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No
quería yo que la hospitalidad que sobre todo la Duquesa de Montespán
había brindado a mi madre en la Corte Condal se viera desmerecida por
la que yo, en nombre de mi Difunta Madre, le brindara a ella.
Todo
le plació en grado sumo y todo le pareció bien, incluso nos divertimos
con una conversación intrascendente, banal, vacua y superflua de la que
sabéis que la Duquesa de Montespán es experta. Su educación,
ciertamente, no es de este siglo y ella misma bordea casi el linde del
anterior a este con el que le antecede, pero tan encantador anacronismo
es que sus salones son considerados por aquellos que aún le placen de
melindres y diretes del estilo del siglo pasado. Ciertamente su peluca
empolvada era un desfase, pero le tiene un cariño desmesurado, tanto
que, mi buen Monsieur, creo que debiera tenerle menor consideración y
limpiarla mas. La peluca se movía como si tuviera vida propia. Eso lo
vio, y lo anotó en los Cronicones, mi buen secretario Odiseo.
Se por los archivos de mi madre que era ella la que aspiraba a
sucederla en el Principado de Éden y que alegaría una corta edad de mi
persona. Mis leales súbditos prefirieron de siempre la sangre de María
Mercedes I a cualquier otra dinastía, y así lo dejaron bien claro a
los heraldos de la desaparecida soberana, Qerelia I Reginna Cannalis y a
aquellos que pretendieron reintegrar, mas tarde, el Principado de Éden
en la Regencia de Jacinta Eugenia. Todo intento fue fútil. Y creo que
en correspondencia a la lealtad de mis súbditos no pude sino renunciar,
a pesar de vuestros consejos y de otros que recibí, del título que
ostentó mi Serenísima Madre, el de Conde de los Vergeles. Aún a pesar
de los intentos espúreos de arrebatarme el trono que legítimamente me
pertenece, consideré que era mas sabio y mas humano el darle el
tratamiento que merecía, mas por la hospitalidad que le dio a mi Madre
en vida, que por su cuna y su nobleza, que según tengo entendido no es
de muy allá y dado por las gracietas que dice, por los pucherillos que
cocina y los tejemanejes de ese personaje siniestro que es su
secretario, Víctor, que pretende hacerla descender casi de Adán en línea
de primogenitura, sin que nadie lo crea. Ella, como es de natural
intrascendente, le ríe la gracia, pero aquí tal personajillo no hizo
gracia ninguna, aunque se le soportó de buen grado hasta que pretendió
poner sus manguitos de escribano sobre los archivos del Principado. No
traspasó la puerta del archivo, como bien podéis suponer. La guardia
de Húsares, cuyo capitán es el mismo Sven del que vos sois Señor,
guarda con celo casi fanático la memoria de la Serenísima Princesa,
aparte de que yo les había avisado de ese perro de lanas gris que se
dedica a escribir cuchufletas sin que nadie le ponga coto.
La visita transcurrió sin muchas mas incidencias. Incluso visitamos a
las señoritas de Bang, emparentada de lejos con el Señor de Olufsen,
esposo de la Archiduquesa, y de Blue Clear, encantadora inglesita, ya de
nuevo en el reino regente de la Archiduquesa. Estuvimos viendo equipos
de alta fidelidad, y ya sabéis lo cara que esta la fidelidad en este
mundo, alta o baja, A todo esto, la Duquesa de Montespan, que se cree
lista como una Mata-Hari pero ya os digo que es simple como una Gracita
Morales, estuvo preguntándole a mis súbditos sobre quien era mi padre.
Todo el mundo sabe en el Reino que mi Madre era poco dada a esas
zarandajas de matrimonios, que cuando se enamoró una vez, fue
intensamente y ese amor tuvo un fin desgraciado. Ella, que ya desde
pequeño me vio con cara taciturna, siempre pensó que yo era el
verdadero fruto de ese amor, un fruto triste de un amor que debió ser y
no fue. Ya veis, señor, que paradojas. La Duquesa, a pesar de la
hospitalidad brindada, va diciendo que mi Madre me tuvo con un
porquerizo. En fin, señor, cosas veredes que habrán de sorprender al
mundo. Mi natural tranquilo me hace reflexionar que de las neuronas
simples de la Duquesa, que juegan al cinquillo con esa peluca semoviente
que lleva encima de la cabeza, no dan para tan elaborada historia. Debí
decirle a vuestro querido Sven que vigilara mas de cerca las correrías
por Summa Felicitas del secretario de la Duquesa.
Doña Yorelia de Manzanares me preguntó que sería ahora del título de
Condesa de los Vergeles, título que se queda sin las posesiones, por
supuesto. Le contesté que, según las normas de la Corte de la
Archiduquesa debiera pasar al familiar mas cercano, después de mi
expresa renuncia, de la difunta Princesa Serenísima, última Condesa de
los Vergeles. Hay dos candidatas al puesto, pero una se que por su
modestia no accederá a llevar ese título. La otra es una muchacha de
vida alegre que se les da de moderna y es conocida entre los estibadores
del puerto de Alicante como "La Niña Bonita". EuGeen de
Montijo, famosa en los carnavales de la ciudad levantina por llevar
enormes mantos de armiño falso que se va pisando constantemente y por
no mantener la palabra dada. En fin, que sea quien sea, a ese título no
le tengo yo ningún apego, y me importa un ardite. La rama menor de los
Montijo nunca fue del agrado de mi madre, ni de la mía tampoco así que
veréis que la niña EuGeen es la mas ideal para ocupar el título de II
Condesa de los Vergeles.
Ya sabéis, por otra parte, lo novelera que es esta señora. En ella,
sin duda, se esconde una Shelley en toda regla.
Recibid un saludo de vuestro seguro amigo, Monsieur.
Sven simplemente os manda besos
Su Alteza Serenísima, Odysseus I, Príncipe de Éden
Palacio de Summa Felicitas
Ithaca, Principado de Éden
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