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Acompañaba a la
prima Sofía, por si acaso se le ocurría darme alguna limosna con que
aliviar mi hambre espiritual o por si acaso le daba por cogerme a su
servicio, aunque las griegas estas son un poco herejes, que yo lo sé,
pero a mi me da igual, porque le predico y la convierto, y así ganamos
los dos: el Señor con una nueva Católica de la Fe Verdadera y yo con una
nueva despensa en la que tener mis arrebatos espirituales.
- Mi Señora, ...por casualidad en vuestro palacio en Oriente...no
tendríais una despensa, pequeñita, humilde, lo que sea, para que pueda
continuar mi vocación de alcanzar la santidad por el martirio de la
contemplación del pecado y su abstinencia –aventuré yo a ver si se daba
por aludida-:
- Porrrr supuesto que sssi: la “prima Sofía estaría encantada de
tener a una monja en su chozzzzzzzaaaaa: así tras convertir en
cerdosssss a los hombrreesssss se les puede dar la bendicion por san
martín..miaurrrl... – intervino la gata esa -. Ahora ya me había
acostumbrado un poco a ella y, total, después de todo lo que una ha
visto, no va a venir de una gata parlante aunque tenga acento marroquí,
que la verdad era lo que mas nerviosa me ponía, porque me acordaba de
los piratas bereberes aquellos que me raptaron y me hacían bailar la
jota.
La prima Sofía miró furiosa a la gata con un gesto tipo “cállate,
que me comprometes” a lo cual la gata respondió lamiéndose furiosamente,
como si intentara dominar el impulso de sacarle los ojos a la otra:
-Estee..no, Madretere: en Oriente no tenemos despensas
-¿Ni un armarito con cabida para unos choricitos? Me puedo poner
en cuclillas, así mi martirio será mayor...
-NO, HE DICHO QUE NO, RAYOS – soltó clavandome esa mirada que me
recordaba tanto a la muerta- Y, decidme: ¿ No ha habido la menor noticia
de la Condesa de Put i Ferí?
-Huy ... no...la del Raposal se ausentó hace semanas.
Tuvieron unas diferencias sobre el modo de compartir palacio, y se ve
que alguna perdió los papeles. El caso es que las dos se separaron con
las diademas muy dignas, cada una por su lado. Lo único que se es lo que
oí por casualidad mientras estaba en trance detrás de la cortina, y era
que la Condesa dejaba palacio diciendo que se iba a tomar las
aguas a unos baños durante una temporada No dejó más nota sobre su
paradero, y la Duquesa tampoco mostró especial interés en ello.
-Ah.. y ...como era...la chica esa margeritana .... algo así como
de plata virgen o vigas oxidadas tenía su título...
-La Marquesa del Ferreo Camino está desaparecida en combate, que
es lo que le gusta: combatir. Y por ahorraros el resto de preguntas, os
diré que aquí, hasta hoy, no ha comparecido nadie, ni nadie ha mandado
pésame, ni condolencias, ni una bolsa de peladillas siquiera. Unicamente
una nota de la Baronesa de Ibiza pidiendo una receta, a la que ya
he comunicado el óbito con tal ocasión. Supongo que un año de estos
responderá.
Aquí la prima Sofía calló. Miró en derredor, contemplando no se
qué, total, la casa estaba limpia. Dio un suspiro y me preguntó:
-O sea, que nadie de sus amistades ...
-No- la interrumpí yo- Nadie.
-O sea que todos sus banquetes, su desenfrenada vida cortesana...
-Polvos que trajeron estos lodos: se ve que quedaron con la
barriga llena y ya no podían sacar nada más. Y os diré que es algo que
me molesta mucho –añadí- , porque todo lo que se comieron esas buenas
amistades, se me privó a mi, para mi santa contemplación despensera
tan... necesaria para mi alma...
-Ajá – asintió, mientras la gata miraba todo con cara de asco: al
menos la cara de asco que puede poner una gata-
-Essstamosss perdiendo el tiempo: ¿Vamos de una vez a hacer lo
que hemos venido a hacer o no??? - maulló la gata.
La dama, que se había quedado como encogida después de oírme
decir esas cosas, se enderezó repentinamente:
-Es verdad- espetó, como si le hubieran metido aire a presión con
un fuelle- No perdamos más tiempo: monja, ¿Vos sabeis dónde guardaba sus
libros Manuela?.
-Claro –asentí yo-
-Y no habreis visto por casualidad un libro de aspecto vetusto
con unas tapas muy raras, lleno de versos estrambóticos y que
seguramente tenía un candado en la tapa para que no se abriera, ¿verdad?
-¿Cómo de vetusto? Esta casa está llena de vetustez en todos sus
rincones y elementos.
-Muy vetusto
-¿Con candado?
-Si, con candado
-¿De los que no se pueden abrir aunque una hurgue con una
horquilla?
