MISIVAS DE LA CORTE - Fase 3


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3028 .- 2 De Doña María Manuela de Montespan, Duquesa de Montespan
a Doña Fulgencia de la Lobera, Marquesa del Yermo y de la Vega

Estimada amiga,

Con cierto retraso me dispongo a informaros de las nuevas acaecidas en la barcelonesa Corte, aunque sabed que ello se debe a todos los trajines que me ha traído la celebración de mi natalicio a principios del pasado mes de Abril que,  como dice mi querida hermana putativa Yorelia en uno de sus raptos de ordinariez villanesca –tanta maja y tanto toro que abunda en esa ciudad en que vive no puede por menos que provocar esos excesos- es como “una boda gitana, que dura cinco días”. Ciertamente son varios los fastos que con tal ocasión suelo organizar, pues es claro que no hay fecha más importante que aquella en que vi la luz, mal que le pese a algunos, pero tampoco es como para hacer caso de semejante exageración
.

En cualquier caso, los festejos concluyeron con la recepción y baile en Palacio de lo mejor y más granado de la Corte, tanto la de aquí como la de acullá, que este año fue de excepcional brillantez. Sabed que lucía esplendoroso el solar de Montespán, refulgente por su adorno –si querida, hice confeccionar nuevos cortinajes con los tafetanes dorados que tuvisteis a bien obsequiarme: fueron muy celebrados- sonando la música por todos los salones que, con tal ocasión, hice abrir.

Además de los más allegados, he de destacaros la asistencia de nuevas incorporaciones a la Corte, tales como la de la Marquesa de Castefa, Doña Francesca de la Rosa, una señora que tiempo ha pulula por los salones condales, donde es muy vista, pues es de natural inquieto la dicha dama. También mencionaré a la Señorita de Kramttschoffen i Camins-Ponts, Paulina, una joven natural de aquí cuya aparición motivó comentarios contradictorios, pues es la chica de carácter fuerte y su juventud e inexperiencia la precipitan a generar equívocos con otras gentes. Pero tiene buen corazón y es de alma generosa, lo que permite augurar que lucirá con luz propia en este cortesano mundo, si es que no la estrangulan antes.

Qué sorpresa tuve cuando fue anunciada la presencia de mi querida Yorelia, acompañada de su taciturno hidalgo vascón, Dom Johan, portadora de un gigantesco ramo de rosas, una por cada año que cumplía según ella, por lo que si bien agradecí el detalle, no por menos no acabó de gustarme que el ramo lo llevasen entre cuatro palafreneros porque una persona sola no podía abarcarlo. Dado que lo principal es la intención y no el detalle –exagerado Fulgencia, exagerado: me sentía como la Virgen de los Desamparados recibiendo la ofrenda floral- abracé gustosa a mi hermana, que estaba más lozana que nunca, tan lozana que me hace sospechar si seguirá teniendo pleno “derecho” a ostentar su título de Marquesa del Férreo Camino, ya sabéis, lo de la virginidad de por vida para ser la titular del marquesado, que se da a dedo entre las mujeres de la familia con tal que guarden esa condición. Me habló en su última carta de ciertas técnicas orientales que permiten, perdonad la referencia, guardar salva su honra –creo que el Duquesito de Montecarmelo también es conocedor de esa técnica, que usa profusamente a decir de su querido Ganímedes, antaño criado mío- , pero no sé yo si con tanta corchea y fusa el músico norteño se le habrá ido la batuta y saltado de compás. Ya me entendéis, Fulgencia. Es que lucía demasiado bien mi hermana. Y eso sabéis qué implica. No daré más vueltas al tema, pues es mucho lo que resta de contar.

Aunque no se yo si merece la pena, pues no pude evitar el que asistiera al evento aquella gacetillera, Papula Pestis, dado que era jornada de puertas abiertas a toda la Corte, que supongo se encargará de relatar a su modo todo cuanto aconteció, y lo que no aconteció también, pues es conocida la proverbial imaginación de la sagaz  escritora.

Fue lamentada la ausencia del Duquesito de Montecarmelo, que adujo enfermedad, excusando su presencia, para variar, si bien Madretere, a quien mandé con la invitación para entregar, so excusa de que ella quería saludar al Padre Arnaldus, afincado en la biblioteca y archivos de su Alteza Ducal, me comentó, cuando me entregaba el billete con la respuesta de la no presencia de Dom Joan, que vio extraño al Duque. Si bien las cosas que cuenta la monja hay que cogerlas con  pinzas, esta vez no resisto el relataros tal cual me contó el episodio, porque tiene enjundia. Para comenzar me explicó que a efectos de entregarle mi recado al Duquesito fue recibida en el portal del palacete por un paje “o una paja” –que bruta es la pobre- pues no sabía distinguir si de hembra o varón se trataba, por lo florido y ligero de su atuendo, que apenas cubría unas carnes andróginas y delgaduchas, de ahí la confusión de la monja; el criado le interpeló amablemente por la razón de su venida y, explicada esta, Madretere, tras una breve espera en una salita en que estuvo admirando “unas pinturas de la Creación, que eso debía ser porque salían todas las figuras en cueros”  fue conducida a uno de los salones del pabellón de caza ducal, en el que apenas se podía respirar. Dijo esto porque flotaba, se ve, una espesa humareda en el ambiente, de extraño y dulzón olor, que le trajo recuerdos de su estancia en Oriente, cuando el famoso rapto por los piratas. Medio mareada, oyó una voz ronca de sibilante acento invitándola a acercarse y, fijándose bien, pudo distinguir entre la penumbra un bulto que, al hacerse aire con unas estampitas de santos que llevaba, pudo comprobar que se trataba del Duque de Montecarmelo, echado en un diván y con unos jóvenes alrededor. “¿Qué os trae por esta casa, estimada Madretere? ¿Sigue con salud la Duquesa, esa belleza inmarcesible?”. La monja le respondió, primero que debía no abusar del incienso ese, que se iban a asfixiar todos con tanto humo, y segundo, que yo seguía bien y que traía mi recado, dándole cuenta de la invitación. Los jóvenes prorrumpieron en unas risitas al oír lo que la monja decía, siendo interrumpidos por un ademán airado del Duque : “Hideputas, callaos, que de mi palomita me traen noticia”. Madretere iba a aclarar que ella no venía con historias de pájaros cuando el Duque le interrumpió dando unas palmadas y reclamando recado para escribir. En un momento, Dom Joam me escribió lo que transcribo, pues no es algo que debáis perderos, y seguro que os hará pensar:

Dulce bien de ígneos ojos: por causa del inmisericorde demonio que nos condena a la eterna separación, ayudado por Jaqueca, cruel diosa que se solaza en el sufrir de los mortales, he de suplicar me dispenséis de la asistencia a vuestro natalicio, como veis por causa mayor”

Vamos, que estaba de resaca y no tenía el ya me entendéis para ruidos. Seguía la misiva con los saludos de rigor, cuya reproducción ahorro dado que se tratan de los excesos verbales habituales del Duque, conocidos de todos. Pero Fulgencia: yo estoy intrigada. Algo pasa en esa casa. Y no sé qué es y ello me pone nerviosa. Sabemos que el duquesito está senil, pero...¿tanto? ...no sé querida: espero vuestra opinión al respecto.

Primavera extraña esta que nos trae amores y desamor, lluvia y sequía, frío y calor. Y con tan sensata frase os dejo, querida, en espera de vuestras nuevas. Siempre vuestra.

 

Maria Manuela de Montespan, Duquesa

 

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