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MISIVAS
DE LA CORTE - Fase 3
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3001 .- De Doña María
Manuela de Montespan
a Doña María Antonia de Fortino, Baronesa de Ibiza
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Prima
estimada, lejana y añorada,
No se por qué me ha dado por la vena cursi con el
encabezamiento, pero el caso es que como os hacéis tan cara de ver y
desde nuestra incursión en pos de la verdad en el Reino de Murcia - Vos
en globo, según me
dijeron, y yo en calesa siguiendo mis costumbres - no he sabido nada de
nadie debido a mi penosa enfermedad, de la que ya me hallo,
afortunadamente, recuperada. Debe ser un ataque de ternura a destiempo.
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Y
qué enfermedad, Antonia, qué enfermedad. Me hallaba presa del delirio
y la alucinación, sin distinguir entre realidad y sueño, invadida mi
mente con toda suerte de imágenes, conversaciones y delirios que, no se
por qué, versaban todos sobre una especie de sainete de romanos muy
divertido, en que todos se vestían de mamarrachos y, como tales, hacían
mamarrachadas a diestra y siniestra. Tan confundida me hallaba que
resolví adoptar el papel de una de las intervinientes, una tal Dama
Malva, antaño Reina de Egipto – a la que al parecer le fue
tan bien que muriose ella sola de la risa para continuar su historia
personal reencarnada en una bruja isleña (que familiar me suena eso,
querida) - a la cual perseguía insaciablemente un clan de criptojudíos
endogámicos para hacerla objeto de todos los desmanes posibles.
Y siempre había una especie de latiguillo, como un tema
reiterativo en el delirio, que solo puedo resumir diciendo “oink, oink”,
que aparte de ser el gruñido del puerco, no entiendo su mensaje, si es
que algo de provecho ha de sacarse de estas sin razones que la humana
mente enferma nos provoca. Pero el oink ese no paraba de sonar en todo
lo que duró mi alucinación que, gracias a los cuidados de mis galenos,
ha finalizado, aunque he de decir que continúo delicada y de vez en
cuando sufro recaídas.
Siempre son iguales, y consisten en que una gata negra que habla
–si, una gata que habla, Antonia- me dice algo así como “Hemos
de regressar Damaaa” y otras curiosidades por el estilo; y pienso
yo que está muy bien esto de que los animales hablen, pues si en la
vida real lo hicieran seguro que de ellos sacaríamos grande y
provechoso consejo, dado que de los humanos poco hemos de aprehender.
Pero
dejémonos de futilezas y continuemos mi relato de estas jornadas
pasadas. El Duquesito de Montecarmelo tuvo a bien a acompañarme
a mi reaparición en la Condal Corte, tras mi recuperación, y lo
hicimos con gran esplendor, no en Palacio, pues preferí reservarlo para
los fastos de la Pascua entonces cercana, con lo cual me convenció para
acudir a un café-restaurant de esos que frecuenta, lleno de libertinos
y liberales, que se ha puesto muy de moda entre los cortesanos, ávidos
de nuevas emociones. Y la verdad, Antonia, es que lo pasé bien; departí,
cené y dancé como otrora tiempos pretéritos, recuperando cuerpo a la
par que espíritu.
Me consta que ha habido por ahí un boceto, venido de la mano de alguno
de los gacetilleros habituales, sobre mi presencia en semejante
figonzucho, encabezando un libelo de esos que solo hacen para molestar a
las damas con alcurnia, pero, qué
queréis: tanto me da, Antonia: la categoría es la categoría y
no es menester mentarla, pues de nacimiento me viene dada. Aunque
confesaré que me fijé y mucho en una damita de escasa estatura que,
libreto en mano, tomaba notas nerviosamente sobre lo que veía, pues es
claro que a los sones del rigodón no se componen poesías. Atiende la
misma por, según averiguó Victor, Poquinia Marquinia del Capgròs,
y dice mi secretario que viene de una familia noble venida
a menos por esos azares de la fortuna y que ha tenido que ponerse
a trabajar ¡¡¡con sus manos!!! para ganarse las habichuelas como
gacetillera, firmando sus libelos como “Papula Pestis”,
nombre que denota el execrable gusto que preside las redacciones de esta
chica, pues tras el encuentro me preocupé de leer alguna de las cosas
que la interfecta publica en una gacetilla de sociedad de cuyo nombre no
me acuerdo, pero que ya os diré.
