1969 cuando, hartos de
chantaje y corrupción policial, se lanzaron a las calles
provocando una batalla campal que se prolongó varios días. De
aquellas barricadas callejeras, coches incendiados y farolas
arrancadas nacieron los frentes de liberación gay que, con su
acción, contribuirían a iniciar un movimiento reivindicativo en la
minoría social más oprimida y marginada (incluso por los movimientos
de izquierda).
Hoy los gays disfrutan de un espacio de tolerancia, un pulmón
artificial. Pero es un pulmón viciado. Viven
asfixiados en un gueto comercialista de bares, saunas, cuartos oscuros
y videos pornográficos que muchos, ingenuamente, confunden con
libertad e igualdad. A este equívoco se debe quizá el que su jornada
de lucha se haya convertido en un carnaval, un mero happening
callejero astutamente aprovechado por los establecimientos
del ambiente.
Y es que la mayoría de los gays no quieren luchar, sino
evadirse. El hedonismo es la religión del mundo gay
liberado, alcohol, sexo anónimo y droga su comunión diaria. Pero
esta situación no es más que una vía de escape, el resultado de la
presión social y marginación a que viven sometidos. Para evaluar la
libertad e igualdad de que gozan los gays basta echar un vistazo a las
tasas de alcoholismo y drogadicción. O, peor aún, la tasa de
suicidio (casi un 600% con respecto a los hombres heterosexuales).
Se estima que un 20% de los hombres de orientación gay se
casan y tienen hijos. Un 80% mantienen relaciones sexuales
con mujeres por periodos superiores a un año. Todo en la insensata
creencia -directa o indirectamente alentada hasta hace poco por unos
médicos y curas insensatos- de que a base de tener relaciones con el
sexo opuesto se convertirían en heterosexuales. Ni que decir tiene
que no existe en los anales científicos ni un solo caso
constatable de semejante tipo de conversión. De lo que sí
tenemos constancia es de innumerables matrimonios y vidas destrozadas.
Por lo que se refiere específicamente a las mujeres de orientación
lésbica, por mucho que, por ignorancia o desinterés, se las
coloque en el mismo saco que a los hombres, bajo la categoría general
de «homosexuales», el hecho es que su lucha es muy otra.
Más minoritarias que los gays, las lesbianas sufren una triple
opresión: como mujeres, el estatus de desigualdad laboral que
comparten con las demás mujeres; por su orientación lésbica, el
oprobio y desprecio que sufren por ser diferentes de la mayoría; y en
su asociación estratégica con los gays (siempre mayoritarios),
la marginación de que son objeto en un medio donde se rinde culto a
lo masculino.
El fenómeno gay y lésbico se merece mucha más atención de lo que
los políticos y la gran prensa le dedican en España. Todo el
mundo tiene miedo a mostrar interés en el asunto, a
contagiarse del estigma, a convertirse en sospechoso, y ello nos da
una medida de lo terriblemente profundo de la discriminación a que
está sometido este colectivo. Pero es necesario hacer frente
de una vez por todas a una realidad social que afecta, según
estimaciones conservadoras, a un 6% de la población femenina y a un
10% de la masculina. Son millones de personas que viven forzadas a
fingir desde su infancia, sometidas a una intolerable presión
emocional y psicológica.
Las personas de orientación lésbica y gay no son criminales, ni
enfermos, ni pervertidos. Son personas caracterizadas por una
constelación psíquica y emocional distinta de la de la mayoría, una
de cuyas expresiones (la más llamativa, pero no necesariamente la
más central) es la atracción preferente que sienten por personas de
su mismo sexo. Como el resto de la gente, algunos individuos de
orientación gay y lésbica mantienen una vida sexual activa, y otros
no. Están presentes en todas las profesiones (sí, también en los
cuarteles y en los conventos) y se adhieren a diferentes ideologías
políticas y religiosas según sus inclinaciones personales, como el
resto de la gente. Los hay que han sido grandes santos, artistas,
pensadores, políticos y guerreros. En definitiva, no son
esencialmente diferentes de los heterosexuales.
Nuestra sociedad tiene una deuda inmensa con estas personas
a las que arrincona y convierte en objeto de burla. Por ello los
políticos deben actuar con racionalidad para dar una
solución justa y urgente a este asunto. Hay que empezar por
eliminar de la vida pública las burlas soeces de que son objeto. Es
imperativo, entre otras cosas, poner en marcha en los centros de
enseñanza media programas de asesoramiento para adolescentes de
orientación gay y lésbica y para sus familiares. Ignorar la realidad
de estos adolescentes no es la solución, pues son frecuentemente
víctimas de tratos abusivos que quedan siempre sin denunciarse por
miedo o por vergüenza. La orientación de una persona no
cambia simplemente porque nos empeñemos en no reconocer su
existencia.
Igualmente importante es reconocer el matrimonio civil de
pleno derecho entre personas del mismo sexo, pues de lo contrario a
las personas de orientación gay y lésbica se les está
denegando de facto el derecho constitucional a contraer matrimonio
(el derecho a casarse con una persona del sexo opuesto es un derecho
vacío de contenido para ellos).
Hace falta una intensa campaña de concienciación
social sobre esta cuestión. Es recomendable la creación de un
instituto público para la protección y promoción social y
profesional de las personas de orientación gay y lésbica.
Tristemente, de entre quienes deberían luchar por sus derechos muchos
optan por la fiesta, como si tuvieran algo que celebrar. Hasta ese
punto ha llegado su claudicación. Hasta ese punto llega la
opresión.
Juan A. Herrero Brasas es profesor de Ética y Política Pública
en la Universidad del estado de California.
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