MISIVAS DE LA CORTE - Fase 3


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3011 De Odysseus de Éden
a Mercuchov

Palacio de Summa Felicitas 
Ithaca, Éden 


Mi querido Mercuchov: 

Pues vuelta a la casilla de salida. Ciertamente, mi querido amigo, ha sido una experiencia extraña. Aunque parece que no se han dado cuenta y algunos de los miembros de la corte parece que han tenido un viaje alucinante. Bueno, unos más que otros. La mayoría permanecimos en nuestras dimensiones humanas. Otros parecía un acordeón, y ora se reducían al tamaño de un alfiler, ora se expandían. Como una Alicia en su particular y fantástico país de las Maravillas.

Pues eso, que he vuelto del viaje este. Al despertarme estaban todos los miembros de mi gabinete de gobierno rodeando la cama . Mientras me incorporaba, un poco aturdido, me explicaron que un consejo de Regencia había tomado el poder en mi ausencia. Y que la primera decisión de ese consejo había sido asumir todo el poder y disolver el Parlamento elegido por mi pueblo. 

Al pasear por mi palacio lo encontré gravemente dañado y en un lamentable estado de abandono. Los restos de la cúpula que había planeado para el Barrio de la Ciudadela ni siquiera habían sido retirados. De hecho todo el Barrio de la Ciudadela, incluida la mansión que habilite para vos, estaban casi en ruinas. 

Pasaron unos días hasta que la noticia de mi recuperación se difundió. Por supuesto, el pueblo fiel no dijo nada al Consejo de Regencia de los rumores, pero si ayudaron, con sus historias, a aumentar el temor hacia la zona del Barrio de la Ciudadela. Y es que resulta, señor Mercuchov, que no se acercaban a la derruida cúpula porque temían que estuviera encantada la zona. Si serán cobardes. 

Total, que al frente de mis Húsares de la Guardia de la Princesa rodeé el edificio de nueva factura que el Consejo de Regencia se había hecho en medio de la plaza de María Mercedes. Sólo deciros que era un edificio estilo Remordimiento, al que pomposamente habían llamado “El Palacete”. Subí a la planta noble del edificio donde se encontraba reunido el consejo de Regencia, que eran dos, tomando el chocolate. 

Dos señoras habían regido mi Principado. En fin, les di las gracias y les dije que, puesto que el Príncipe había vuelto, que cesaran en sus funciones. Una de ellas se puso a hablar en tonito conminatorio y, es que, de verdad, no paraba de hablar, apuntándome con el dedo. Les dije a mis Húsares que la pusieran en custodia. La otra se deslizó furtivamente por las sombras, mientras la apresada la llamaba “Put i Feri, ven aquí y da la cara”.

No veáis, mi señor, que de dispendios y en que bancarrota ha dejado este consejo a mi Principado. Por supuesto, decomisé todo lo que habían puesto a su nombre, que era mucho. Devolví lo requisado, que también se habían dedicado a expoliar a mi pueblo. La investigación que siguió meses después reveló que el Consejo de Regencia de estas dos –la tal Put i Feri y la del Yermo y de la Vega, la que no paraba de hablar- habían empezado por el Libro I del Código Penal y no habían parado hasta el último artículo.

Me encontré con que aquel fraile pedorro y acosador, ese que se ocultaba tras los matorrales de retama a ver si se llevaba algo a la boca y no precisamente de comer, también pululaba por allí. Lo tuve que volver a poner de patitas en la frontera de mi principado. Se esta convirtiendo esta en una fastidiosa costumbre.

El juicio fue rápido. El jurado popular la condenó a la pena de muerte. Le leí la sentencia en el palacio de Summa Felicitas. El caso es que la decapitaron. Pero es que fue al patíbulo por su propio pie, hablando por los codos, puso la cabeza en el madero, hablando por los codos, y el verdugo la decapitó, pero ella siguió hablando por los codos. Cogió su cabeza, se la puso debajo del sobaco y se fue andando, camino de su Marquesado, con su cabeza diciendo que es que desde luego como se atrevían hacerle eso a ella, que ya verían su hermano obispo (Un inciso: el hermano obispo, pedófilo como pocos, se ha convertido en una figura de terror en los cuentos de mi principado. También hizo de las suyas, como os podéis imaginar).

La cosa no termina aquí. Justo en la plaza de Maria Mercedes, justo delante de El Palacete –que estoy pensando en dejar como testimonio del malísimo gusto de las dictadoras- se cruzaron la Marquesa descabezada y un carruaje con la insignia de la Marquesa de el Salar. Al ver a la Marquesa del Yermo y de la Vega, el carruaje se paró. Del carruaje bajo una dama tocada con un capuchón y toda vestida de un azul pálido. Aunque la veía de espaldas, los ademanes me resultaban familiares. Parece que a la del Yermo también porque salió despavorida. Como si hubiera visto a alguien regresado de la tumba. Efectivamente. Se volvió hacia mi. Era mi madre. Al ver mi cara de pasmo me explico:
- A mi no me mires. Con todo esto follón cósmico chipiritiflaútico que han armado como quieres que no haya vuelto del mas allá ... Por cierto, que mala cara tiene Fulgencia, y la veo como una cabeza mas baja, ¿no? .

Boquiabierto me he quedado, mi querido Mercuchov

Un saludo
Odysseus de Éden

Ps: He conseguido construir la cúpula del Barrio de la Ciudadela en un tiempo record. AL fin terminada hace de este barrio un recinto que, en un momento determinado, queda hermético. Confío en que vengáis a verlo.

 

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