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La
referencia al dormir me hace recordar la alegría que sentí en Vinaroz
con la inesperada recuperación de la Duquesa cuando, mientras le
rezaba a lo que creía era su cuerpo presente, soltó un ducal y sonoro
pedo –el último de los muchos que se tiró durante su penosa
enfermedad- y abriendo de pronto los ojos, con mirada débil y voz
queda, me rogó que le fuera a rezar a mi puñetera madre, dioslatengaensugloria. Qué gozo invadió mi alma al asistir al
milagro de la resurrección de la Duquesa, pues todos la dábamos
por muerta y, ya os digo, la habían extremauncionado y todo, pero hete
aquí que no, que Doña Manuela estaba viva, y bien viva, porque
cuando quise abrazarla para comprobar de cerca el prodigio me asestó un
papirotazo con su abanico malva diciéndome
que buscara una despensa y la dejara tranquila, elseñorlabendiga.
El resto ya lo sabéis, por haber participado en el traslado de
todos los cortesanos que dábamos por muertos a Barcelona
apresuradamente, donde pudieron recuperarse del mal, que no era otro
sino un envenenamiento procurado por la bruja aquella malísima que
conocí en Roma, satanasselallevedelospelos,
que eso me dijo el Duquesito de Montecarmelo cuando se recuperó
él antes que Doña Manuela, y del que yo misma fui víctima un
poco, cuando tuve aquellas visiones tan raras de las viejas, la demonia
y la escobilla, en que creía que la Duquesa seguía muerta y era
yo que en realidad estaba enferma y deliraba cuando os escribí esa
carta, porque ni me fui a Nimes como decía ni nada, sino que me
metieron en el Hospital de la Santa Creu, donde los orates, hasta que
recuperada me escapé trepando una tapia y regresé a palacio, a cuidar
de mi señora que seguía
sumida en su enfermedad, inconsciente, pero viva y bien viva.
Pues mi buen Fray Arnaldus, la Duquesa se halla plenamente
recuperada, como muestra el hecho de que lo primero que hizo al volver
en sí fue escribir al Duquesito pidiéndole noticias de lo que
había ocurrido durante su inconsciencia, y lo segundo mandarme buscar
para hacerme entrega de un nuevo par de chanclas de madera más ruidosas
si cabe que las que perdí en mi viaje aquel, y unos escapularios con
cascabeles, como arreos de acémila pero con estampitas de santos, como
muestra de la estima que siempre ha tenido por mi, lavirgensantaledevuelvasusfavores.
Al recibir la respuesta de Dom Joam, que yo no leí, pero
cuyo contenido vi casualmente al dejar Doña Manuela el escrito
sobre un chinffonier, o algo así que llama a una cajonera que tiene en
su alcoba, la Duquesa sonrió de AQUELLA manera y mirándome
significativamente, me dijo que me iba a dar una ocupación para estas
fiestas. Yo, temiendo lo peor le señalé que los médicos me habían
prohibido acercarme a sitios húmedos para no recaer en mi enfermedad.
“No, Reverenda Madre, no se trata de letrinas: debéis hacerme unas
averiguaciones”.
Y me explicó que como mi condición de religiosa me impedía
participar en las fiestas profanas de Fin de Año, podía dedicar ese
tiempo a deambular por la ciudad, predicando el evangelio y con el ojo y
el oído muy atento a cualquier cosa rara que viera y, sobre todo, a los
forasteros que encontrase en la ciudad. Aunque le dije que yo esos días,
precisamente, para santificar más las señaladas fiestas, me encerraba
con pestillo en la despensa para aumentar mi mortificación con la
voluntaria reclusión, la Duquesa dijo que de ningún modo podía
permitir eso , quesugenerosidadleseadevueltacienveces,
y que para mortificarse era mucho mejor la calle, y que de paso pidiera
para los pobres en todos los figones y posadas que en esas fechas están
invadidas de impíos, que sin duda remordidos por su conciencia me harían
objeto de suculentas donaciones.
Si bien yo a mis pobres, es decir, yo, que soy la que más carece
de todo bien material, les tengo bien atendidos con el negocio de las
escobillas, reconozco que me pareció bien la proposición de Doña
Manuela, y con las mismas, llegada la señalada fecha del Treinta y Uno
me fui por esas calles, provista de un hábito doble, pues hacía un frío
de morirse y una ha de hacer mucho bien todavía en el mundo y no es
cuestión de dejarlo antes de hora por una pulmonía pillada tontamente
por falta de previsión, junto con un saco para meter la recaudación
que las almas generosas me entregaran esa señalada noche.
En las primeras horas, la cosa fue bien: sin duda impelidos por
su generosidad las personas que me iba encontrando me daban limosna,
llevadas de sus buenos sentimientos al ver a una pobre monjita
pertrechada de un estandarte rematado con una cruz que era más alto que
yo, de medio palmo de grueso, fabricado en recia madera de olivo y
pesados y gruesos latones, que teníamos en mi extinta Orden para estos
menesteres del recabar para los desamparados y que yo guardé como
reliquia cuando nos disolvieron. Cierto es que me miraban como con
miedo y que alguno no dejaba de observar el cayado en tanto se
echaba mano a la bolsa. He de aclarar que al principio no me daban un
duro, pero cuando puse mirada de santa, que eso siempre mueve a piedad,
y les acercaba el estandarte a las cabezas para darles mi bendición,
las monedas comenzaron a abundar, si bien me las daban como espantadas,
que sin duda eso era lo que estaban al sentirme yo acompañada, como
siempre, por el Espíritu de la Venganza del Señor, cuya presencia
sentirían, viéndose imbuidos del respeto reverencial que a lo Divino
se debe. Sin duda eso les hacía aflojar los cordones de la bolsa de los
dineros con manos trémulas: eso y el frío que hacía, que no era poco.
