Desde entonces no duermo, y si mi cuerpo, agotado, cae en brazos de
Morfeo, los sueños se convierten en pesadillas terribles que hacen que
me despierte gritando y empapado en fríos sudores, por lo que intentan
declararme incapacitado para administrar mis bienes.
Si
llegara el caso, apelo a vuestras conciencias para que, calibrando los
riesgos que os pudieran sobrevenir, hagáis el correcto uso de estos
recuerdos, que ahora me cuesta poner en orden. Solo ordenarlos me cuesta
esfuerzo, pues los tengo presentes todos los minutos de mi existencia y
es la primera vez que los escribo por si llegara la locura. No me fío
ni de mí mismo, y ni siquiera distingo entre realidad y fantasía.
Para intentar mantener en lo posible el anonimato de
cuantos aparecen en estos recuerdos, transcribiré los nombres de
personas, animales y lugares con la grafía propia de la extraña lengua
que solo hablan los habitantes de “ese lugar”, y que conocemos solo
unos pocos extranjeros de aquellas tierras, pues nadie que haya llegado
ha vuelto jamás. Nosotros cuatro somos unos de esa decena de
afortunados..... ¿o debería decir infortunados? Ya no estoy seguro de
nada.
Estando en mi ciudad de residencia, Madhr-ïzh,
que significa “donde moran los ladrones”, pues es sabido de todos
que esta ciudad está gobernada por la dinastía Mang-Ahntess y que sus
habitantes, entre los que me encuentro, aceptan pagar unos onerosos
impuestos a cambio de disfrutar de cierta libertad de movimientos, planeé
un viaje. Necesitaba hacerme con unos registros de sonidos tribales
desconocidos hasta la fecha que producen las especiales gargantas de los
componentes de una tribu africana.
Como
quiera que fuera, supe de un comerciante africano que, además, disponía
del aparato, construido por él mismo, capaz de reproducir las
grabaciones de dichos sonidos. Este comerciante, llamado Ahnt-Theus, que
significa “el africano que no regatea”, disponía de ambas cosas, la
grabación de los sonidos y el aparato reproductor. Con este hallazgo
organicé el viaje a la ciudad sureña de Halm-er-Iáh (con la primera
hache aspirada), que significa “como tú, pero en madre”.
Rápidamente
envié misiva a mi querida amiga Madame Bic-Thorgu-Ahn, que significa
“viuda de Cantabria con el oído destrozado”, muy versada en leyes,
ya que, como buena fenicia, se había informado de los trámites
necesarios en aquella ciudad para adquirir dicho tesoro y poder sacarlo
por sus fronteras.
Ella
misma observó que deberíamos hacernos acompañar por alguien experto
en arte, pues al ser un aparato reproductor invención del comerciante
africano, nos era desconocido, y con este experto nos asegurábamos que
era original y no una copia de algún otro aparato que desconociésemos
pero que ya existiera.
Como
yo no conocía a nadie del ramo del arte, Bic-Thorgu-Ahn me recomendó a
una reciente amiga suya, Miss Lob-Ohzer-Oh, que significa “la que hace
punto, uy! tu hermano que maricooooon”, con conocimientos de arte, que
casualmente, vivía en un asentamiento cercano a Halm-er-Iáh.
Dejé
en manos de Bic-Thorgu-Ahn la cita con Lob-Ohzer-Oh y emprendí camino
hacia el asentamiento de ésta última, Mhur-Zihá, que significa
“donde nunca llueve”, significado que nadie supo explicarme, porque
no fue así. Desde la ciudad de Madhr-ïzh al asentamiento de Mhur-Zihá
fui en mi propio caballo, pues no quería perder tiempo buscando
carrozas de alquiler ni viajando en silla de postas, ya que hubiera
tardado el doble y habíamos concertado el encuentro en Mhur-Zihá para
dentro de dos jornadas y una luna.
Pensando
que tendría que volver con el aparato reproductor y los soportes de las
grabaciones, dispuse sólo de una alforja con elementos de rodaje y un
asidero para su transporte, así no cargaría demasiado a mi caballo y
viajaríamos mas deprisa, como así fue, pues la senda que une dichas
ciudades es muy transitada y por ello fácil de negociar, ya que el
adoquinado está muy liso. Llegado a Mhur-Zihá me encontré con Bic-Thorgu-Ahn
que, para ahorrar costes, había concertado alojamiento en casa de su
hermana oriental Lu Ish, que significa “la que atiende al inferior”
y de su marido Kahr-Loos, que significa “el que está en otro lado”,
y que hizo honor a su nombre.
