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Aguerrido marinero y amigo,
Tiempo hace que no manejo la pluma para mancharte unas líneas. No
se si habrá llegado a vuestros oídos el hecho que ya hace unos meses que
abandoné mis añoradas tierras de Oriente para regresar una temporada a
los vientos del Este.
En mi particular operación salida, o retorno, que esta vuestra
tierra es casi ya mía , me alojé unos días en la iluminada villa de
París. Siempre me ha gustado ser el primero en llevar lo último y para
ello es necesario recorrer las siempre brillantes calles de mi querida
París. Bueno, a lo que voy, que mi pluma se seca y mi mano se agota.
Os imagino conocedor de la existencia de mi nueva y bien
ventilada villa Dels Forts Vents , al norte del país de las Cuatro
Torres Ensangrentadas sobre el maizal de amarillas mazorcas, segunda
villa de residencia, que de tanto visitarla, es más primera que segunda.
Por contra, imagino que poco sabréis de mi adoración a la María, la
Virgen, adoración que llegó hasta el extremo de llenar mis jardines con
imágenes que me elevan a mundos de paz y misericordia cuando ante ellas
me arrodillo para dejarme invadir por el amor que de ellas nacen y en mi
se reproduce.
No se si sabréis, también, de mi inconstancia y mi poca
predisposición a una penitencia excesiva y poco cómoda, y dado que el
frío ahora baña mis tierras, pensé que era más propio de una persona de
mi condición el trasladar a los salones que para la meditación mandé
construir en mi villa las imágenes que adornaban mis jardines y de un
modo más recogido, y cómodo, adorar a mi virgen.
Pero claro, uno es recogido en su persona pero grande en su
orgullo, y en tanto mis jardines han sido la envidia de la comarca
durante todo este tiempo, ahora no puedo permitirme el dejar de ser la
admiración y , sobretodo, la envidia de mis vecinos.
¿Y cómo puedo ayudarte yo? Pensaréis. Amigo, vos no penséis, que
os agotáis, dejad que lo haga yo por vos. Amigo poned vuestros brazos
que el resto ya lo hago yo. Por amigas de enemigas de una amiga de cuyo
nombre no quiero acordarme me consta de vuestras idas y venidas entre
Oriente y Occidente, de barcos cargados de ricas y bellas sedas,
especias, piedras, sales, entras y mercancías diversas. Y eso en que
puede ayudarte? Volveréis a pensar.
Pues mirad, en mi antes comentada visita a París observé que lo
más “in” a raíz del Forum ese que montaron en Barcino, es crear tu
propio ejercito de Soldaditos de Xi’an. Pero como en París son así como
son ellos, usar caras de achinados ojos no era fashion, así que dieron
un giro al invento y decidieron diseñar sus propios guerreros de Xi’an.
El invento es el siguiente:
Encargáis a un mercader que de orientales tierras, ains, mis
tierras, traigan eso, tierra china. Con agua del Eufrates y el Tigris,
tierra de china, y vuestras manitas, os montáis vuestros guerreros a
medida, con las caritas que más os gusten. También cabe la posibilidad
de crear vuestros collares Xi’an, para esos casos en los cuales se
precisa protección portátil. Y así, con paciencia, tendréis vuestros
exclusivos guerreros.
Pensaréis, eso se llevará en París, pero aquí? Pues si, me
consta, por lenguas de enemigas de amigas de una amiga de cuyo nombre
soy incapaz de acordarme que en Barcino ya impera la moda de los
guerreros de Xi’an personalizados, toda una modernidad clásica que hará
de jardines y salones la envidia de aquellos que, faltos de gracia a la
hora de modelar, se vean incapaces de sus arcillosas defensas crear.
Mira, si hasta me ha salido un pareado para vender el producto. Créeme,
me permito tutearte, eso de poseer guerreros con las facciones de
aquellos a los que más amas y admiras es todo un lujo al alcance de
pocas y habilidosas manos.
Pues nada, mi encargo, que mi pluma ya está a punto de
desfallecer. Ruego me traigáis en vuestro próximo viaje cien sacos de
tierra de las valles de mis añoradas montañas de Xihaigu. De las aguas,
ya hablaré con vuestra amiga Yorelia, que siempre fue algo
camella y sabrá encontrar el mejor, más rápido y económico modo de
trasladar el agua desde el Eufrates hasta mi ventilada villa Dels Forts
Vents.
No reparéis en gastos. Junto con esta comanda, he aquí este
saquito con mil monedas de oro; el resto, al regreso.
Con las manos en la masa,
Dom Marc de Polo
Moldeador
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