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El
desconocido M. Night Shyamalan, del cual pocos espectadores
llegaron a descubrir su simpática fábula “Los Pequeños Amigos”,
dirige sobriamente una película sumamente inquietante, muy bien planteada
y mejor resuelta con un impactante final que hace enmudecer la platea.
Bruce Willis cambia radicalmente de registro, interpretando a un
psicólogo atormentado por una experiencia del pasado que estropeó su
matrimonio y puso en duda su capacidad de ayudar a los pacientes.
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Toni
Colette, la divertida protagonista de “La Boda de Muriel”, es la
confusa madre, incapaz de comprender las fantásticas apariciones que
envuelven a su hijo, un convincente Haley Joel Osment, prometedor
descubrimiento hollywoodiense que a buen seguro tendrá más oportunidades
en el mundo del cine.
El
film se adentra con decisión en un mundo de tinieblas, que van surgiendo
de la sistemática violación del entorno cotidiano de los personajes, sin
llegar nunca a extremos de terror gótico ni sanguinolento.
Las
secuencias más relevantes y momentos clave son por orden de aparición:
Una velada romántica que culmina con un estallido de violencia.
Una cocina en la que de improviso, asoma el rostro de lo paranormal.
Un dormitorio infantil convertido en punto de encuentro de almas en pena.
Un diálogo en coche que se transforma en una puerta abierta a
revelaciones procedentes del más allá.
Un padre horrorizado, viendo en un vídeo el porqué de la muerte de su
hija.
Un final demoledor que por razones obvias no debemos desvelar.
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