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Tras acomodarme en su nuevo
palacio, el Roof Palace, nos dispusimos a hacer nosotras mismas,
acompañadas por el caballero Dom Joseph de Cruixers, la cena.
Trullina dispuso unas viandas que debíamos hacer en una parrilla con
carbones, algo superchic. Después de unos digestivos decidimos salir a
los locales habituales donde solemos ir cuando vamos por aquellos pagos,
y que tu también y tan bien conoces.
A última hora de la noche, y habiéndosenos ido el santo al cielo
con la hora, Trullina se dedicó a la caza con éxito tremendo,
comentando Dom Joseph y yo lo experta que es cuando se empeña en
llevarse una pieza animal a casa. Esta vez fue un ejemplar exquisito que
había traspasado las fronteras, pues era gabacho. Seguramente no se
dieron cuenta los guardias forestales de los Pirineos de que se les
colaba un oso en los dominios, pero mira, mejor para Trulla.
Al mediodía del sábado, o sea, cuando amanecimos, pues ya sabes
que a Yorelia solo le amanece cuando abre los ojos, nos dedicamos
a deshacernos de la pieza cazada, pues bien está para una velada de sano
entretenimiento, pero más se hace pesado. Una vez libres de compromisos
comimos íntimamente mi hermana y yo en el fantástico jardín colgante que
ésta tiene en su palacio, comentando los pormenores de la caza.
Tengo que llamar la atención de esta muchacha, pues le priva
cazar, nos da envidia a las demás de su maestría en ese arte, pero luego
se pasa el día quejándose de las heridas de guerra que le provocan los
revolcones de que es objeto, pues recuerda que la caza es deporte de
campo, o en el caso de la Trulla, y por el gusto de las piezas
que caza, es mas bien deporte de bosque y siempre termina con algún
raspón o escocedura dada la delicadeza de su piel y el follaje que suele
encontrarse en un bosque de osos….ejem…..
Tras la comida sesteamos un ratito, antes de dirigirnos al
Leather Palace, o sea, a la céntrica residencia de los Marqueses de
Lagartera, donde disfrutamos representando una obra de teatrillo
escrita en esta ocasión por el De Cruixers.
Resulta, Milly, que tienen como costumbre representar
pequeñas obras escritas por ellos mismos, y cada vez le toca a uno
escribirla y a los demás representarla. Ya ves tú, esta gente siempre
tan chic. Estando en plena obra, llegó nota al palacio de los
Largartera de Dom Joam de Montecarmelo, al que habían llegado
noticias sobre mi estancia allí. Nota que no hacía falta, pues ya
estaban preparados todos los avisos para salir hacia sus destinos en
cuanto supiéramos a que hora íbamos a terminar con la representación.
Total, Milly, que se organizó un encuentro lúdico-gastronómico en
un local exótico al que acudieron el mismo Dom Joam, Don
Mercuchoff de TT.LLRR. y Señora, Dom Joseph,
Trullina y yo misma……….. y aquí empieza la cosa (porque no se como
llamarlo).
Tras la cena, nos acercamos todos a un local de confianza donde
tomamos los primeros digestivos y charlamos animadamente un buen rato.
Como unas habían tenido la noche anterior larga y cansada por la caza,
otros debían hacer uso del matrimonio y el de Cruixers que no
recuerdo cuando ni porqué desapareció, nos encontramos Dom Joam y
yo solos ya entrada la noche. Viéndome extranjera y sin mi anfitriona,
me agarré al brazo del de Montecarmelo con intención de que me
diera un paseito por la noche Barcelonina. La verdad, Milly, es
que ir del brazo con un varón de su porte luce mucho y también, porque
no decirlo, acalora mucho. Pero Dom Joam es ante todo caballero y
me llevó a un pequeño local a tomar la penúltima antes de decidirse a
enseñarme uno de los secretos mejor guardados de la ciudad de Barcina….
la nueva
iluminación nocturna de sus parques y jardines, a base de farolas de
gas.
Fuimos paseando hasta los que ha puesto en un solar gigantesco
donde dicen que van a construir una inmensa catedral que será símbolo de
la ciudad, pero que aun no han empezado, aunque ya han delimitado los
márgenes con estos jardines que te comento. El Duquesito, que
como sabes es un gran amante de las plantas, tiene otras amistades que
visitan estos parques, pues es asiduo a ellos por la belleza que tienen
a la iluminación del gas, y me presentó a algunas damas que también se
relajaban a esas horas frescas (las horas, no las señoras, aunque siendo
amigas de Dom Joam….)
