MISIVAS DE LA CORTE - Fase 3


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3024 .- De S.A.D. María Manuela de Montespan
a Albertina de Enq, Marquesa de Lagartera

Sobrina querida,

Mucho me plugo tu carta última, así como la de tu ilustre marido, mi sobrino el Marqués. Como sabes, mis deberes de Corte han impedido que os dé cumplida respuesta a tan amables notas, que no otra cosa muestran sino el cariño que me dispensáis, por mi correspondido.

Realmente he quedado preocupada por la descripción que me proporcionáis, tanto tu como tu consorte, de las condiciones sufridas en vuestro viaje de novios, al parecer de desagradable recuerdo. Preocupada por las que pasasteis, y preocupada por las que pasaré, pues he tenido imprudentemente a bien el aceptar una invitación de Dom Joam de Montecarmelo a un viaje por el Mediterráneo, precisamente en los bateles de Dom Joseph de Cruixers, el ahijado de Yorelia de Winter. Que por cierto, se empeña en decir que no es su ahijado sino protegido, por un extraño quítame allá unos años, en plena contradicción con el bautizo al que, en su día, asistimos toda la Corte, pues en dándole las aguas el Arzobispo de Barcelona Yorelia viajó desde Mandergay para la ocasión. Vamos, recuerdo vivamente la escena de cuando la Marquesa, sosteniendo en brazos al entonces bebé Pepet y con el Arzobispo a punto de aguar al bautizando, le dio un ataque de moquilla y no tuvo reparo en sonarse –muy elegantemente, si- con la mantilla de brocado que cubría a la criatura, con lo que el pobre, además de la Fe, recibió su primer catarro. Pero como Yorelia otra cosa no, pero es madrileña y, por tanto, rara, salió airosa del trance: nadie se atrevió a decir nada, no fuera caso de que le estornudase al indiscreto encima.

Otra cosa que deseaba comentar contigo es tu actitud con los criados del servicio. Verás, querida: el abanico sólo se usa para arrear en ocasiones que lo merezcan, pues los que usamos las Damas son de cara factura y no es cuestión de desvarillarlos azotando con ellos al primer mozo de cuadra que se descarríe. Para esos menesteres es preferible usar el bastón  de mando de tu marido, pues amén de ser más resistente, si hay que reponerlo lo paga el Ejército. Aprovecharé la presente para darte unos consejos sobre el quehacer de una Dama, pues desgraciadamente es poco frecuente que charlemos con tranquilidad. De hecho los dio la Baronesa de Ibiza a una antigua protegida suya, como resumen de su doctrina y la mía, que considero la adecuada para una jovencita que se inicia en los fastos de la Corte y que, sin duda te serán útiles en lo sucesivo.

Lo primero que te he de aconsejar, si deseas triunfar en la Corte, es que tengas bien preparado un estuche, forrado de terciopelo azul o rojo, donde depositarás tu conciencia, que es algo que suele fastidiar bastante. Naturalmente podrías llevarla puesta, pero eso es algo que no suele llevar a la cúspide de la corte, y que acaba generando remordimientos. Por si acaso, que no se te olvide otro estuche, este en color diferente del anterior, para introducir los remordimientos en el mismo. Ya se que me vas a decir que de éste modo no podrás llevar esos bolsos monísimos en forma de ostra color dorado, ya que no te cabrán ni la mitad, pero hija mía, eso está ya muy pasado de moda. Si tu atuendo ha de ser de gran gala, te recomiendo un bolsón adornado de plumas de avestruz, y, mal de males, siempre puedes coserte un corchete al miriñaque y llevarlo todo allí en una bolsita de hule. Eso sí, no has de olvidar llevar tu abanico. Yo te aconsejaría el verde, adecuado para las principiantes, mas cuida que no sea verde menta, que parecerá un accesorio de la moulinette, ni verde fosforescente, que te tacharán de extravagante. Un elegante color verde Cabrales se combina bien con casi todo. Un abanico malva no te lo recomiendo si aun eres neófita, pues sería un poco pretencioso. Y ve practicando con un abanico cualquiera el toque adecuado para los gañanes que te importunen, con la salvedad antes hecha, que no ha de ser demasiado fuerte, pero tampoco se ha de confundir con una caricia. De todos modos, querida, lo mucho o poco que azotes con el abanico dependerá sin duda de ti misma; cuantas veces he lamentado no ser algo más dura en su uso, aunque se que dado mi natural, si intento forzarlo parecería una réplica sobreactuada de cualquier titiritera de teatro trágico. Tu misma te irás dando cuenta de ello, a medida que te introduzcas en los vericuetos de la corte.

Por supuesto confirmo mi asistencia a los fastos del natalicio del Marqués, para desearle personalmente que tenga una vida tan larga, al menos, como la mitad de la del Duque del Carmelo, a quien espero asimismo ver en tal ocasión si sus tonterías de caza –todo el mundo sabe que en el Carmelo no hay ni un conejo desde hace años- y esas francachelas que se permite con sus criados –ya sabéis el disgusto que ello me produce- se lo permiten.

Tuya afectísima,
María Manuela de Montespan

 

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