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Recibí vuestra misiva y, antes de leerla, la besé y la llevé a mi
triste corazón musitando una oración de gracias a sabe qué dios clemente
que de mi se había apiadado. Procedí luego a su lectura anhelante de
leer las benditas palabras que esperaba, esas palabras que se hubiesen
podido resumir en un concreto y escueto “Sí, yo también os amo”. Y como
siempre tuve que conformarme con unas dulces, esquivas, y elegantes
palabras que a nada os comprometían y que yo acepté, con resignación,
como fiel esclavo vuestro que soy.
Y pues, Señora, ya que después de informarme de los eventos y
fiestas de Lorca de los que ya he tenido cumplida información por
diferentes vías, paso a comentaros sobre el asunto que tiene trastornada
la vida de la corte catalana: el óbito de vuestra hermana
La
Duquesa.
En primer lugar tengo que conminaros a que no os preocupéis en
absoluto. No hay ninguna noticia fiable de que María Manuela haya
dejado el siglo. Según parece, una monja loca que últimamente le hacía
de compañera de no se sabe bien qué menesteres, ha lanzado tal rumor por
medio de una carta que ha dirigido a mi no menos estúpido fraile ,
Fra Arnaldus, que no es sujeto de fiar ya que está aquejado de
delirios lúbricos y místicos que nos aconsejan desconfiar absolutamente
de todo lo que diga o haga.
En segundo lugar: la misiva es desconcertante ya que la monja
maneja información certera. La noche del supuesto traspaso,
efectivamente, hubo una cena completamente íntima a la que sólo
acudieron los más insignes personajes de la corte convocados por el
Señor de Mercouche: a saber, La Duquesa, el citado Señor
de Mercouche con su fiel y siempre discreto acompañante , y yo
mismo. De lo que se dijo y habló en esa cena os hago gracia, ya que el
objeto que nos movió a reunirnos era el de consolar, aliviar, y hacer
entrar en vereda a
La
Duquesa
que, sin saber cómo ni por qué, había estado deslizándose en estos
últimos tiempos en un estado de melancolía destructiva que nos hacía
temer por su salud mental. Os supongo enterada de la inexplicable huída
que algunos nobles de todo el reino han hecho de la corte catalana, y
digo algunos por no decir casi todos. La
Duquesa
no ha asimilado bien esa defección y , ya la conocéis, se niega a asumir
ningún tipo de responsabilidad sobre ese hecho y carga todas las culpas
en imaginarios aconteceres de los que ella sería , por supuesto,
inocente. Nada sacamos en claro. Nada.
Conociéndola, nos podemos imaginar con un cierto margen de error qué
es lo que ha podido ocurrir, pero, insisto, sólo son suposiciones.
Doña Trullina está esperando una ocasión favorable para trasladarse
a otros pagos más agradables, la
Duquesa
tampoco parece muy dada a seguir con su compañía. Otros nobles le han
retirado el saludo; los fieles Lagarthera con ciertas salvedades
la frecuentan aún...Y el Señor de Mercouche, al igual que yo, nos
negamos a dejarla en el desierto, si bien desde una cierta y prudencial
distancia.
¿Se ha muerto? ¿Se ha suicidado? Eso dice la monja. Pero, querida
mía, vos y yo sabemos que la vida de la
Duquesa
siempre ha sido un gran teatro del que no pudo desbancarla ni la
mismísima Maria de las Mercedes. Sabemos también que la duquesa
es maestra en el arte de la simulación y la manipulación.
¿Se ha muerto? Yo no tengo ninguna noticia certera al respecto y,
dudo mucho, que con lo longeva que es y después de todo lo que ha pasado
desde las guerras Médicas hasta ahora, se le ocurra fenecer por un
simple trago de cordial, ella, que podía derrumbar a cualquier tahúr de
taberna.
No os preocupéis , belleza mía, preocupaos tan solo de pensar en
mi y en mi pasión que me consume por vuestros desdenes
A vuestros pies
Joam De Montecarmelo
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