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En
cualquier caso, los festejos concluyeron con la recepción y baile en
Palacio de lo mejor y más granado de la Corte, tanto la de aquí como
la de acullá, que este año fue de excepcional brillantez. Sabed que
lucía esplendoroso el solar de Montespán, refulgente por su
adorno –si querida, hice confeccionar nuevos cortinajes con los
tafetanes dorados que tuvisteis a bien obsequiarme: fueron muy
celebrados- sonando la música por todos los salones que, con tal ocasión,
hice abrir.
Además de los más allegados, he de destacaros la asistencia de
nuevas incorporaciones a la Corte, tales como la de la Marquesa de
Castefa, Doña Francesca de la Rosa, una señora que tiempo
ha pulula por los salones condales, donde es muy vista, pues es de
natural inquieto la dicha dama. También mencionaré a la Señorita
de Kramttschoffen i Camins-Ponts, Paulina, una joven natural
de aquí cuya aparición motivó comentarios contradictorios, pues es la
chica de carácter fuerte y su juventud e inexperiencia la precipitan a
generar equívocos con otras gentes. Pero tiene buen corazón y es de
alma generosa, lo que permite augurar que lucirá con luz propia en este
cortesano mundo, si es que no la estrangulan antes.
Qué sorpresa tuve cuando fue anunciada la presencia de mi
querida Yorelia, acompañada de su taciturno hidalgo vascón, Dom
Johan, portadora de un gigantesco ramo de rosas, una por cada año
que cumplía según ella, por lo que si bien agradecí el detalle, no
por menos no acabó de gustarme que el ramo lo llevasen entre cuatro
palafreneros porque una persona sola no podía abarcarlo. Dado que lo
principal es la intención y no el detalle –exagerado Fulgencia,
exagerado: me sentía como la Virgen de los Desamparados recibiendo la
ofrenda floral- abracé gustosa a mi hermana, que estaba más lozana que
nunca, tan lozana que me hace sospechar si seguirá teniendo pleno
“derecho” a ostentar su título de Marquesa del Férreo Camino,
ya sabéis, lo de la virginidad de por vida para ser la titular del
marquesado, que se da a dedo entre las mujeres de la familia con tal que
guarden esa condición. Me habló en su última carta de ciertas técnicas
orientales que permiten, perdonad la referencia, guardar salva su honra
–creo que el Duquesito de Montecarmelo también es conocedor de
esa técnica, que usa profusamente a decir de su querido Ganímedes,
antaño criado mío- , pero no sé yo si con tanta corchea y fusa el músico
norteño se le habrá ido la batuta y saltado de compás. Ya me entendéis,
Fulgencia. Es que lucía demasiado bien mi hermana. Y eso sabéis
qué implica. No daré más vueltas al tema, pues es mucho lo que resta
de contar.
Aunque no se yo si merece la pena, pues no pude evitar el que
asistiera al evento aquella gacetillera, Papula Pestis, dado que
era jornada de puertas abiertas a toda la Corte, que supongo se encargará
de relatar a su modo todo cuanto aconteció, y lo que no aconteció
también, pues es conocida la proverbial imaginación de la sagaz
escritora.
Fue lamentada la ausencia del Duquesito de Montecarmelo,
que adujo enfermedad, excusando su presencia, para variar, si bien Madretere,
a quien mandé con la invitación para entregar, so excusa de que ella
quería saludar al Padre Arnaldus, afincado en la biblioteca y
archivos de su Alteza Ducal, me comentó, cuando me entregaba el billete
con la respuesta de la no presencia de Dom Joan, que vio extraño
al Duque. Si bien las cosas que cuenta la monja hay que cogerlas con pinzas, esta vez no resisto el relataros tal cual me contó
el episodio, porque tiene enjundia. Para comenzar me explicó que a
efectos de entregarle mi recado al Duquesito fue recibida en el
portal del palacete por un paje “o una paja” –que bruta es la
pobre- pues no sabía distinguir si de hembra o varón se trataba, por
lo florido y ligero de su atuendo, que apenas cubría unas carnes andróginas
y delgaduchas, de ahí la confusión de la monja; el criado le interpeló
amablemente por la razón de su venida y, explicada esta, Madretere,
tras una breve espera en una salita en que estuvo admirando “unas
pinturas de la Creación, que eso debía ser porque salían todas las
figuras en cueros” fue
conducida a uno de los salones del pabellón de caza ducal, en el que
apenas se podía respirar. Dijo esto porque flotaba, se ve, una espesa
humareda en el ambiente, de extraño y dulzón olor, que le trajo
recuerdos de su estancia en Oriente, cuando el famoso rapto por los
piratas. Medio mareada, oyó una voz ronca de sibilante acento invitándola
a acercarse y, fijándose bien, pudo distinguir entre la penumbra un
bulto que, al hacerse aire con unas estampitas de santos que llevaba,
pudo comprobar que se trataba del Duque de Montecarmelo, echado
en un diván y con unos jóvenes alrededor. “¿Qué os trae por
esta casa, estimada Madretere? ¿Sigue con salud la Duquesa,
esa belleza inmarcesible?”. La monja le respondió, primero que
debía no abusar del incienso ese, que se iban a asfixiar todos con
tanto humo, y segundo, que yo seguía bien y que traía mi recado, dándole
cuenta de la invitación. Los jóvenes prorrumpieron en unas risitas al oír
lo que la monja decía, siendo interrumpidos por un ademán airado del
Duque : “Hideputas, callaos, que de mi palomita me traen noticia”. Madretere
iba a aclarar que ella no venía con historias de pájaros cuando el
Duque le interrumpió dando unas palmadas y reclamando recado para
escribir. En un momento, Dom Joam me escribió lo que transcribo,
pues no es algo que debáis perderos, y seguro que os hará pensar:
“Dulce bien de ígneos ojos: por causa del
inmisericorde demonio que nos condena a la eterna separación, ayudado
por Jaqueca, cruel diosa que se solaza en el sufrir de los mortales, he
de suplicar me dispenséis de la asistencia a vuestro natalicio, como
veis por causa mayor”
Vamos, que estaba de resaca y no tenía el ya me entendéis para
ruidos. Seguía la misiva con los saludos de rigor, cuya reproducción
ahorro dado que se tratan de los excesos verbales habituales del
Duque, conocidos de todos. Pero Fulgencia: yo estoy
intrigada. Algo pasa en esa casa. Y no sé qué es y ello me pone
nerviosa. Sabemos que el duquesito está senil, pero...¿tanto?
...no sé querida: espero vuestra opinión al respecto.
Primavera extraña esta que nos trae amores y desamor, lluvia y
sequía, frío y calor. Y con tan sensata frase os dejo, querida, en
espera de vuestras nuevas. Siempre vuestra.
Maria
Manuela de Montespan, Duquesa
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