Me
acosté plácidamente sin saber que aquella noche sería la última
apacible de mi vida. Hoy recurro a la farmacopea y a los destilados para
intentar reposar, pero ni aún así lo consigo. Hoy sé que mi alma no
descansará nunca, pues será perseguida por aquello. ¡¡¡Imploro a
Caronte para que venga a por mí!!! ¡¡¡Pido que se me envíe una rosa
gallega envenenada!!! ¡¡¡Pido a Vac-Orifís que acabe conmigo!!!.....
He
tenido un ataque.....
Las
tinieblas se ciernen sobre mí, pero no quiero dormir, pues aunque la
vigilia es tenebrosa, peor es el sueño, que llena mi alma de imágenes
terroríficas. Intentaré ser coherente, aunque no conozco coherencia
encontrándome en este trance.
Como nos habíamos acostado tarde y el viaje en
calesa de Madame Bic-Thorgu-Ahn había sido largo y tortuoso, y el mío
en caballo y a marchas forzadas, nuestros cuerpos estaban derrotados,
por lo que amanecimos cuando la estrella Gran Luminosa estaba ya alta.
Salimos tarde, despidiéndonos de Lu Ish, pero no de su marido, que como
su propio nombre indica, estaba pero no se encontraba.
Nos
reunimos en Mhur-zihá con Miss Lob-Ohzer-Oh para comer y
aprovisionarnos de víveres y, finalmente, contratar transporte hasta el
asentamiento de Hlam-er-Íah. Sólo encontramos un tratante que
dispusiera de carruaje libre, y lo alquilamos. Ahora faltaban los
caballos y el conductor. Nerviosas las señoritas, les dejamos que
fueran a elegir los corceles que tirarían de nosotros. Afortunadamente
Miss Lob-Ohzer-Oh disponía
en esos momentos de un marido libre y, al quedarme a solas con él,
sugerí que nos acompañara, pues dos señoras serían difíciles de
sujetar a un mismo tiempo en el caso de que por el camino encontrásemos
patrullas de cafres, sabiendo los uniformes que usan estos patrulleros
de caminos y que tanto furor están haciendo entre las señoras quienes
los portan. Aceptó. Y bien nos vino.
Las señoras,
en un ataque de llevar todo conjuntado, alquilaron seis corceles
preciosos totalmente negros, ya que el carruaje era negro mate,
seguramente recomprado por el dueño de la agencia a una funeraria. No
nos importó, pues el espacio destinado al ataúd había sido reformado
para acoger seis cómodas plazas, y el alquiler de carroza y caballos
era significativamente económico para el lujo que ofrecía. Cuando
preguntamos por algún cochero que guiara el carruaje nos encontramos
con continuas negativas por ser las horas que eran. No lo
entendimos..... entonces. Ante este contratiempo, el marido de Miss Lob-Ohzer-Oh
se ofreció a llevarlo, pues además de conocer bien a los animales del
campo y los caminos de su comarca, nos evitábamos llevar un extraño
entre nosotros. Durante el viaje, y en los tramos más tortuosos, y
viendo que los magníficos corceles que tan alegres y tranquilos habían
salido de Mhur-Zihá incomprensiblemente empezaban a relinchar de vez en
cuando, poniéndose cada vez más nerviosos, encabritándose incluso,
decidí subirme al pescante con Maan-Ohlo, que significa “hombre
callado”, y así fue, pues solo entablamos conversación a raíz de
que yo me di cuenta de que llevaba una mano vendada. Le pregunté si había
sido un mordisco de su señora, mujer fiera y de genio. Pero
sorprendentemente me dijo que no, que había sido mordido por un extraño
perro. Ante este hecho, le dije que si le volvía el dolor por llevar
las riendas, yo podría relevarle, pero recio como era, se negó.
Bajé
a la carroza con las señoras, que estaban absortas en un inacabable
sinfín de recetas que Madame Bic-Thorgu-Ahn le dictaba a Miss Lob-Ohzer-Oh,
por lo que me dediqué a distraerme mirando por los cristales del
carruaje. Advirtiendo que se iba escondiendo la estrella Gran Luminosa,
y que además se estaban formando nubes, conformamos entre los cuatro
que las tenues luces que se veían a lo lejos serían una pequeña aldea
donde deberíamos pasar la noche. Y así lo hicimos..... y así lo
hicimos...