Yo por dentro ya iba pensando en que debería agradecer a Dom
Joam las atenciones recibidas y, por consiguiente, iba preparando mi
cuerpo hormonalmente para darle las gracias cuando llegara el momento,
pero cual fue mi sorpresa cuando dirigiéndonos hacia la parada de
carruajes de alquiler, abre la portezuela caballerosamente y me deja
paso pensado yo que entraría tras de mi y nos dirigiríamos al Pabellón
de Montecarmelo, se queda en la puerta y con un “Bueno, querida,
yo me quedo un rato más” da instrucciones al cochero, cierra la puerta y
me veo sola en un carro de alquiler camino del palacio de Trullina.
Tras un pequeño momento de frustración, pues pensé que era una
carga para Dom Joam, acepté el destino y me dejé llevar, tardando
el coche muy poco en llegar al Roof Palace, pues no estaba demasiado
lejos. Pero, ay! Millenia, cuando llego a la puerta, el servicio
estaba de descanso ese día, así que saco del bolso las llaves que
previsoramente me había dejado Trulla e intento abrir la
cerradura del portón de Palacio. Nada más meter la llave me doy cuenta
de que no entra hasta el final y una pequeña luz se ilumina en mi mente…
“Esta lerda no habrá sido capaz de dejar puesta la llave por dentro,
noooo?” pero no caigo en el desánimo ni en lo absurdo que acabo de
pensar, e intento de nuevo meter la llave en su hueco con el mismo
resultado. Ya mas nerviosa, (imagínate, Millenia, una señorita
como yo, a las tantas de la madrugada, sin alojamiento ni techo donde
meterse, sin mi bloc de notas Nokia y sin nada, en la calle) aprovecho
ese temblor para llamar compulsivamente al llamador, pareciendo señales
Morse a causa de los temblores de mis manos. Efectivamente, mis
sospechas eran ciertas, la llave estaba por dentro, Trulla duerme
como una ceporra y jamás oiría el llamador y el único sirviente peludo
que tiene, no daba señales de vida. Pero siendo previsora y de mente
despierta, pienso como un rayo que si me quedo llamando a la puerta me
pueden dar las claras del día allí, así que salgo disparada de los
jardines de Trulla para volver a alquilar un coche de caballos
que me devolviera rauda a los jardines donde me había dejado el
Montecarmelo.
Vamos, que te puedes imaginar a Yorelia, miriñaque en
mano, carroza para arriba, carroza para abajo, de jardín en jardín,
siempre sin perder la compostura, pero con un estado de nervios por
dentro que se me cuarteaba el maquillaje, que a esas horas se cuartea
casi solo. Conmino al cochero a llegar a los jardines lo antes posible,
y al bajarme allí y no ver a Dom Joam, pienso para mí que muy
cerca de vender mi cuerpo estoy si no doy con él. Más nerviosa que
aliviada, encuentro aún a sus amistades sentadas en un banquito, en
animada charla acerca de los demás paseantes, preguntándoles sobre el
paradero de Joanito, informándome que aún sigue por allí viendo
esquejes, capullos y pistilos, y que volvería en breve, por lo que me
siento con ellas y me tranquilizo chafardeando como solo las damas de
alta sociedad saben hacerlo.
Afortunadamente para mí, y menos para él, aparece el Duquesito,
no dando crédito al verme. Puesto al día de lo que me había sucedido, se
sienta un ratito con nosotros, le pido perdón por haberle estropeado la
noche (a lo que me contesta “hay mas noches” en lugar de decirme un
“para nada, querida, ahora será mejor”) y tiene la amabilidad de
alojarme en el Pabellón de Montecarmelo.
Como comprenderás, Millenia, yo volvía a preparar mi
cuerpo para agradecer tanta hospitalidad y al llegar al Palacete, tras
enseñarme la iluminación nocturna que Dom Joam también ha
instalado en sus jardines, me ofreció ropas cómodas y ligeras para que
descansara mi cintura de tanto corsé. Así que terminé vestida a la
arabesca en el palacete de un varón soltero, por lo que daba por hecho
que se portaría como un hombre, cosa que yo llevaba provocando toda la
noche.
Nos tomamos unos cordiales mientras descansábamos en unos canapés
del siglo pasado que tiene, cuando se le ocurrió que estaba muy
atractiva con esos ropajes y me invitó a posar mientras bosquejaba unos
bocetos, inmortalizando algunos rincones de la bella decoración de su
palacio, enriquecidos, aún mas si cabe, con mi presencia.
