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Hace
unas semanas, me encontraba en la capital del reino, llamado por el
monarca de la corona, realizando unos estudios que se le metieron en la
cabeza, para lograr hacer navegable el río que les pasa por allí. Fue
ardua la tarea de convencerle que no había nada que hacer, pero entre
estudio y estudio de profundidad, pude codearme con ilustrísimas
personalidades que por allí habitan como es de muy bien entender por su
parte.
Madamme Yorelia de Winter me remitió para enviarle a usted todos sus más
sinceros recuerdos, en una noche calurosa por las campiñas castellanas.
Me comentó que tuvo que dejar sus quehaceres por la tarde al llegarle un
mensaje de una buena amiga suya, la señorita María Kekahnson, una joven
brillante recién llegada de las prósperas ciudades del norte de América,
la cual le pedía que se personara en su palacete porque necesitaba de su
socorro. Yorelia, sin rechistar, se presentó allí, con un séquito de
doctores y al final, el socorro se reducía a una astilla de la tabla de
bordados que se le clavó en un dedo. Así que tras un par de sorbos a
agua del Carmen, decidieron pasear por los atardeceres de la ciudad.
Organizaron una fiesta para celebrar que los médicos no tuvieran que
actuar, y es por eso por lo que tengo nociones de lo que pasó esa noche.
Al principio una organización comedida, con el buen gusto que la
anfitriona sabe infligir en estos casos, con Millenia de Gotolight
inclusive, pero el motivo de la presente es para darle aviso de que,
aunque siendo yo hombre de mar y no estando acostumbrado a grandes
fiestas palaciegas donde los miriñaques acaben convertidos en vulgares
trajes de can can; donde pese a los peligros de la noche, tan nobles
Damas deambulasen por calles y puentes hasta acabar en fiestas más
mundanas; donde después de esa, la señorita Yorelia nos agarró del brazo
a los presentes y nos arrastró sutilmente hasta un edificio custodiado
por hombres de vigilancia, y que gracias a la señorita de Winter pudimos
acceder, aunque la vimos meterse la mano por el canalillo no se para
qué. Unos sótanos acondicionados de sedas y franelas, donde una orquesta
tocaba aún siendo esas horas de la mañana. En fin querida Trullina, que
al final nos quería convencer para ir a desayunar a la sierra, que
aunque la mañana era buena, la fatiga y el cansancio hacía mella a esas
horas, por lo que depusimos la invitación...... todos no... que al final
viajó en calesa hasta allí arriba acompañada de su buena amiga Millenia,
quizás a cazar osos, ya que bien es sabido que comparten aficiones
últimamente, aunque me digo yo... para esos menesteres, ¿no seria mejor
viajar a las estepas nórdicas ?.
Así pues informarle, que la señorita Yorelia se encuentra como hacia
tiempo que no la veía, pletórica, rebosante de salud tanto física como
psíquica (y que sea por muchos lustros), rodeada de amistades y
disfrutando de las pequeñas cosas de la vida, que al fin y al cabo son
las que nos llevaremos al sepulcro, y hablando de sepulcros, ha llegado
a mis oídos la repentina muerte de la señora Duquesa de Montespán, rece
usted por ella una oración de mi parte si es de su gracia, aunque al fin
y al cabo tampoco llegué a conocerla en vida mucho, pero tampoco hay que
negar una oración a los difuntos, no vaya a ser que no encuentre el
descanso apropiado en el camposanto.
Sin nada más que añadir, mis más sinceros deseos de buena esperanza y
prosperidad para su casa, que ya sabemos todos, que es la de muchos...
aunque sea por unas horas.
DOM JOSEPH DE CRUIXERS y BATELES
Almirante de la Armada y Conde de la Marejada
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