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En el momento de redactar estas líneas
leo que la ILGA (asociación internacional que agrupa a los colectivos
de gays y lesbianas) ha pedido oficialmente a la Iglesia que haga una
declaración pública de arrepentimiento por la persecución de la
homosexualidad que ha realizado durante siglos. Que es mucha
persecución, apresurémonos a decirlo, y mucho suplicio espiritual, y
muchas vidas inmoladas, ya fuese en la hoguera, ya en el desprecio vil
de la sociedad o en la imposición del sentimiento de culpa. La
petición llega a los pocos días de que la Iglesia reconociera la
vaticana "tibieza" ante el tema del "holocausto",
palabra que también podría aplicarse a las masacres de homosexuales,
porque ellos también estuvieron en los campos de exterminio. Y puestos
a pedirle a la Iglesia que se vaya arrepintiendo, algún colectivo e
filósofos podría exigir que Wojtyla pidiese perdón por haber quemado
vivo a Giordano Bruno (s. XVI-XVII) o, remontándonos a los orígenes,
por el asesinato de la noble y sapientísima Hipatía, (s. V) cuyo
cuerpo mataron y destrozaron a golpes los Monjes Negros ante las
puertas del Museo de Alejandría.
Y es que, aunque a veces lo olvidemos, puede
llegar a ser muy bestia la gente que se arroga el derecho de administrar
la santidad sobre la Tierra.
La primera
conclusión de todo este asunto sería que la Iglesia se pasaría lo que
queda de siglo redactando disculpas, lo cual no deja de ser un
consuelo, ya que esto mantendría a sus miembros ocupados y no les
quedaría tiempo para redactar nuevas condenas. La segunda
conclusión es que las disculpas de la Iglesia llegan tan tarde que es
como para decirle que se las meta donde le quepan. Y la tercera y
particular conclusión es que me importa un pito lo que diga la Iglesia.
También es
cierto que en cuestión de culpas la comunidad gay no tiene por qué
quedarse en el Vaticano: un viaje a la isla de Cuba despertaría
parecidos recuerdos de opresión criminal, perpetrada durante décadas
bajo un régimen que se pretendía revolucionario. En este aspecto,
Fidel Castro ha sido tan verdugo como todos los pontífices de la
historia. Y esto nos lleva a la conclusión clave: el homosexual se ha
encontrado siempre indefenso ante todos los sistemas de nuestro siglo.
La Iglesia ha machacado a golpes de cruz, y el comunismo a porrazos de
hoz y martillo. Y esto es más dramático aún si se piensa que muchos
homosexuales se sienten católicos de corazón y otros marxistas
convencidos. El conflicto interior que debe crear esta pugna entre
ideología e inclinación no me lo quiero ni imaginar. Por eso, entre
Fidel Castro y Carol Wojtyla yo me quedo con Carmen Miranda.
¡ Y pensar que la lucha viene de tan
lejos !. Recuerdo que en la Italia de 1972 escritoras poco sospechosas
de homosexualismo ( como Dacia Maraini ) efectuaban una analogía de las
luchas de reivindicación homosexuales como podrían hablar de las del
campesinado siciliano. Con el agravante de que el caso homosexual
partía de un tabú establecido durante veinte siglos de moral judeo-cristiana.
" ¿ En qué se distinguen esas reivindicaciones de las de los
tranviarios o los mineros ? - escribía la Maraini-. En nada. Salvo que
se refieren a algo explosivo y ambiguo: el sexo".
Tanto para las
derechas como para las izquierdas, esta continúa siendo la clave de la
cuestión.
Todavía en la
actualidad, lo que fue bautizado literariamente como "el amor que
no osa decir su nombre", se convierte en el tema que los políticos
no osan plantear abiertamente. Tanto es así que cuando se ha enfocado (España,
1998) el problema de la "Ley de Parejas de hecho" se ha
buscado una solución intermedia, completamente ridícula, todo antes
que comprometerse en las decisiones a que el colectivo homosexual tiene
pleno derecho como ciudadanos constitucionales. Se llega así a una
solución cobarde y, además, indigna, porque no debemos olvidar que en
las Cortes (Nombre tradicional del parlamento español) hay
algunos homosexuales bien notorios que, con su silencio, contribuyen a
desdramatizar artificialmente lo que es a todas luces un conflicto
social tan dramático como cualquiera de los que pueda plantear el día
a día nacional.
Ningún
político- o en cualquier caso muy pocos - parecen haberse dado cuenta
de que el homosexual español ya no es aquel personaje pintoresco al que
le gustaba disfrazarse de Juanita Reina. Por fortuna, al homosexual
moderno no se la dan con queso ni la Iglesia ni los políticos. Al igual
que tantos luchadores de otras minorías marginadas, ha salido de su
marginación lo suficientemente quemado como para apuntarse a cuantas
luchas contribuyan a cambiar una sociedad que ha demostrado ser inviable
para la solución de su problema personal. Y de muchos otros, porque,
dicho sea de paso, ¡vaya mierda de sociedad!.
Volvemos a lo que decíamos en un
principio: que la Iglesia tiene que pedir disculpas. Por muchas que
pida, jamás podrá borrar la mancha que lleva encima. Como mucho,
servirá para que cunda el ejemplo y, en el futuro, algunos políticos
de hoy se arrepientan de no haber escuchado la llamada de los tiempos
legalizando una serie de situaciones socialmente inaceptables. O sea,
que entre nuestros políticos y la Iglesia sólo media un puñadito de
sacramentos más o menos divertidos. Con su pan se lo coman.
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