Me
pregunto ¿Acaso no podríais prescindir también de los servicios de
ese hermano gemelo de Ganímedes, este tal Antinoo? Sólo con poseer la
mitad de las prendas que adornan
mi bello agareno, y con un ápice de su dedicación a mi persona,
tengo la seguridad de que mi enfermedad curaría
prontamente.
Sed
generosa una vez más, amiga mí, y enviadme al jovencito ataviado con
ese turbante en oro y azul que lucía su hermano cuando llegó, y ese
par de bellezas, regalo de los dioses, se ocuparán de mi pronto
restablecimiento.
Y sí, tenéis razón en lo que se refiere
la criada andrajosa que os entregó mi carta. Pero debéis saber
que se trata, la pobre muchacha, de una bastarda repudiada de la casa de
los Montpensier, una hermana, en fin, de la Michirona, que entró a mi
servicio cuando Maria de las Mercedes estuvo visitando el Pabellón de
Monte Carmelo. Apiadado de su rostro famélico y triste (la Michirona la
sometía a todas las vejaciones posibles, y le daba de comer nada más
que pimientos y repitajos de la despensa) insistí para que la dejase en
mis manos. Actualmente como habéis podido ver, la bastarda ha engordado
y ha tomado el aspecto redondeado que caracteriza a la familia, pero
sigue teniendo el mismo gusto infame en cuanto a sus vestidos y su
higiene personal, amén de acosar a mi Ganímedes en cuantas ocasiones
puede. ¿Seríais tan gentil de hacerle un rincón en vuestra cocina?
Vamos pues al asunto que nos ocupa: Señora, las sospechas de
Victor1 están, más que justificadas. Yo mismo empecé a hacer cábalas
sobre ciertos hechos incontestables. Recordad que incluso apunté que la
Michirona hubiese podido ser asesinada. Y es que, amiga mía, el velo de
la traición se cierne sobre la misteriosa desaparición de María de
las Mercedes. En primer lugar no sabemos de ningún notable de corte que
fuese invitado a sus exequias.
Ni siquiera el querido caballero de Mercoûche fue invitado
pesar de la profunda amistad que le unía a la finada. Tampoco
sabemos de ningún médico de prestigio que certificase el óbito y se
desconoce el lugar preciso de su tumba. Nadie, absolutamente nadie, de
probada equidad vio su cuerpo sin vida. Si a ello unimos que la demencia
de la Michirona, su delirio que en los últimos tiempos había llegado a
rayar en la locura furiosa, la había impulsado a cometer los
desaguisados que toda la corte conoce, ¿qué nos impide pensar que no
fuese ella misma quien preparase una muerte ficticia a fin de hacerse
con otra personalidad?
No, duquesa, no estoy delirando. Yo se cual fue la desazón que
os asaltó al mirar al rostro del Princhipón. Señora, sin duda alguna,
lo que vos teníais delante era a la misma, a la mismísima Michirona,
travestida de Princhipón. Hay indicios, los hay: Insisto en que repaséis
la redacción “peculiar” de cualquier escrito salido de la Cancillería
de ese Princhipón; la misma incoherencia, la misma prosa alambicada e
incomprensible, la misma deficiente ortografía , diríase salido de las
manos de la Michirona, idénticas, en fin, megalomanía y aires de
grandeza. Por no hablar, claro está, de la conformación física de
ambos personajes.
Mucho debían de repugnar a
la Michirona sus orígenes y sus títulos cuando con tal
desprecio los cedió a una de las personas que más odiaba, y, Señora,
eso sí que es incalificable, y sólo me lo explico por el estado de
extravío en que estaba su pobre espíritu. No lo dudéis , Señora, María
de las Mercedes de Montpensier, condesa de los Vergeles y Señora de
Atapuerca (no se por qué razón siempre evitaba usar ese título),
nuestra Mari Merche La Michirona está viva y bien viva!!!! Disfrazada
de Princhipón.
En un principio había pensado en enviar a Ganímedes a los baños
turcos de Murcia a hacer indagaciones. La Michirona era ampliamente
conocida entre los garridos mozos de la huerta que frecuentan esos
lugares. Pero, dado que no me siento capaz de prescindir de él, sugiero
que enviéis vos a la bastarda de los Montpensier, a esa criadilla,
“la Charito’’ la llaman, que, siendo de natural metomentodo
y correveidile, nos traerá cumplida información de todo lo que
acaezca. Por mi parte, yo le daré a vuestro Victor1 todas las
facilidades para que investigue en mis archivos todo lo que desee,
aunque no creo que pueda encontrar gran cosa, ya que los hechos a los
que nos referimos tuvieron lugar cuando la Michirona y yo habíamos
dejado de tratarnos.
Como siempre, Señora, a vuestros pies.
Joam de Monte Carmelo,
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