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Me
conocéis de sobras, amiga mía, y se que habéis elegido al mensajero
con toda la intención de aliviar estos tristes días en los que
periclita mi libertina vida. Así pues no os extrañará en absoluto que
lo retenga a mi lado abusando de vuestra reconocida generosidad. Buscaos
una doncella, señora, diestra en finas labores de hilo, limpia y
hacendosa, a la par que discreta y dispuesta. Una tal criada , con
semejantes dotes, conviene más a una dama que como vos hace tanto
tiempo que ha huido de la ostentación
y el fasto que otrora cultivasteis con tan espléndidos
resultados. También he de agradeceros el hecho de que me hayáis
enviado esa triaca maravillosa, esos polvillos de los Andes, ese rapé
celestial, esa ambrosía de las Indias que , aspirada por la nariz, han
conformado mi espíritu y mis cansados miembros, en una nueva dimensión
de goce y fuerza de la que no disfrutaba desde que este morboso estado
de melancolía aguda tomó posesión de mi agotado cuerpo. Gracias otra
vez.
Y bien, ¿Qué puedo deciros? Intuyo más que leo que ese zumbar
de moscas que os preocupa es solo zumbar de moscas: ¿Quién es ese
Princhipón? ¿Qué es ese fantástico Principado de Edén?¿A qué
viene tanto barullo? Debo reconocer que el reinado de nuestra atribulada
Querelia ha propiciado ciertos desórdenes en la cibercorte y en el
reino todo. Pero os aseguro que mi condición de noble de rancio
abolengo, mi edad, y mis principios me obligan a un vínculo de
fidelidad a nuestra Señora natural Querellia I, que si bien, siendo
“primum Inter. pares”, es decir igual a nosotros y entre
nosotros primera, no tuvo la suficiente habilidad, para solucionar los
desvaríos y la megalomanía de la finada María de las Mercedes de
Montpensier, de nuestra recordada Mari Merche La Michirona. Y de ahí,
no lo dudéis, de ahí ha partido todo. Recuerdo varias conversaciones
que sostuvimos la reina y yo, en mi palacete de la ciudad condal, antes
de retirarme definitivamente al Pabellón de caza de Monte Carmelo. En
dichas conversaciones se barajó la posibilidad
de internar en una institución para desequilibrados mentales a
la extinta condesa. Y la reina, llevada sin duda de su bondad de corazón,
y aun admitiendo que la demencia de la Michirona rozaba ya entonces
peligrosos límites, se limitó a quitarle hierro al asunto. Se equivocó.
Porque, como ya hemos comprobado, los trastornos del alma de la difunta,
unidos a sus trastornos sexuales (su incontinencia sexual, bien lo sabéis,
dejaba en mantillas a una orangutana en celo) la llevaron a disponer una
especie de testamento extraño y a todas luces ilegal que dejaba sus
vastísimas posesiones y sus cuantiosos haberes en manos de no se sabe
exactamente quien.
Después del suicidio de la Michirona, rodeada de tarros de
confitura de rosas, muerte terrible donde las haya, apareció el tal
Princhipón.
Y a partir de aquí ya no puedo informaros de gran cosa más. No
conozco a ese personajillo. Por su estrafalaria e inconexa sintaxis, por
la manera de usar los vocablos de nuestra hermosa lengua, de los que
parece desconocer el sentido, por su execrable ortografía que revela a
todas luces una educación deficiente , así como por los rasgos de su
cara, belfo caído, robusta dentadura, formas corporales sin firmeza, a
pesar de su juventud, no dudo de que efectivamente es hijo de la
condesa. Pero, amiga mía, ¿Quien de nosotros puede asegurar que no
tiene hijos perdidos por esos mundos de Dios? Y dado que los cuartos
traseros de La Michirona han servido de refugio a legión de hambrientos
varones, poca ayuda podemos tener para descubrir el verdadero
progenitor. He llegado incluso a pensar que el tal Princhipón, aprovechándose
de la demencia de su madre, dispusiese su muerte para apoderarse de esa
herencia que, sin lugar a dudas, es una de las más cuantiosas del
reino.
Por otra parte, todos esos archivos secretos de ese ilusorio
principado, todos esos documentos que ahora están “saliendo” a la
luz ¿No os suena como una operación de maquillaje sobre la legalidad
de la herencia? La Michirona tenía una enorme fortuna que nunca gastó,
ya sabéis lo avariciosa y tacaña que era.
Creo recordar también, que, el verano pasado, me tropecé en
Barcelona con un cierto sodomita travestido, que apareció por los
salones de la ciudad condal, sin mas haberes que un estrecho miriñaque,
“pareo” le llamaba, y que invocaba el nombre de la Michirona como
algo suyo. ¿era el famoso Princhipon? ¿Era la misma Michirona?
Teniendo en cuenta que no llevaba ni un maravedí en su bolsa podía ser
cualquiera de los dos.
Amiga mía, estoy confuso. Os conmino a que no os preocupéis lo
más mínimo. No puedo por menos que culparos por haber caído en ese vértigo
de dimes y diretes. Dejad que las cosas sigan su curso natural.
Mientras, sabed que podéis contar con mi exigua ayuda para cualquier
asunto concerniente a este enojoso sanedrín de corrala.
A vuestros pies, Señora.
Joam de Monte Carmelo,
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