-Si, de esos.
-Pues no , no lo he visto; bueno –rectifique ante el peligroso
fulgor que de pronto emanó de sus ojos- , quiero decir que no lo he
leído, porque se me resistió la cerradura al intentar forzarla, digo, al
quitarle el polvo con una aguja de media, que tenía mucho polvo
incrustado en las molduras el dichoso candado. Así que no sé si es ese
el libro que me decís. Además hay más libros de esos con candado. Sobre
todo los de su correspondencia íntima y los de cuentas de la casa.
-Ah..ya: y ¿dónde están?
-En la Sala de Música, en la boisserie que hay junto al aparador
de la vajilla de diario.
-Vamos – me empujó ella- Mostradmelo.
Y allá que nos encaminamos las tres: la prima Sofía, la gata y yo a la
Sala de Música. Cuando llegamos allí y ver lo que ví, me entraron unos
temblores muy grandes, y sentí que el Espíritu casi me poseía:
-¿¿Qué es esto?? – gritó la prima Sofía
-¡¡¡¡ Miau – puzzzzzzz ¡!!!!!! –bufó la gata
-¡¡ Madredelamorhermosoysantaritaloquesedanosequita ¡!! –dije yo
persignandome:
La Sala estaba absolutamente patas arriba. Las velas de los
candelabros estaban sin llama, con extrañas marcas, de cómo si los
hubieran apagado a mordiscos o a abanicazos, que dejan las mismas
señales, que yo lo sé muy bien. Un montón de partituras de Scarlatti
estaban desparramadas por el suelo; las completas del Padre Soler en un
tomo aparecían quemadas por las esquinas... y, lo peor, Señorita: el
teclado del clavicémbalo de la Duquesa estaba hendido por un zapato de
tacón que había sido violentamente clavado allí, hasta el punto de que
había atravesado la madera del fondo del instrumento. La vajilla de
diario de trescientos servicios, había sido sacada del aparador de caoba
y aparecía apilada en forma de ocho torres al tresbolillo, tal como
ponen los bolos en mi pueblo. Ya echaba de menos la bola para tirarlas
abajo hasta que me percaté que a 20 metros exactamente estaba la peluca
de la Duquesa hecha un ovillo... Me dirigí a ella, y al intentar
levantarla casi me disloco el hombro: pesaba como veinte arrobas... lo
que tuvo que sufrir esa mujer en vida, con semejante carga sobre su
cabeza...
- ¿Su peluca ? – exclamó la señora - ¿No la hemos enterrado con
ella??
Solté la peluca: un presentimiento me hizo dirigirme
chancleteando –ni tras su muerte me quité las chanclas japonesas: me
daba respeto aún después de muerta, por no decir miedo- hacia el
armarito de tres cuerpos en que guardaba sus cordiales y otras
especialidades espirituosas: estaba vacío. En ese momento, cuando no
daba crédito a mis ojos, sonaron tres aldabonazos tremendos en el portón
de palacio, a los que sucedió un estruendoso silencio:
-¡Mierda! – soltó la dama-
-¡Te lo dije ¡!! – runrrulló la gata- ¡Nos venían
siguiendooowwrrrl!! ¡¡¡ Ssssson ellas!!
Con una agilidad pasmosa para los años que aparentaba, la prima
Sofía corrió hacia la peluca de la Duquesa y, sin esfuerzo
aparente, la levantó del suelo y la metió en un morralillo
malva que llevaba al cinto, en el que lucía una placa dorada
muy recargada de grabados –hay que ver que cosas en que se fija una en
momentos de tensión- con la leyenda “Mary Poppins Fecit”.
-¡Vamos, Sathi ¡ -gritó la dama- ¡Y Vos, Madretere,
id a abrir; y llevad cuidado con lo que decís: nosotras no hemos estado
aquí!.
-Señora, ya está bien de plural mayestático: abusáis del mismo;
¿o he de contar a la gata para que seáis dos?
-Monja del demonio: haced lo que os digo: sed discreta y nada os
pasará y, sobre todo, nosotras no hemos estado aquí: id a abrir.
La cara que puso me recordó la de la difunta cuando sonreía y
ello me dio alas en las chanclas, si bien, cuando estaba mitad de
corredor me giré y pude ver un resplandor malva
deslumbrante que salía de la estancia, acompañado de una
música ensordecedora que diría que era igualito que el final de Don
Giovanni del Amadeo ese, cuando salen los demonios, que yo lo sé, porque
una vez que me llevó la Duquesa al Liceo , cuando estrenaron esa
opera, fue lo único que me despertó, cuando gritaban todos. Todos los
del escenario, claro: el resto del teatro estaban a sus cosas. Ello me
dio mas brío para correr hacia la puerta y al abrirla...
CONTINUARÁ…. |