Entramos en
la aldea ya oscuro. Era extremadamente pobre, con muy poca iluminación
pública y nadie en las calles a quien preguntar por un alojamiento
digno. Los caballos estaban muy descontrolados y nosotros poniéndonos más
nerviosos por hacernos con su control, pues trotaban muy deprisa y con
la bruma tan espesa que había temíamos chocar contra algo.
A
nuestro paso por las calles solo se oían los golpes de las
contraventanas de las casas al cerrar. Tan solo vimos a un apresurado
hombre entre la bruma, con el paso acelerado y el cuerpo encorvado que
al preguntarle a gritos dónde había una casa abierta, solo señaló
con el brazo en una dirección, huyendo como alma que lleva el diablo.
Solo Maan-Ohlo y yo, por estar sentados en el pescante, pues los
cristales de la carroza estaban empañados, pudimos ver el brazo de
aquel hombre, que tenía una piel excepcional. Nos miramos, y decidimos
que debía ser un extranjero de alguna raza desconocida para nosotros. Y
tan desconocida. Los caballos estaban en un estado casi incontrolable,
pero la pericia de Maan-Ohlo con los animales
consiguió que siguiéramos difícilmente el camino indicado. Por
fin llegamos a una verja donde al fondo se adivinaban algunas luces.
Llamamos
a la puerta con la aldaba, que sonó sorda y seca, pues la niebla cortó
toda expansión de sonido. Acudió una señora, oscura y malencarada que
espetó:
-
¿Qué quieren aquí? Váyanse!!
-
Por favor, señora, vamos de viaje y se nos ha echado la noche
encima. Viajamos con dos damas, ejem, ejem – aquí carraspeé por
culpa de la bruma, que se me metía hasta los pulmones- necesitamos dónde
pasar la noche.
Al
nombrar a las damas, la señora se acercó hasta la misma valla, y
viendo que las dos llevaban traje y pamela azul celeste, preguntó, con
un casi imperceptible tono de alegría, pero que mis oídos entrenados
para los más extraños sonidos captaron:
-
¿Ustedes son de los azules?
A lo
que yo, sin saber que nos estábamos condenando, pellizqué la nalga de
Madame Bic-Thorgu-Ahn para que asintiera. Así lo hizo, y tras cierta
dificultad con la cerradura, nos abrió la puerta la señora. Nos
condujo por un camino de grava a través de un pequeño pero frondoso
bosque de coníferas, tan espeso y tan altos los árboles que la casa
solo se intuía, pues era imposible verla.
En el
trayecto desde la puerta de la verja hasta la puerta de la casa Madame
Bic-Thorgu-Ahn me asestó un sombrillazo en los riñones –que no le
tuve en cuenta- por haberle pellizcado las nalgas. Con el ruido de las
varillas de titanio de la sombrilla, acudió a nuestros pies un simpático
perro-rata que se puso a juguetear y a enredarse en nuestras piernas
hasta llegar a la puerta. Una vez parados ante ella, y mientras esperábamos
que el ama de llaves abriera la cerradura, observé una piedra tallada
al lado del marco de la puerta, en la que habían labrado las palabras
“Castillo de Lorq”.
A partir de aquí todo se me torna más difícil,
pues se hacen aun más presentes las pesadillas que día y noche me
rondan. He de tomar otro trago de la ambrosía que me han recetado en
este enclave en el que me encuentro, y que dicen que hará olvidar. Si
así fuera, tengo que darme prisa por plasmar todos mis recuerdos en
papel, pues aunque fuera para mí descanso del alma olvidar todo esto,
no se como acabaré y es preferible que todo esté escrito para que las
generaciones venideras estén avisadas. ¡¡Oh deidades!! ¡¡Enviadme
un Bhan-Eho liberador de esta desdicha!! ¡¡Un Pahn-Tayazhoo azul sería
el menor de mis males, sabiendo que con eso se roza la muerte!!
He
tenido otro ataque, debo darme prisa.......
Nada
mas abrirnos la puerta, y pese a la penumbra que reinaba en toda la
estancia, pudimos ver una escalera al fondo que nos dejó boquiabiertos,
tales eran las riquezas de los materiales con que estaba hecha. Nos
condujo la señora a un pequeño saloncito de cinco puertas en el que
nos acomodó mientras nos servía algo caliente.
Durante
este rato pudimos apreciar y comentar la calidad de los elementos
decorativos, a pesar de no verlos bien, pues todo estaba iluminado con
escasas velas. Apareció la señora trayendo en una bandeja unas tazas
de finísima porcelana con café, bizcocho, pastas y unas chocolatinas
envasadas. El perro-rata entró y salió varias veces del saloncito,
enredándose cada vez en nuestras piernas. Tomamos café y algunos de
nosotros algo de bizcocho, nada mas, pues nos sentíamos apurados por la
mirada fija a la que nos sometía la señora.