Avanzando la noche, pasadas las doce y con el saco a medio llenar
me encaminé a una zona de la ciudad que desconocía, o al menos no
reconocí porque estaba invadida de mozos vestidos de un modo que me hacía
pasar frío a mi, de tan despojados de atuendo que iban, con unas
camisas entalladas de un material como de vejigas de cerdo para
embutidos, con los pelos igual que los orates que vi en el Hospital de
la Santa Creu y que se les veía muy contentos, pues todas sus
expresiones se adornaban con grandes aullidos y gritos, a la par que
daban saltitos como ratonas en celo mientras se vociferaban unos a
otros. Luego caí en que no eran mozos, sino que eran mozas, pues unos
se llamaban a otros “nena esto”, “nena lo otro”. Al principio no
le di demasiada importancia, porque me acordaba de las monjas italianas,
que todas llevan bigote, por lo cual estas mozas bien podía ser que
careciesen de pechos y que vagamente semejasen varones mal alimentados.
Pero el caso es que en un momento determinado comenzaron a mofarse de mi
persona diciéndome cosas impertinentes y ofensivas, que atentaban
contra mi dignidad clerical. Cargándome estaba de paciencia cuando una
de las referidas mozas osó tocar mi estandarte exclamando algo como
“hala madre, que bien os lo pasareis con el cimborrio este”, y hasta
ahí pudo llegar mi resignación cristiana, pues una cosa es que me
hagan objeto de martirio y otra que me toquen el estandarte, con lo cual
no pude por menos que arrearle con el en toda la testa a la impía para
que comprobase de cerca las virtudes de lo religioso en cuanto a la
corrección de comportamientos indignos.”Herejes, teneos”, exclamé
yo, arremetiendo en pos de la ira del Espíritu, que me había llenado
toda como suele ocurrirme en esas ocasiones. Sucedió gran tumulto y
vocerío, todo polvo y crujidos, y los enemigos de la fe caían a mi
alrededor, cuando, súbitamente, vi una figura misteriosa que desaparecía
tras una esquina. Dejando aquellos demonios lamentándose del castigo
infligido fui en pos de la dama, pues eso me pareció en el vistazo que
le di al principio.
Esto lo hice porque recordé las instrucciones de Doña Manuela :
“cualquier cosa rara que viera
y, sobre todo, a los forasteros que encontrase en la ciudad”. Y
esa señora, forastera debía ser, porque vestía raro, no como aquí,
pues llevaba un extravagante miriñaque que le resaltaba las formas
humanas, en su caso abundantes,
lo me escandalizó porque eso no es de dama piadosa, y el resto de su
atuendo no lo pude ver bien , pues al darme la espalda lo tapaba una
capa con cuello a lo transilvano, que fue lo que me dio la certeza de
que forastera debía ser. Avanzaba con grandes zancadas y cierto
contoneo, buscando a algo o alguien, cuando súbitamente, giró su cara
hacia mi, quizá por el ruido que hacía yo con las chanclas de madera y
los escapularios con cascabeles, que la Duquesa no me dejó quitar
diciendo que hacían muy navideño y que de paso así sabría cuando
regresaba a palacio. Paralizada quedé cuando a través de la tiniebla
reconocí el rostro de una muerta, o eso me pareció. Digo me pareció
porque en ese momento me pisé el faldón del segundo hábito, que no
era de mi talla pues me lo traje de Nimes aprovechando que lo habían
abandonado en un ropero y
que no haría falta a nadie, ya que allí lo habían dejado sin ponérselo
nadie, y caí de bruces al suelo quedando mi cabeza oculta por la toca
que me tapo toda la cara. Ese momento fue aprovechado por la señora,
que comenzó a correr con grandes zancadas, insólitas dado lo estrecho
de su atuendo, poniendo distancia entre ella y yo. Recuperada del
percance, corrí tras ella, perseguida por cuatro perros a los que
molestaba el chancleteo de mi calzado y a los que tuve que bendecir con
mi estandarte, haciéndome perder un tiempo durante el cual ella
se introdujo en un portal cercano.
Cautelosamente, me acerqué al mismo, y a la luz de un candil que
brillaba en el patio del palacete, pues eso era la construcción en que
se introdujo la fugitiva, vi a ella y a otra persona, enfundada en
ropajes negros, con la que hablaba, pero que yo no oía por la
distancia. Con todo, mi corazón se heló al instante, pues si bien no
distinguía las caras, asaltó mi nariz un fuerte olor a azufre que
reconocí de inmediato como el de la demonia de mis visiones, elseñormeprotejadetodomal. Y tan grande fue el temor que sin
pensarlo dos veces di media vuelta y salí chancleteando lo menos
posible de vuelta a palacio, por evitar un encuentro con esa bestia y
que se hiciera realidad lo que en mis sueños vi.
De esto último no he dicho nada a
Doña Manuela, pues temo que me trate de demente y me envíe de
vuelta a la Santa Creu, y
una se hace mayor para seguir trepando tapias, pero si le relaté lo de
la señora de la capa. Os lo cuento a Vos, Fray Arnaldus, que como hombre santo que sois, conocéis
bien las artes que el Maligno usa para sus fines. Yo os conmino, piadoso
amigo, a que estéis vigilante, pues el Infortunio vuelve a cernirse
sobre la Corte, o algo que se le parece mucho.
Y os dejo que justo van a servir el refrigerio de las doce y he
de acudir a la despensa para bendecir las viandas.
El señor os ampare y os proteja
R. M. Madretere
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