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Yorelia, en su afán por no
desmerecer en elegancia y discreción, había ideado para asistir a La
Boda un atuendo ligero compuesto por: botines de piel vuelta en verde
primaveral y tacón de 16 centímetros (el color de la estación del año),
miriñaque de terciopelo rojo pasión con cola de metro y medio (el color
del amor que se profesaba la pareja), corpiño con escote “palabra de
honor” en color plata (el color del Principado de Asturias), pamela de
dos metros de diámetro en color amarillo canario (el color de la Corona
Española) y un bolso en color negro brillante (en el que cabían unos
zapatos más cómodos para después) por el luto que se debía guardar por
los últimos acontecimientos vividos en Magerit. Como verás, todo muy
simbólico y muy discreto, y sobre todo, ligero. Para rematar
elegantemente este traje, Yorelia se hizo peinar con moño
italiano en el que encajaba perfectamente el ala de la pamela.
Como no había previsto lo de la lluvia, salió de palacio sin
ningún tipo de protección contra ella, con lo que lo primero que acusó
su presencia fue el magnífico moño que le habían estado peinando desde
antes del amanecer. Así que al llegar al patio por el que se debía hacer
la entrada en la catedral, el moño iba ya cubriendo el ala de la pamela
en todo su perímetro, haciendo con ello un efecto un tanto moderno, por
lo que no le dio demasiada importancia.
Pero no había previsto Yorelia que habían colocado una
hermosa y MULLIDA alfombra roja para acceder al templo con una capacidad
de absorción del agua que para sí la quisieran algunos jorobados
animales del desierto, con lo cual, en el paseo de doscientos y
cincuenta metros, los maravillosos botines de piel absorbieron todo el
agua que pudieron hasta acumular dentro, o sea, alrededor de los pies de
Yorelia, la suficiente cantidad como para que al entrar en la
nave central de la iglesia, y por ser la última en llegar con todo el
mundo sentado y ya en silencio, sonara un sinfónico “chof chof” por toda
la estancia. Una vez se hubo callado el cura con motivo de la discreta
entrada de Doña Yorelia, ésta se dirigió a su asiento justo al
lado contrario y más lejano de la puerta por la que entró, por lo que
fue admirada por toda la plantilla allí presente. Y siguió la ceremonia.
Todo muy bonito, los chicos, enamoradísimos y muy guapos. Mucha
emoción contenida; por los demás, claro, porque la susodicha, en un
arranque de sentimiento, se sonó varias veces para enjugar sus lágrimas.
Debió de ser muy emotivo, pues todos los asistentes miraban con los ojos
rasgados por la envidia al haber tenido tal gesto para con nuestros
regentes.
Ya terminada la ceremonia, y mientras los contrayentes se fueron
a hacer los retratos de rigor, los invitados volvimos a recorrer la
MULLIDA alfombra en sentido inverso para acceder al patio de alabarderos
y ocupar nuestras mesas en el convite. En éste recorrido, la lluvia
arreciaba con más ahínco si cabe, por lo que el fastuoso miriñaque de
terciopelo también tuvo la deferencia de acumular una cantidad ingente
de agua que lo hacía aún mas pesado, por lo que la propietaria tuvo que
hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarlo en todo su recorrido.
Esfuerzo que supuso la pérdida de uno de los tacones de los preciosos
botines verdes y la entrada en el patio-comedor cojeando y tirando del
vestido que se había convertido en una cárcel ceñida.
Recuperada la calma y la dignidad como fue posible, Doña
Yorelia se sentó en la mesa que tenía asignada, custodiada, digo,
perdón, franqueada por el Príncipe de Mónaco a un lado y por un trovador
muy allegado a la familia celebrante, un tal Miquele Boisé, vamos, todo
muy acorde.
El menú estaba compuesto, tras los aperitivos, por unas
exquisitas tartaletas de frutos del mar sobre cama de verduras. Como
frutos del mar que eran, eran pescados y mariscos, pero mira por donde,
a Yorelia le fue a tocar el único que se habían olvidado de
quitar las espinas, con lo que, confiada, se introdujo de una sola vez
el canapé en la boca y, al masticarlo, la espina fue a parar justamente
a la campanilla, ensartando ésta como una vulgar brocheta de carne. Ni
que decir tengo que el acceso de tos y atragantamiento del que fue
objeto Doña Yorelia tuvo en jaque a toda la comitiva, pero las
sonrisas que fue capaz de ver a través de las abundantes lágrimas que la
asfixia le provocaba le tranquilizaron para estar segura que de ésta,
salía. El lagrimeo hizo que el maquillaje se extendiera por toda la
cara, haciendo parecer a Yorelia un mapache (animal novedoso
traído por Colón de sus viajes a las Indias).
Para pasar el mal trago de la espina, los compañeros de mesa
aconsejaron a la señorita beber abundantemente, pero se olvidaron de
aconsejarle que fuera agua, con lo que Yorelia cató todos los
caldos que pasaban por la mesa, por sus copas y por las copas de sus
vecinos de mesa, provocando un estado de euforia que los contrayentes
interpretaron como alegría por el enlace. Sobre todo por el “Asturias
patria querida” que les cantó delante de la mesa presidencial.
Así de animada pasó el resto del ágape.
Por cierto, Milly, no te aconsejo el escote “palabra de
honor”, pues se trata de un escote sin tirantes, que se sujeta,
presumiblemente, solo, pero que éste no hizo honor a su nombre, pues me
dijo el modisto que se debe a que “palabra de honor que no me caigo”,
pero ni por esas. Así que cuando la novia tiró el ramo al aire para que
las solteras tuviésemos la suerte de cazarlo, Yorelia, que
siempre presumió de flexibilidad y destreza, en un discreto impulso
usando como plataforma de lanzamiento el apoyo del príncipe de Mónaco
(que se sentaba al lado) y la silla en la que se sentaba la susodicha,
se lanzó al aire a la caza de las flores y no cumplió su palabra el
escote y la fuerza de la gravedad campó a sus anchas, dejando al
descubierto los encantos de Yorelia. Pero como señorita con
muchas tablas que es, una vez en el suelo y sin el preciado tesoro, se
levantó como si no hubiese pasado nada, ayudada por una de las
asistentes usando su falda como punto de agarre rasgando la cintura y
dejando a la señora en paños menores. Hija, yo no se quien les cose los
vestidos, pero se descosió como si estuviese simplemente hilvanado.
El caso es que se ve que con el lanzamiento del ramo la fiesta
llegaba a su fin, pues vinieron unos señores vestidos de soldados para
acompañar a Doña Yorelia hasta su carruaje amablemente
cortejándola con los sables que habían servido de arco nupcial a la
salida del templo a la pareja contrayente. Fíjate que detalle más
bonito.
Así que de esta guisa volví a palacio, contenta por haber sabido
salir airosa de la incomodidad de la lluvia y, eso si, con los tobillos
como chistorras, pues los tacones me estaban matando.
En fin, que espero verte el fin de semana que viene, pues parece
que Don Joseph de Bateles se acerca a verme, y Doña Trullina
del Raposal tiene intenciones, y hasta Fulgencia de la Lobera
quiere vida social…
Un beso matrimoniado
Yorelia de Winter
Marquesa del Fèrreo Camino
Mandergay.
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