Como
nos sentíamos incómodos le sugerimos que nos llevara a nuestras
habitaciones, pues queríamos salir temprano por la mañana.
Mientras
subíamos por las escaleras se desató una tormenta de viento y rayos,
pues no llovía. A mitad de la subida, el resplandor de un rayo iluminó
toda la casa, pudiendo apreciar la magnitud de la estancia y ver que el
techo de aquella zona era un entramado de ricas maderas haciendo moldura
a unos bellísimos cristales, sin duda traídos de tierras lejanas, pues
no había visto cosa así Miss Lob-Oher-Oh, como comentó.
Llegamos
por fin a los aposentos que nos adjudicaron. Eran estancias amplias,
adornadas con el mismo estilo que el salón en el que tomamos café.
La mía
hacía esquina en la casa, y tenía ventanas a dos fachadas.
Mientras
conciliaba el sueño, cosa que me costó trabajo por culpa de la
tormenta de rayos y viento, recordé una leyenda que de niño me
contaban.
En
mi ciudad, para asustar a los niños que no querían dormir, las abuelas
nos contaban que existía una sirena bellísima y maravillosa que con su
voz atraía a los hombres, e incluso a las mujeres, que no dormían, hacía
un castillo fastuoso y tétrico. La sirena era la hija del dueño del
castillo. Pero nadie que la hubiera visto, había vivido para contarlo.
No conseguía recordar su nombre. Todas las personas que llegaban al
castillo atraídos por los cantos de aquella sirena, no habían salido
jamás. Decían que con la piel de esta gente se hacían abrigos y capas
de una piel de excelente calidad, gracias a una combinación de
alimentos a los que los sometían antes del sacrificio. Pero un día la
sirena se enamoró y dejó escapar a una víctima (¿cómo se llamaba?).
No volvió a verle, desde entonces dejó de cantar y nunca mas se supo.
Acordándome
de este estúpido cuento me quedé dormido. No sé cuánto tiempo pasó,
pero un estruendo me despertó, seguido de un ruido sordo de carreras
por el jardín, hasta que al final, un lastimero grito ahogado;
perro-rata había muerto en las fauces de Bab-Osho, el monstruo que
guardaban los dueños del castillo. Fue el estruendo de un rayo, y a
este siguieron más. Tras el estampido y la muerte de perro-rata, todo
quedó en silencio.
Aturdido
aun, oía una melodía en mi cabeza, que pensé eran resquicios del sueño.
Como no dejaba de escucharlo, y viendo que ya estaba despejado, me
acerqué a la puerta para oír mejor, pues el ruido del viento se
mezclaba con la voz.
Abrí
sólo una rendija, con muchísimo cuidado de no hacer ruido. No se veía
nada, pues todas las velas de los pasillos habían sido apagadas.
Pero
de vez en cuando llegaban notas de una voz encantadora. No podía
despegarme de la puerta, y la intriga fue recompensada. Otro relámpago
iluminó la estancia a través del techo de cristales por unos instantes
y pude adivinar una silueta blanca en la escalera. Parecía una mujer,
pues iba envuelta en gasas y sedas, supongo, pues por la va porosidad de
sus movimientos no podían ser otros materiales.
De repente se abrió un claro entre las nubes,
dejando que la tenue luz de la luna llena iluminara fantasmagóricamente
toda la escalera. La figura femenina bajaba por ella con elegantísimos
movimientos, pero el alzado de sus brazos presagiaba
que sufría.
La seguí con la vista lo que la rendija permitía,
hasta que al final de la escalera la perdí. Quedé desconcertado, pues
la música que llegaba a mis oídos y la figura etérea me habían
fascinado. Desesperado, corrí hacia una de las ventanas, no la veía.
Corrí hacia la otra, la luz de la luna llena iluminaba todo. Por fin
pude ver su etérea figura corriendo por el jardín. Se dirigió hacia
una especie de gran jaula para aves exóticas, que no alojaba a
ninguna.
Dio unas cuantas vueltas por la estancia vacía, se agarró, lamentándose,
en la tela metálica, se rasgó las delicadas manos. -¿sangre azul?-.