El
caso es, Antonia, que la vida me es grata de nuevo y carezco de esas
desazones que me aquejaban antaño. Con ese ánimo me dispuse a ordenar
los preparativos para la celebración del Nuevo Año. Hice traer nuevos
y espléndidos cortinajes, dispuse el más esmerado servicio, adorné
las estancias con todo el fasto que otrora hubo en mi lar, preví los más
exquisitos manjares, sin dudar en bajar yo personalmente a las cocinas
para impartir instrucciones a los cocineros, se proveyó la bodega de
raros licores y vinos y así, el treinta y uno de diciembre lució el
Palacio de Montespán en todo su esplendor, cual fénix redivivo,
para acoger a los convidados a mi íntima celebración del cambio de año,
según he tenido tradición por siempre cuando las circunstancias,
tristes la mayoría de ellas, no me lo han impedido.
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Se
otorgó el privilegio de Honor a la señorita Davidina de la Luz,
Marquesita del Lienzo Iluminado, quien por edad y rango
merecía esa condición, dada la ausencia del Duquesito de
Montecarmelo, que ya sabéis que es raro y hay que perdonarle sus
excentricidades, de cuyo brazo hice entrada en el comedor, seguida de
los demás convidados, todos ellos mis cercanos, véase los Marqueses
de Lagartera, Don Fabio del Rol i Caimanc y su esposa Doña
Albertina de Enq; también vino Paquita, es decir, la
abdicada Reina Doña Francisca de Sisenta i Novè; mi hermana
putativa Doña Trullina del Raposal, Condesa de Put i Ferí;
asimismo nos honraron con su presencia el Serenísimo Señor Don
Querelio de Lagharta, ese noble vasco de tan múltiples recursos, así
como el Caballero Dom Marc de Polo, embajador de Catay y otros
orientales sitios; el Almirante de la Armada Dom Joseph de Cruixers i
Bateles y una chica nueva, Doña Jordina Pedragrossa i Massa-Alta,
Condesita del Garraf Coster, recientemente entrada en
la Corte.
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Con posterioridad a la medianoche se nos unieron a la celebración,
con indudable detalle y gentilhomía M. De Mercôuche, recuperado
de aquellos ataques de insania y su encantadora esposa, bueno, no se si
decir esposa o concubino, porque el miriñaque le sentaba como un poco
de líneas rectas, ya me entendéis prima querida, Madame Svenia
Carfixia, una noble como mínimo polaca, que viene del helado Este y
con la cual el mentado noble inició relación tiempo ha antes de la
crisis de estado que nos llevó a todos al cataclismo. He de preguntar a
Victor sobre el origen de esta dama, que me tiene intrigada, pues tiene
un indudable parecido con aquel hotentote que la Michirona tenía
en su guardia personal y que tan mal trató a mi séquito en la ya
lejana visita a Lorca –que vuelve a llamarse así en lugar de Eden-
que tuve a bien hacer en compañía de mi estimadísima hermana
morganática Yorelia de Manzanares, Duquesa del Ferreo Camino.
Y
mentando a la Michirona, estimadísima mía, aquí viene una de
las cosas que os quería comentar. Como bien sabéis, aquella señora
tuvo un infausto final, sepultada entre los cascotes de su faraónica cúpula,
esa que desde Orihuela se divisaba de tan enorme que era, resulta que no
lo tuvo, o eso me han chismeado, que sigue viva.
Me
han dicho de buena tinta que se vio en Barcelona, ataviada de
extravagante miriñaque y capa a lo Luis Candelas a una dama que,
enmascarada, se paseaba entre los corrillos de mozos que celebraban la
entrada del nuevo año, a los que asustaba con ademanes que, según me
los describieron, me sonaban familiares, mientras les recitaba unas poesías
espantosas al objeto de recabar su cortés amor. He de hablar cuanto
antes con Dom Joam, si es que acierta a salir de su caverna, pues
últimamente parece que él y la piedra del Pabellón de Caza de Montecarmelo
son uno, es decir, que no hay quien los mueva, y comentarle el extraño
hecho, pues sin duda, si alguien sabe algo de esa dama debe ser él. Y
no me voy a quedar yo con la intriga, ni mucho menos.
Y
os dejaré aquí, estimada prima, pues me requieren mis quehaceres
palaciegos.
Quedad
con Dios y que Él Os ampare, y ya me contaréis de vuestra estancia en
teutonas tierras
Maria
Manuela de Montespan, Duquesa
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