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Realmente
he quedado preocupada por la descripción que me proporcionáis, tanto
tu como tu consorte, de las condiciones sufridas en vuestro viaje de
novios, al parecer de desagradable recuerdo. Preocupada por las que
pasasteis, y preocupada por las que pasaré, pues he tenido
imprudentemente a bien el aceptar una invitación de Dom Joam de
Montecarmelo a un viaje por el Mediterráneo, precisamente en los
bateles de Dom Joseph de Cruixers, el ahijado de Yorelia de
Winter. Que por cierto, se empeña en decir que no es su ahijado
sino protegido, por un extraño quítame allá unos años, en plena
contradicción con el bautizo al que, en su día, asistimos toda
la Corte, pues en dándole las aguas el Arzobispo de Barcelona Yorelia
viajó desde Mandergay para la ocasión. Vamos, recuerdo vivamente
la escena de cuando la Marquesa, sosteniendo en brazos al
entonces bebé Pepet y con el Arzobispo a punto de aguar al
bautizando, le dio un ataque de moquilla y no tuvo reparo en sonarse
–muy elegantemente, si- con la mantilla de brocado que cubría a la
criatura, con lo que el pobre, además de la Fe, recibió su primer
catarro. Pero como Yorelia otra cosa no, pero es madrileña y,
por tanto, rara, salió airosa del trance: nadie se atrevió a decir
nada, no fuera caso de que le estornudase al indiscreto encima.
Otra cosa que deseaba comentar contigo es tu actitud con los
criados del servicio. Verás, querida: el abanico sólo se usa para
arrear en ocasiones que lo merezcan, pues los que usamos las Damas son
de cara factura y no es cuestión de desvarillarlos azotando con ellos
al primer mozo de cuadra que se descarríe. Para esos menesteres es
preferible usar el bastón de
mando de tu marido, pues amén de ser más resistente, si hay que
reponerlo lo paga el Ejército. Aprovecharé la presente para darte unos
consejos sobre el quehacer de una Dama, pues desgraciadamente es poco
frecuente que charlemos con tranquilidad. De hecho los dio la
Baronesa de Ibiza a una antigua protegida suya, como resumen de su
doctrina y la mía, que considero la adecuada para una jovencita que se
inicia en los fastos de la Corte y que, sin duda te serán útiles en lo
sucesivo.
Lo primero que te he de aconsejar, si deseas triunfar en la
Corte, es que tengas bien preparado un estuche, forrado de terciopelo
azul o rojo, donde depositarás tu conciencia, que es algo que suele
fastidiar bastante. Naturalmente podrías llevarla puesta, pero eso es
algo que no suele llevar a la cúspide de la corte, y que acaba
generando remordimientos. Por si acaso, que no se te olvide otro
estuche, este en color diferente del anterior, para introducir los
remordimientos en el mismo. Ya se que me vas a decir que de éste modo
no podrás llevar esos bolsos monísimos en forma de ostra color dorado,
ya que no te cabrán ni la mitad, pero hija mía, eso está ya muy
pasado de moda. Si tu atuendo ha de ser de gran gala, te recomiendo un
bolsón adornado de plumas de avestruz, y, mal de males, siempre puedes
coserte un corchete al miriñaque y llevarlo todo allí en una bolsita
de hule. Eso sí, no has de olvidar llevar tu abanico. Yo te aconsejaría
el verde, adecuado para las principiantes, mas cuida que no sea verde
menta, que parecerá un accesorio de la moulinette, ni verde
fosforescente, que te tacharán de extravagante. Un elegante color verde
Cabrales se combina bien con casi todo. Un abanico malva
no te lo recomiendo si aun eres neófita, pues sería un poco
pretencioso. Y ve practicando con un abanico cualquiera el toque
adecuado para los gañanes que te importunen, con la salvedad antes
hecha, que no ha de ser demasiado fuerte, pero tampoco se ha de
confundir con una caricia. De todos modos, querida, lo mucho o poco que
azotes con el abanico dependerá sin duda de ti misma; cuantas veces he
lamentado no ser algo más dura en su uso, aunque se que dado mi
natural, si intento forzarlo parecería una réplica sobreactuada de
cualquier titiritera de teatro trágico. Tu misma te irás dando cuenta
de ello, a medida que te introduzcas en los vericuetos de la corte.
Por supuesto confirmo mi asistencia a los fastos del natalicio
del Marqués, para desearle personalmente que tenga una vida tan larga,
al menos, como la mitad de la del Duque del Carmelo, a quien
espero asimismo ver en tal ocasión si sus tonterías de caza –todo el
mundo sabe que en el Carmelo no hay ni un conejo desde hace años- y
esas francachelas que se permite con sus criados –ya sabéis el
disgusto que ello me produce- se lo permiten.
Tuya afectísima,
María Manuela de Montespan
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