Sus ropas se mancharon. Salió corriendo de la jaula y dando irregulares
vueltas por el jardín, la volví a perder. ¡No! Otra vez no, ahora si
que no podía perderla! Corrí hacia la otra ventana, pero las nubes
volvieron a cerrarse y la luna dejó de iluminar. ¿Dónde, dónde? Intuí
un estanque en la penumbra, y escudriñé con la vista por si conseguía
distinguir algo. De repente, un rayo, como si de la revelación de toda
verdad fuera, iluminó de un fogonazo el lago.
Por un segundo lo vi todo. La dama estaba arrodillada en la orilla, con
sus ropas empapadas en sudor, pegadas a su silueta, una figura
perfectamente femenina. Se apoyaba con un brazo y se sentaba sobre una
cadera, el otro brazo lo tenía alzado y la mano totalmente extendida
con sus dedos abiertos, como si quisiera alcanzar algo a lo que no
llegaba:
- Él!! Él!!
Giró la cabeza hacia donde estaba yo y.......
Santo dios!! Era ella!!
Lady Odyss de Lorq!! (que significa fina y elegante a la par que
sencilla y ordinaria). Era ella, la famosa sirena, la princesa barbuda
de la que hablaba la leyenda, ahora lo recordaba todo. La leyenda se
hizo presente de golpe en mi mente, todo era real, y recordé que la
piel de los que cazaban la alimentaban con una combinación de
bizcochos, pastas, café y las chocolatinas envasadas!! Menos mal que
ninguno de nosotros comió chocolatinas.
Espantado por el sock, me alejé de la ventana de un salto, no sé ni cómo
me vi vestido, o medio vestido, no recuerdo, corriendo por las
escaleras. En mi enloquecida carrera vi que los demás también habían
visto algo, pues oí los golpes de las puertas de sus habitaciones,
aunque ya no me importaba nadie, solo salvarme a mí mismo. Estaba
enloquecido.
Conseguí llegar donde estaban los caballos, pero precisamente el que
elegí tenía el nudo de las riendas muy enredado y tardé en
deshacerlo. Mientras, vi cómo Mhan-Ohlo que me había adelantado por
las escaleras sin darme ni cuenta, salía corriendo en uno de los
corceles, el mas joven y fuerte, pues ya se sabe que Mhan-Ohlo conocía
bien a los animales, abandonando a su suerte a su esposa. Miss Lob-Ohzer-Oh
saltaba desde la galería del segundo piso, aun en camisón, sobre uno
de los caballos, afortunadamente el de mas envergadura, dado su peso, y
eso fue lo que la salvó, supongo. Madame Bic-Thorgu-Ahn salía en
enaguas y con el armazón
del can-can puesto, pero sin la falda; apareció por el vestíbulo de la
casa, corriendo como una posesa y la cara desencajada. Con las manos se
arremangaba el armazón, pero su velocidad era inusual. De un salto,
sorprendente para su edad, desde el porche de la casa y apoyándose en
la barandilla con una sola mano, alcanzó otro corcel desde la grupa, y
agarrada a su cuello como alma que lleva el diablo, la perdí en la
oscuridad. Yo, en un ataque de curiosidad, mientras me subía al
caballo, aun giré la cabeza en dirección hacia donde estaba Lady Odyss
de Lorq, todavía clamando por su amante perdido:
-Él!! Él!!
Su perfil barbudo, su silueta femenina perfecta, su brazo alzado a la
nada....¡¡qué escena!! Jamás la olvidaré.
Vi que su padre, el Conde de Lorq, se había dado cuenta de que habíamos
presenciado algo que no deberíamos saber, y venía hacia allí
enfurecido, empuñando el sable que usaban en las procesiones de Los
Blancos y Los Azules, naturalmente, el sable era azul y acompañado de
Bab-Osho. Menos mal que mi caballo intuyó su propio peligro y sin
ordenarle nada salió corriendo saltando la valla. En mi estado, no era
capaz ni de guiar al caballo, pero él solo, por su propio interés, se
alejó de allí conmigo encima.
Ahora
me encuentro en este sitio, pensando que estoy a salvo de todo, pero ni
aun así las tengo todas conmigo. No sé que habrá sido de mis compañeros
de viaje, pero confío en que esta misiva llegue a vuestras manos.
Huido
por recomendación de mi amigo galeno Mhatá-Hsa-Nox, que significa lo
que su propio nombre indica, me encuentro refugiado en L’Ogroh-Gno,
que significa “lugar de la ambrosía”, aldea donde destilan un
brebaje llamado Rhi-Ojáh que, dicen, hace olvidar las penas, pero
habiendo ingerido grandes cantidades, aun estoy por ver el resultado
Luna del segundo mes de estos tiempos inciertos.
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