MISIVAS DE LA CORTE - Fase 3


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3033 De Mª de las Mercedes, princesa de Éden
a María Máxima, Duquesa de Salar - 2

Posada de la Reina Victoria
(No la del canal, otra reina)
Plaza de Santa Ana
Majerit de Maricones

Mi querida Maria Máxima:

Como sabes, cada estío, cuando era Condesa de los Vergeles y luego cuando mis queridos súbditos me elevaron a Princesa de Éden por el asunto del Pabellón de la Rosaleda, hago un periplo para visitar viejas amigas y amigos y para conocer nuevos, que caramba, que si uno frecuenta siempre la misma gente sólo acaba respirando sus miserias y miasmas y ellos las tuyas, que todos, hasta los mas sublimes de nosotros, tenemos miserias.

Hete aquí, querida Maria Máxima, que este año no viajo sola, sino que me acompaña un fiel bachiller que he tomado a mi servicio, Airis se llama, y es el que esta tomando al dictado estas letras que recibirás cuando llegue a la urbe matritense, Majerit de los Maricones, cerca de Mandergay, donde reside la encantadora Yorelia de Winter, a la que no tengo el gusto de conocer personalmente, como sabes, pero de la que mi hijo, el Príncipe Odysseus me ha informado favorablemente. Resulta que me amplió la información de su visita al Principado, en aquellos primeros luctuosos meses de mi muerte (NB: Se me hace raro hablar de mi muerte, estando yo bien viva. A veces, no te creas, echo de menos ese beatífico estado de ausencia de este mundo, pero es que también es cierto que una es muy cumplida, y cuando la reclaman tan insistentemente, hasta la muerte parece no ser una frontera definitiva).

No tiene esta misiva otra intención que anunciarte que inicio, como todos los años, mi grand tour por esta España tan nuestra. Me han preparado alojamiento en la urbe matritense, como ya te he dicho; luego pasaré por Ponte Ferrato, a visitar un castillo templario, Guijón, de donde la mostaza, Bilbao y luego Barcino, donde espero poder ver a tu hijo, Mercouche de Mercuchof, y a su dignísima señora, Svenka Mercuchova. La verdad es que es un alivio que se haya sabido el origen de tu hijo, que tu siempre has sido tan liberal para estas cosas que ninguna de tus ochenta íntimas sabíamos si el niño era hijo del príncipe Mercuchini di Parla, del duque elector Von Merkuchen o del príncipe ruso Mercuchof. Al final, fíjate tu que cosas, nos tenías a todas medio engañadas, atribuyéndole la paternidad al querido caballero francés, Cayeteine de Mercouche. Medio engañadas, he dicho, pero no engañadas del todo, puntualicemos. El niño se ponía en un extraño trance cuando escuchaba la canción esa de los remeros del Volga.

En fin, querida Maria Máxima, que te sigo escribiendo –bueno, mi bachiller Airis te sigue escribiendo- desde un sitio que se llama la Torre de los Lodones. He estado un día en la posada de la Reina Victoria. No de la reciente Victoria I Regina Cannalis sino de otra Victoria reina. La posada, encantadora, y Yorelia de Winter también encantadora, junto con su marido, encantador. Todos, en fin, encantadores. Cierto que esto de ser Princesa emérita, ya sin ninguna responsabilidad, te deja mucho tiempo libre pero el ser Princesa madre soltera te hace echar de menos un Príncipe consorte, así que una tiene que buscar príncipes a ratos, y no sabes lo difícil que es, para que nos vamos a engañar. Estuvimos cenando en el Armario, que es un sitio que esta en un barrio donde hay una cantidad ingente de gente extraña, hombres paseando de la mano de los hombres, una barbaridad, ya te digo. Yo se que esta gente es de la casta de mi niño Odysseus, pero, que quieres que te diga, él es más discreto que todo eso, o al menos a mi me lo parece. Únicamente le ha dado por ponerse de vez en cuando trajes regionales de la isla de Bali, pero mira, otras hay que se visten de tirolesas y nadie les dice nada.

Estuve también con Clotilde, a la que ya conocía de mi primer periplo por los caminos de este país, no se si te acordarás. Se mostró muy acertada en todos sus comentarios. Como siempre. Ya sabes, cuando esta niña abre la boca hay que ponerse a resguardo. Por cierto que estuvimos en otro restaurante amplísimo, tan amplio que cuando pedí saber donde estaba el baño me dieron un mapa, y cuando encontré el mingitorio no pude sino exclamar “¡Doctor Roca, supongo!”. El caso es que llegado un momento de mi conversación le pregunte si tenía un caballero galante que le rondara – ya sabes, yo y mi manía de comprobar que todo el mundo tiene consorte menos yo, que me quedaré solterona, al paso que voy, y no hago mas que preguntar, como si fuera una santa Tomasa de mis propias llagas; masoquismo que lo llaman- y la respuesta que me dio Clotilde es digna de pasar a los anales de las respuestas inteligentísimas, de esas que tan poco abundan: “Pareces nueva, hija mía”. Que, si te das cuenta, es ni si ni no sino todo lo contrario.

Luego estuve cenando en un sitio de restauración que posee el marido músico de Yorelia de Winter, todo esto después de pasar dos días de descanso en la Torre de los Lodones, que yo no me explicaré muy bien, pero el espacio-tiempo lo tengo claro todavía. La querida De Winter no estaba muy cristiana, físicamente digo, pero si tenia los ingenios puestos a punto. Precisamente me comunicó su delicado estado de salud cuando estaba hablando con otro conocido mío que tu no conoces, pero que ya te contaré cuando nos veamos, que también sufría de ciertos males estomacales; y yo creo que me persigue a uña de caballo el sexto jinete del Apocalipsis que se llama Rea, Dia Rea.

Comimos cristianamente en el sitio del marido de Yorelia, y eso es mucho en los tiempos que corren en los que cualquiera con tres ínfulas y media se mete en la cocina y ya se cree un cordon bleu. Yo siempre he reconocido mis limitaciones en cuanto a esto de los fogones, no como la actual Regina Cannalis, que a pesar de recurrir algunas veces a cocinas externas y ajenas, cuenta entre una de sus virtudes netas la de saberse manejar entre cacerolas, donde dicen que Dios también se mueve. Será por eso que hay mucho talibán en este mundo. Talibán de la cocina, digo. Por cierto, que mientras estaba cenando mi bachiller Airis se perdió por entre esas multitudes de hombres y lo escuché llegar a los aposentos vecinos a eso de las cinco de la mañana.

Mientras tanto Yorelia, unos amigos de Yorelia y yo pasamos una velada divertidísima. Lo que demuestra lo que tantas veces me ha dicho Nemesia, nuestra querida de la Bahía y la propia Yorelia en la cena: que hay vida después de la corte.

Y hablando de vida después de la corte, de quien sigo sin saber nada es de mi querido Mount Karmel. ¿Tu tienes alguna noticia de él?

 

Un beso, mi querida Maria Máxima.


Mª de las Mercedes
Princesa itinerante de Éden

 

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