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Estimado
y siempre añorado amigo,
Recibo
vuestra misiva por mano de la criada algo andrajosa que decía venir de
vuestra parte y que me hace pensar sobre el estado y corrección de
vuestra servidumbre. Por tanto no tengo inconveniente en que Ganímedes
se dé a vuestro servicio en lo sucesivo, pues sabed tiene un hermano
gemelo, Antino, que
permanece conmigo y ostenta las mismas virtudes que el otro. Con lo
cual ambos salimos ganando,
vos un sirviente honesto y de buena presencia y yo el evitar pagar dos
veces por la misma cosa.
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Os
agradezco vuestras palabras sobre el enojoso asunto del botarate
indefinible, pero podéis estar tranquilo, dado que un necio más en el
mundo no molesta. No obstante el que sí está con cierta desazón es mi
secretario victor1, que me viene mareando con no se qué historia de equívocos
y de simulaciones.
Con
lo cual, mi Señor Duque, os rogaría que recibieseis a Victor1, quien
os entregará la presente, pues así me lo ha pedido, -y deseo que
Antino continúe a mi servicio por unos años, con lo cual le excuso del
deber de llevar esta misiva- le atendáis en sus peticiones y le dejéis,
si lo consideráis oportuno, consultar los archivos de la Escribanía de
Montecarmelo.
Sabéis que mi secretario es en exceso locuaz y adolece de cierta
tendencia enfermiza a la averiguación de la verdad. No obstante he de
darle razón en el hecho de que cuando tuvo lugar la visita al palacio
de la difunta Mercedes para presentar mis saludos a aquel energúmeno
–la formación que me fue brindada me obliga a ser educada
incluso con aquellos que no merecen sino una patada
en los íjares de acémila que gastan- me extrañó el empeño
que pusieron en impedir todo acceso de victor1 a los archivos de esa
Casa, pese a haberlo pedido con anterioridad a nuestra llegada. Llegó
la cosa al extremo de que un bruto bizco al que llamaban Sven y que debe
ser de descendencia normanda, de ahí sus rudezas, con grandes voces y a
empellones introdujo a Victor1 de nuevo en la sala donde nos estaban
recibiendo. Si bien durante toda la visita había evitado el mirar a la
cara a nuestro anfitrión, por una extraña y desagradable sensación
que me producía cuando dirigía la mirada a su barbudo rostro, en ese
momento clavé los ojos en él en demanda de explicaciones por tan
insultante trato: Lo que vi me desconcertó tanto, Joam, que
inexplicablemente cerré mi abanico, sentí la necesidad de no exigir
satisfacción por el desagradable hecho y con la mejor de mis sonrisas
decir a las Damas de mi séquito que la noche se acercaba y que debíamos
iniciar nuestra partida.
Puesto que tengo intención de visitaros en vuestra morada en
breve, dejo para ese momento el comentario de lo que acabo de
explicaros, pues sería largo y prolijo el escribir esa sensación que
me forzó, contra mi natural impulso, a no hacerle tragar mi abanico a
quien tan descortésmente me había tratado en la persona de mi
secretario.
Mi querido Duque, reitero mi petición a favor de victor1 y deseo
que tengáis a bien atenderle en
lo que el os demandará.
Vuestra
siempre,
María
Manuela de Montespán, Duquesa.
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