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Aún todavía trato de explicarme lo que sucedió, porque yo tengo perfecta conciencia de que me morí. Parte de la razón podría ser la que tu apuntaste en su momento, que con que me he muerto y no me he muerto al final una acaba por no descansar en paz. Las cartas que se intercambiaron los miembros de la Corte eran simplemente deliciosas, sobre todo las de mi querido
Mount-Karmel, que parecía quererme tanto que en su locura decía que no estaba muerta, que no estaba muerta, que sólo dormida, o sólo fingiendo... Ya ves, ¿para qué iba yo a fingir que me había muerto?. Pasé a mejor vida y en paz. Aunque tu ya sabes como es esta nobleza ociosa. Se le mete en el caletre que has hecho o has dejado de hacer y ya no hay razón humana que les diga lo contrario. Bueno, razón humana ni divina. Razón ninguna.
No se si te habrán llegado noticias de todo lo que ha sucedido desde que el carruaje me dejó en Éden. Para mi sorpresa, nada mas llegar, vamos, justo después de bajarme del mismo me encuentro con la
Marquesa del Yermo y de la Vega hablando por los codos, como siempre, aunque esta vez se había hecho algo en el pelo, porque la veía diferente. En fin, ya sabes lo despistada que soy para estas cosas. Desde entonces noticias me llegan del condado
del Yermo y de la Vega que la llaman “Fulgencia Estuarda, reina de los escocidos”. No se porque. Lo mejor del caso es que, fíjate lo que te cuento, al verme, claro, dio un respingo. Tan violento fue que, al marcharse, descubrí en el pavimento, al pie de la estructura de madera de la que descendía -supongo que era el sitio desde donde había dado una conferencia, ya sabes que es muy leída- la corona de Nuestra Señora del Vergel, patrona inmemorial de la zona, que se había perdido tiempo ha en un saqueo del templo. Lo que no se yo era que hacía prendida del miriñaque de la tal, pues de ahí creo que fue de donde cayó. También parece que se le cayó el sonotone porque me saludó muy azorada y por lo bajini y le devolví el saludo pero tampoco me hizo caso.
Lo mejor de todo fue la cara de mi hijo al verme. Al principio de sorpresa y luego de alegría. Me puso al tanto de todo, pero de lo único de lo que me enteré es que
Fulgencia se había construido un palacete del tipo Horreurcocó, así, ya sabes, ampuloso. Se lo encargaron no se a que arquitecto. Eso si, todo el palacio esta con mobiliario de oficina. “Última moda de Barcino” me dijo uno de los asesores.
Aún mejor, sin embargo era lo que guardaban en los sótanos: una mentira en bronce. Si, digo mentira y digo bien. Por pudor no te voy a decir de quien es la estatua que estaba preparada para ser instalada en la plaza sobre un bloque de mármol malva, pero vamos, que la interfecta era mas baja y mas gorda que en las proporciones de la estatua.
Una última cosa. Fui al cercano reino de Murcia. En una iglesia –creo que es del
Vaticano ese que han montado del Palmar de Troya- vi salir a la del Yermo, seguida de un ataúd y de su hermano. Creo que ha hecho apostasía porque los costaleros de la Cofradía del Santísimo del Escogorcio, de la que ella es patrona, presidenta, camarera y todo lo demás –bueno, era, que ahora es apostata- se negaban en redondo a sacarla en andas.
Como verás he ampliado el pabellón de la Rosaleda y lo he hecho mi residencia permanente en verano e invierno. La verdad es que, que tiempos aquellos, mi querida
Maria Máxima, que tiempos aquellos. En fin, conviene tener en cuenta el pasado pero sólo para aprender de él. El caso es que al final conseguí darle la ampliación que yo quería. De la rosaleda solo queda el nombre, la he tenido que eliminar por ahora, pero no descarto el volverla a plantar. Ya sabes, mejor estar segura antes de plantar rosas
así por que si.
Hablando del palacete, de quien no se nada es de Querelia I. ¿La sigue llamando mi querida
Manuela “la gorda abdicadora''?.
Un beso de hermana
Mª de las Mercedes
Princesa de Éden
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