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Amadísima Maria Máxima,
Te sorprenderá recibir
misiva mía, no lo dudo. He estado mucho tiempo, como sé que murmuran
algunas damas de dudosa reputación, desaparecida.
Por lo que, ante tanto rumor que a una servidora le llegan a los
oídos, me veo obligada a hacer uso de mi sirviente Armando, que ya sabes
que mis blancas y delicadas manos no me las dio Dios para menesteres tan
mundanos.
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Ahora mismo me encuentro en el palacio de verano de Lagartera,
acuérdate de ese palacete con laberinto que disponemos en las afueras de
la ciudad, cerca de nuestra antigua residencia. Aquí la brisa de la
montaña fortalece mis delicadas, y ahora anchas, caderas, y empiezo a
notarme con fuerzas para volver a mis quehaceres diarios.
Te cuento pues que hace unos meses me empecé a encontrar
indispuesta y el Marqués, en su infinita bondad y amor, dispuso
que dejara mis labores (ya sabes lo duro que resulta ser Marquesa
habiendo tantos mozos harapientos que llaman a tu puerta en busca de
amor y caridad) para poder así recuperarme del extraño mal que me
aquejaba. Los médicos creyeron que tratábase de un mal que achaca a las
que frecuentamos habitualmente grandes banquetes. No puedes imaginarte
la indignación que sentí al verme llamada 'gorda' (ruego disculpes tal
vulgaridad, pero esa fue la injuria que salió de sus blasfemas bocas).
Es cierto que ya no podía ponerme los corsés que la distinguida
Condesa de Put-i-Feri me legó por no poder abrochárselos, pero de
eso a llamarme gorda... Tal disgusto me dejó postrada en la cama largo
tiempo.
El Marqués dispuso que, en los ratos que él no estuviera en
palacio por 'affaires d'Etat', tuviera a un fiel efebo a mis servicios.
Así fue como Armando, mi asistente de cámara, me daba consuelo y ayuda
en esos momentos de dolor... Fue un acierto disponer de él pues a partir
de ese momento empecé a sufrir unos constantes y repentinos sofocos que
él presto apaciguaba.
Seré breve. Resultó que los médicos no supieron advertir que
esperaba un hijo del Marqués. Cual seria mi sorpresa cuando
repentinamente mi divina y oriunda figura dio a luz un maravilloso niño,
oscuro como los ojos del Marqués y fuerte como su padre (el
Marqués, indudablemente). Dispusimos que se llamara Santiago Juan de
Todos los Santos. Santiago por su tatarabuelo, Juan por su bisabuelo y
de Todos los Santos porque hoy en día si no tienes este nombre no eres
nadie.
Ya informada de esto, te comento por otro lado que me indignó mucho
que en el triste entierro de La Duquesa -queDioslatengaensugloria-
osaste no dirigirme un saludo. No dudo que los tristes acontecimientos
te afectaran tu saber hacer, pero querida, fue muy impropio de una Dama
de tu clase y educación. Solo espero que la presencia de Dom Joam no
fuera la causa de tal enajenación, pues no te creo débil a los pecados
de la carne. Además, Máxima, que tener que enterarme de los
pormenores de lo sucedido por segundas bocas, me afectó el orgullo en lo
más hondo.
Acuérdate que las puertas de Lagartera siempre están abiertas
para un tet-a-tet y que te podré agasajar con unos dulces de chocolate
que me he hecho traer expresamente de las Indias sólo para ti.
Recuerdos al Abad y un beso muy dulce
Albertina du Enq
Marquesa de Lagartera
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