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El
caso es que ha sido todo muy trágico. Y muy raro. Tuvimos a la
Duquesa, bueno, su cuerpo presente, durante varios días, porque a
Victor le dio una depresión, como se dice modernamente, y no salía
de su cámara ni a tiros. Como además, el Duquesito no dio
señales de vida para ocuparse del sepelio, y eso que le mandé recado por
mediación del fraile que tiene en el pabellón, la Duquesa se
pudría por momentos en la capilla de palacio. Bueno, mucho no, porque
al no hacer calor, su cuerpo ha aguantado mas de lo previsible. La falta
de calor, y supongo que el conservante que tomó toda su vida, los
cordiales al por mayor, obraron el milagro. Estaba que solo le faltaba
respirar: por eso nos daba miedo a todos y no queriamos entrar.
Solo le creció un poco de moho en la peluca, que arreglamos rápido con
unas aspersiones de lejía.
Así pasaron
tres días, hasta que al cuarto, llamaron al portón de Palacio. Eran las
doce de la noche. A esas horas, nadie había que pudiera abrir, bueno,
antes tampoco: la servidumbre se había marchado por falta de pago hacía
tiempo, así que fui yo a ocuparme, por si acaso traían recado del
Duque de Montecarmelo y se llevaban a la muerta de una vez.
No había
abierto apenas la hoja de la puerta cuando una dama… no, …quiero decir
“Dama”, sin
mediar palabra dio un empujon al batiente y entró como si fuera su casa
de toda la vida. Me perdonareis el usar la letra capital para definirla,
pero es que no era una dama simple. Para empezar me alarmó el color que
lucía en la capa cubierta que llevaba,
malva, que me
traía pensamientos sobre la difunta. Al retirarse la capucha, se me
reveló una señora mayor y canosa cuyos rasgos me recordaban algo o a
alguien.
-- ¿Aún
no la habeis enterrado? –me interpeló la doña, sin decir ni hola-
-- Señora,
una es una humilde monja, no enterradora, y si os referís a la Duquesa,
sí, continúa de cuerpo presente en la capilla.
-- Normal;
Manuela jamás supo contratar servidumbre capaz.
-- Ilustrisísima,
con todo el respeto, pero lo de enterrar a una noble como la Montespan
no se hace como con los restos del conejo del arroz: requiere su
ceremonia y estamos a la espera de instrucciones del Pabellón de
Montecarmelo. Y yo no soy servidumbre, soy monja despensera.
-- ¡Ja!
…El Juanito … para eso tendría primero que abrir las ventanas y
respirar aire en lugar de otras cosas… En cualquier caso, da igual: ya
he llegado. Me ocupo yo.
En ese momento
ya estaba yo muerta de la curiosidad, y además la señora esa me había
puesto un poco de mala leche, porque eso de avasallar así por las buenas
en casa ajena no me parece de recibo, por muy malva que se vista uno.
-- Bien,
Excelentísima, ya habeis llegado y os ocupais, perfecto… pero una es muy
poco mundana y a fuer de pecar de ignorante, que lo soy, os pediría que
me dijerais quien sois, para haceros los honores que mi pobre
entendimiento pueda ofreceros.
-- ¿Cómo?
Quieres decirme que Manuela jamás te ha hablado de mi??
-- Señora,
lo que tengo por seguro es que no sois una representante de Avon-llama-a-tu-Palacio,
mas que nada porque no suelen vestir ese bonito
malva, sino rojo
pasión.
El caso es que
la mirada que me echó me era familiar, porque sentí unas ganas tremendas
de esconderme detrás de una cortina, cosa que no me pasaba desde hacía
días, en concreto desde que se murió la Duquesa:
-- Ajá
… bien… : soy su… hum…prima… la prima Sofía
-- ¿¿Otra??
-- ¿Otra
Sofía??
-- No:
¿¿ Otra prima??
-- ¿Es
que tiene más?
-- Pues
como unas cuantas, pero visto lo visto …
-- Siempre
fue muy amante de la familia Manuela…le gustaba verla crecer.
Pero no: yo soy la única prima carnal, al menos compartimos sangre,
junto con la loca de Ibiza.
Llegados a ese
punto no entendía nada: a la Duquesa le salían primas como a otros
les salen forúnculos, y es que ya decía yo que esa mujer contaba poco
de su vida.
-- Oh…
-- ¿”oh”
qué?
-- Nada,
cosas mías: disculpad a esta monja ignorante –dije haciendole la
reverencia al uso- Y decís que venís de…
-- De
mi casa
-- Si,
ya, pero es que una no sabe bien como preguntaros .. es la impresión de
conocer otra prima…
-- Provengo
del antiguo Ducado de Neopatria. ¿De verdad que Manuela
jamas os dijo de mí?
-- No,
nunca mencionó que tuviera familia griega
-- No
soy griega: bueno, si, pero la cosa proviene de cuando Roger se dio una
vuelta por allí
-- ¿Qué
Roger??
-- De
Lluria, ¿Quien va a ser?
-- ¿¿Os
llevó con el?? Pues os conservais admirablemente
-- No,
mentecata: hubo un segundón de la Casa de Barcelona que fue con el en
la expedición y se dedicó a preñar a duquesas bizantinas. De ahí
proviene mi rama, que es la de Manuela
-- ¿De
duquesas bizantinas la Montespan? No lo puedo creer…Eso explica
lo rara que era la pobre…
-- ¡No!
¡Del segundón de la Casa de Barcelona!
En esas me
percaté que al tiempo que la señora, había entrado con ella un gato
negro, que miraba todo con mucha atención, como si estuviera tomando
notas. Y es que a mi los gatos no me gustan demasiado, porque cuando
estuve cautiva de los piratas en la India, y me hacían limpiar
letrinas, los gatos que había se negaban a espantarme las ratas que me
atacaban, porque les daban miedo de lo grandes que eran, por ello tuve
que inventar la escobilla para darles a los bichos con ella en la cabeza
y defenderme de sus ataques feroces.
-- ¿Miau?
-interrogó el felino-
-- Si,
Sathi: ahora después; dejame terminar con esta monja
Ahí comenzó
todo lo espantoso de esta historia, señorita: juro por los chorizos que
me he de comer que el “miau” de la gata, porque era gata, sonó en mis
oidos como “¿Essssss preciso aguantarrrrrrr
essssste dialogo de cretinassssss?... Espabila, que se nos va a pudrir
aún másssss…”
CONTINUARÁ…. |