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Hete aquí que yo me encontraba
melancólica y paseabunda por la orilla del mar, cuando un aborigen de
allá osó (con acento, osó) acercarse a mi preocupado por si la brisa del
mar era demasiado fresca para mi (imagínate, fresca para mi…. Como si yo
no conociera frescas) detalle que me embargó. Le permití pasear a mi
lado, escuchando sus palabras, que con el gracejo del acento que tienen
allí, terminaron por ahondar en mi corazón…
Tan amable fue el caballero, que me ofreció su palacio para estar
más cómoda que en el alojamiento que yo había contratado. Ofrecimiento
que acepté, pues parecía buena gente y su nobleza saltaba a la vista.
Así que trasladé todo mi equipaje a su palacio, situado en un pueblecito
del norte, donde me quedé más tiempo del que tenía pensado. Hicimos tan
buenas migas el Marqués y yo, que él mismo decidió acompañarme a
Barcina a seguir con la temporada operística, pues es buen aficionado a
la música, sobre todo si el volumen es generoso……
Una vez en Barcina dimos aviso a Trullina del Raposal, mi
querida hermana, para que nos acompañara al almuerzo de llegada, que no
dudó en aceptar y se presentó rauda en el mismo centro de la capital.
Una vez juntos todos, dimos un paseo por lo más típico de la ciudad para
que el Marqués disfrutara de la belleza de la Ciudad Condal.
Después de comer, Trullina se retiró a descansar, pues estaba
aquejada de resfriado y debía tomarse un respiro.
El marqués y yo seguimos paseando y haciendo tiempo, pues a la
noche debería hacer una presentación previa del resto de nobles, para,
al día siguiente, asistir a la representación de una opereta.
Cenamos románticamente en un establecimiento de corte italiano y
luego nos dirigimos a los locales habituales, dónde habíamos concertado
cita con los Marqueses de Lagartera, los Señores de TT.RR.LL,
el fascinante Dom Joseph de Cruixers y, para sorpresa nuestra,
Maria Mercedes de Montpensier, en calidad de su hijo Odysseus...
yo es que me lío con esta familia, que andaba por allí para hacerse
cargo de una mascota.
Charlamos cordialmente para que el Marqués sureño se
encontrara cómodo con las nuevas amistades y nos retiramos pronto, pues
al día siguiente nos esperaban más visitas y paseos, amén de la opereta.
Todo el día siguiente transcurrió relajadamente, haciendo unas
compras acá, y unos gastos allá, esperando ansiosamente la hora de la
representación.
Cual fue nuestra sorpresa que nos llegó nota desde el palacio de
Lagartera para comunicarnos que la representación sería en su
propio palacete, y que todos deberíamos acudir vestidos rigurosamente de
negro. Menos mal, Millenia, que una siempre va preparada para un
entierro (cosa que en el pasado no ha estado de mas) y lleva ropa para
todas las ocasiones, no siendo gran problema la vestimenta que se nos
exigía.
Como el negro siempre es elegante, así nos dirigimos en carruaje
al palacio de Lagartera, donde estaban todos los demás y alguno
más… Resulta que la opereta representaba la llegada a la decrepitud de
una chica pizpireta y ligera de cascos (ellos llamaban al personaje “La
Pequeña Viciosa”) y su posterior entierro, algo tétrico pero
divertido a la vez. La novedad de la representación es que hacían
participar al público, y todos conformábamos bien el grupo de plañideras
las señoras, bien el grueso del cortejo fúnebre los caballeros… Así
pasamos la velada animosamente.
Lo peor para nosotros, el Marqués y yo, fue al día
siguiente, pues después de acostarnos asomando ya el sol, tuvimos que
dirigirnos de nuevo al palacio de Lagartera a posar para unos
retratos que debían salir pronto en dirección al palacio de la señorita
Siberiana Siberianova como regalo de su aniversario.
Tras un día agotador, el Marqués partió para sus tierras y
yo para las mías, con gran dolor de corazón de ambos, pero sería por
poco tiempo. Poco porque al fin de semana siguiente, aquí se presentó el
Marqués de nuevo (yo ya empezaba a sospechar que me cortejaba)
para hacerme una visita, pero yo tenía comprometido el descanso para
visitar a mi queridísima Fulgencia de la Lobera, en su nueva
residencia, un poco más al sur de su otro palacio en
Murciasietevecescoronada.
Así que el Marqués decidió acompañarme y en mi propia
carroza salimos a la mañana siguiente de su llegada camino del Sur. Al
llegar al nuevo palacio de Fulgy nos encontramos con que se
alojaba allí nuestra apreciada amiga Bernarda del Jinjol y Taronjer,
con su respectivo marido, cosa que me alegró muchísimo. Y así pasamos el
fin de semana animadamente, entre chascarrillos, ya sabes lo que le
gustan a Fulgencia, y banquetes (veáse: comidas copiosas).
A la vuelta decidí acercar a su Valencia natal al matrimonio
Jinjol, y así pasar a visitar brevemente a Maria Mercedes,
que se encontraba en su palacio habitual, cosa rara. Como el Marqués
debía tomar la montgolfiera a última hora de la tarde, me las vi y me
las deseé para llegar a la hora, decidiendo yo misma guiar el carruaje
hasta Magerit, poniéndolo a dos ruedas en algunas curvas del camino…
Menos mal que tu y yo sabemos que una dama de hoy en día tiene que estar
preparada para todo, por lo que pudiera pasar.
Y así han pasado los días desde entonces, con melancolía por
Orly du Canard, Marqués de Gandalf y con ansiedad por mi
próximo viaje a las islas, de nuevo.
Así que, querida Millenia, habrás adivinado que vuelvo a
estar casada, pero tranquila, el motivo por el que me adjudicaron los
títulos del marquesado sigue intacto, y seguirá.
Espero que hayas rebajado tu ingesta de cafés por el bien que le
harás a tus arterias y a tu tensión habitual….
Un beso isleño
Yorelia de Winter
Marquesa del Férreo Camino
Mandergay |