Yo seguía hormonando como una loca, pues soy mujer cumplida y no
quería dejar de darle las gracias por sus atenciones y aunque sea para
decir un simple “gracias” yo hormono, Milly, hormono.
Pero a eso de las 8 de la mañana, mi cuerpo se deja vencer por el
cansancio, pues hormonar le cansa bastante, y me dejo caer lánguidamente
en la cama del mismísimo Dom Joam no sin la esperanza de que
viniera a echarme una colchita por encima y que se dejara llevar por la
lujuria, cosa que no sucede, ni colchita de las narices ni lujuria que
lo parió. Con lo cual, Millenia, pienso que este caballero es del
gusto de otras tendencias que una señorita de bien.
Dom Joam se queda leyendo unas novelas en su saloncito hasta que
a las 9 de la mañana, eso si, ahora que ya no había tiempo, muy
romántico, viene a despertarme con un ósculo para que no llegara tarde a
la cita que previamente habíamos concertado Trulla, Dom Joseph
y yo. Muy amablemente me ofrece café y MAGDALENAS y hace llamar a otro
coche de caballos.
Millenia, yo creo que a este caballero no le van mucho las
hembras, no se porque, la verdad…..
En fin, una vez reunida con mi hermana y el De Cruixers, nos
dirigimos en silla de postas hacia la montaña sagrada que los catalanes
veneran, si, el Monte Serrat, pues Dom Joseph tiene en marcha
unas obras en el monasterio de allí y se ofreció para enseñarnos los
parajes de la zona, que son verdaderamente muy bonitos.
Durante el trayecto hasta la montaña, además de llamar lerda a la
Trulla por dejar la llave puesta por dentro, les conté mi noche
de carruajes y jardines para arriba y para abajo y la sequía que sufría
el rincón íntimo que tengo en mi propio jardín.
Había dos ingenios para subir a las crestas de la montaña, unas
cabinas colgantes que parecían la mar de divertidas, pero que al verlas,
Trulla cambió de color, humor y yo creo que hasta de grosor, por
lo que las descartamos, y un carruaje con un sistema parecido a una
cremallera para poder escalar las escarpadas faldas de la montaña, que
fue por el que optamos, llegando arriba en un periquete.
Tras la misa de 12, con coros, a la que llegamos a tiempo, nos
dedicamos todo el día a ir de una ermita a otra, caminando y caminando
durante todo el día, cuesta arriba, y cuesta abajo. Por supuesto,
habiendo visitado la imagen de Nuestra Señora, que es famosa por ser
negra, tras una cola de horas.
Si has estado atenta a todo, Millenia, habrás deducido que
yo aún no había dormido decentemente, pues desde el sábado al mediodía
en que nos libramos del oso Doña Trullina y yo, no había vuelto a
cerrar los ojos más que una hora en la cama de Dom Joam, pero
incomprensiblemente no hice acuse de cansancio y sospecho que uno de los
retoques que, lógicamente, hube de hacer a lo largo de la noche con el
maquillaje, me equivoqué de polvera. El caso es que a última hora del
día nos dirigimos otra vez de vuelta a Barcina, al palacio de la condesa
del Put i Ferí, donde recogí mis enseres y salí rauda hacia
Mandergay, pues al comienzo de la semana tenía responsabilidades
ineludibles que atender. A la vuelta, y por haber
sido cómoda y no ir en mi propio carruaje, hice uso de los servicios
públicos, y por ende, de las infecciones que sufre el pueblo llano, pues
en la silla de postas me tocó al lado un pobre (y no es por pena, es
socialmente, era un pobre) que padecía de tisis, y no paraba de toser,
pero al ir lleno el transporte, no pude cambiarme de sitio, padeciendo
ahora unas anginas que me impiden comer con comodidad. Siempre te he
dicho, Milly, que no te mezcles con el pueblo trabajador, mira lo
que pasa.
En fin, Millenia, que si bien es verdad que me sabe muy
mal no haber podido ir a verte como habíamos programado, al final me
dejé una pequeña fortuna en ir a divertirme a Barcina, aunque eso es
insignificante comparado con el placer de ver a nuestros pares allí,
pues siempre, absolutamente siempre, se desviven por entretenerla a una.
En Noviembre intentaré acercarme otra vez, pues hay unos trabajos y
colaboraciones pendientes con el de Cruixers y los Marqueses
de Lagartera.
Con la esperanza de que no sufras el síndrome de Estocolmo otra
vez, espera verte pronto tu amiga Yorelia.
Un beso ajardinado
Yorelia de Winter
Marquesa del Férreo Camino
Mandergay |