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Hete
aquí, querida Maria Máxima, que este año no viajo sola, sino que me
acompaña un fiel bachiller que he tomado a mi servicio, Airis se llama,
y es el que esta tomando al dictado estas letras que recibirás cuando
llegue a la urbe matritense, Majerit de los Maricones, cerca de
Mandergay, donde reside la encantadora Yorelia de Winter, a la
que no tengo el gusto de conocer personalmente, como sabes, pero de la
que mi hijo, el Príncipe Odysseus me ha informado
favorablemente. Resulta que me amplió la información de su visita al
Principado, en aquellos primeros luctuosos meses de mi muerte (NB: Se me
hace raro hablar de mi muerte, estando yo bien viva. A veces, no te
creas, echo de menos ese beatífico estado de ausencia de este mundo,
pero es que también es cierto que una es muy cumplida, y cuando la
reclaman tan insistentemente, hasta la muerte parece no ser una frontera
definitiva).
No
tiene esta misiva otra intención que anunciarte que inicio, como todos
los años, mi grand tour por esta España tan nuestra. Me han
preparado alojamiento en la urbe matritense, como ya te he dicho; luego
pasaré por Ponte Ferrato, a visitar un castillo templario, Guijón, de
donde la mostaza, Bilbao y luego Barcino, donde espero poder ver a tu
hijo, Mercouche de Mercuchof, y a su dignísima señora, Svenka
Mercuchova. La verdad es que es un alivio que se haya sabido el
origen de tu hijo, que tu siempre has sido tan liberal para estas cosas
que ninguna de tus ochenta íntimas sabíamos si el niño era hijo del
príncipe Mercuchini di Parla, del duque elector Von Merkuchen o del príncipe
ruso Mercuchof. Al final, fíjate tu que cosas, nos tenías a
todas medio engañadas, atribuyéndole la paternidad al querido
caballero francés, Cayeteine de Mercouche. Medio engañadas, he dicho,
pero no engañadas del todo, puntualicemos. El niño se ponía en un
extraño trance cuando escuchaba la canción esa de los remeros del
Volga.
En
fin, querida Maria Máxima, que te sigo escribiendo –bueno, mi
bachiller Airis te sigue escribiendo- desde un sitio que se llama la
Torre de los Lodones. He estado un día en la posada de la Reina
Victoria. No de la reciente Victoria I Regina Cannalis sino
de otra Victoria reina. La posada, encantadora, y Yorelia de Winter también
encantadora, junto con su marido, encantador. Todos, en fin,
encantadores. Cierto que esto de ser Princesa emérita, ya sin ninguna
responsabilidad, te deja mucho tiempo libre pero el ser Princesa madre
soltera te hace echar de menos un Príncipe consorte, así que una tiene
que buscar príncipes a ratos, y no sabes lo difícil que es, para que
nos vamos a engañar. Estuvimos cenando en el Armario, que es un sitio
que esta en un barrio donde hay una cantidad ingente de gente extraña,
hombres paseando de la mano de los hombres, una barbaridad, ya te digo.
Yo se que esta gente es de la casta de mi niño Odysseus, pero,
que quieres que te diga, él es más discreto que todo eso, o al menos a
mi me lo parece. Únicamente le ha dado por ponerse de vez en cuando
trajes regionales de la isla de Bali, pero mira, otras hay que se visten
de tirolesas y nadie les dice nada.
Estuve
también con Clotilde, a la que ya conocía de mi primer periplo
por los caminos de este país, no se si te acordarás. Se mostró muy
acertada en todos sus comentarios. Como siempre. Ya sabes, cuando esta
niña abre la boca hay que ponerse a resguardo. Por cierto que estuvimos
en otro restaurante amplísimo, tan amplio que cuando pedí saber donde
estaba el baño me dieron un mapa, y cuando encontré el mingitorio no
pude sino exclamar “¡Doctor Roca, supongo!”. El caso es que llegado
un momento de mi conversación le pregunte si tenía un caballero
galante que le rondara – ya sabes, yo y mi manía de comprobar que
todo el mundo tiene consorte menos yo, que me quedaré solterona, al
paso que voy, y no hago mas que preguntar, como si fuera una santa
Tomasa de mis propias llagas; masoquismo que lo llaman- y la respuesta
que me dio Clotilde es digna de pasar a los anales de las respuestas
inteligentísimas, de esas que tan poco abundan: “Pareces nueva, hija
mía”. Que, si te das cuenta, es ni si ni no sino todo lo contrario.
Luego
estuve cenando en un sitio de restauración que posee el marido músico
de Yorelia de Winter, todo esto después de pasar dos días de
descanso en la Torre de los Lodones, que yo no me explicaré muy bien,
pero el espacio-tiempo lo tengo claro todavía. La querida De Winter
no estaba muy cristiana, físicamente digo, pero si tenia los ingenios
puestos a punto. Precisamente me comunicó su delicado estado de salud
cuando estaba hablando con otro conocido mío que tu no conoces, pero
que ya te contaré cuando nos veamos, que también sufría de ciertos
males estomacales; y yo creo que me persigue a uña de caballo el sexto
jinete del Apocalipsis que se llama Rea, Dia Rea.
Comimos
cristianamente en el sitio del marido de Yorelia, y eso es mucho
en los tiempos que corren en los que cualquiera con tres ínfulas y
media se mete en la cocina y ya se cree un cordon bleu. Yo
siempre he reconocido mis limitaciones en cuanto a esto de los fogones,
no como la actual Regina Cannalis, que a pesar de recurrir
algunas veces a cocinas externas y ajenas, cuenta entre una de sus
virtudes netas la de saberse manejar entre cacerolas, donde dicen que
Dios también se mueve. Será por eso que hay mucho talibán en este
mundo. Talibán de la cocina, digo. Por cierto, que mientras estaba
cenando mi bachiller Airis se perdió por entre esas multitudes de
hombres y lo escuché llegar a los aposentos vecinos a eso de las cinco
de la mañana.
Mientras
tanto Yorelia, unos amigos de Yorelia y yo pasamos una
velada divertidísima. Lo que demuestra lo que tantas veces me ha dicho Nemesia,
nuestra querida de la Bahía y la propia Yorelia en la
cena: que hay vida después de la corte.
Y
hablando de vida después de la corte, de quien sigo sin saber nada es
de mi querido Mount Karmel. ¿Tu tienes alguna noticia de él?
Un
beso, mi querida Maria Máxima.
Mª de las Mercedes
Princesa itinerante de Éden
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