Me
alegró mucho recibir noticias de mi zascandil preferido (dejo eso de príncipe
para el resto de vuestros súbditos, no porque os quiera menos que
ellos, sino porque, de verdad, no me sale ese trato con quien crié como
mi hijo). Me hacía falta, en los tiempos duros que manda el Señor, un
aliento de cariño como el vuestro.
Al día estoy de vuestras cuitas, cómo iba yo a dejar de
preocuparme por esa luz de mis ojos, y por la sonrisa que a todos
cautiva, siendo como sois, si no sangre de mi sangre, si fruto de mis
cuidados y desvelos.
De esas cuitas, me entero por nuestra amiga común, su Alteza
Serenísima la
Princesa de la Rosa, y Duquesa de la Estrella, que tan amable como
siempre, me cuenta día a día las discusiones que en la corte
acontecen, y la verdad es que son momentos que disfrutamos las dos con
risas y sollozos a iguales partes, pues no deja de ser gracioso ver y oír
cómo os discuten títulos, nobleza y cuna quienes de la plebe salieron
solo por la fortuna de los tiempos (y alguna que otra mala arte). De
igual manera entristece que para sus discusiones usen y retuerzan la
verdad hasta hacerla irreconocible, cosa que les perdonamos por su
naturaleza baja, incultivada y no pocas veces soez, que no disimulan
armiños, miriñaques, abanicos ni pamelas.
Me place vuestra postura en estos trances, ya que lejos de poneros a su
escasa altura, mantenéis firme ademán y constante prudencia, por mucho
que, a veces, supongo os saquen de vuestro ser y quisierais
exterminarlos como plaga dañina que solo come, mata y ensucia sin más
beneficio que el de el mal y la discordia.
Estos momentos me causan especial desasosiego al veros enfrentado, entre
otros y otras, al Duquesito de Montcarmelo, quien mas devoción debía
guardaros, por ser de lejos quien más próximo a vuestra familia
estuvo.
Luego os comentaré lo que nos pesa de otras Damas y Caballeros de la
corte, pero en primer lugar, por lo especial del caso, paso a contaros
cosas y casos del Sr. De Montcarmelo.
Como bien sabéis, mas de una vez anduvieron revueltos los
sentimientos del Duquesito en nuestras tierras, por intereses no solo
civiles, pues aún cuando poco constancia haya de ello en los libros de
campaña, lo cierto es que sirvió al Rey en ellas. Ya entonces tomó
conocimiento de varios ilustres nobles de quienes, sin duda, guardó
aprendizaje, algo de ciencia y pocos de dineros, y donde alguna huella
dejó su impronta y su valor (para qué negar lo evidente).
Sin embargo, es en ocasión de las visitas de vuestra madre, que
Dios tenga en su gloria, a la corte catalana, cuando vuestra familia
quedó unida con la del Duquesito de manera muy importante aunque
informal, ya que no hay papeles de los hechos por expresa voluntad de
ambas partes, lo cual no ha sido obstáculo para su general
conocimiento, ya que se han divulgado sin decoro detalles, lugares y
fechas de los acontecimientos.
Aquellas visitas, tuvieron consecuencias en varios planos de las,
ya entonces azarosas, vidas del Duqesito y de la Sra. Marquesa, pero a
todos convino disimular, incluso negar, y siempre desvirtuar la realidad
de lo acontecido, por lo que a oídos de todos llegó y sigue llegando
una versión paupérrima de los hechos, que apenas sugieren la
importancia y trascendencia de lo acontecido. Pero no insisto en esto
que sé que conocéis y no siempre os gusta recordar.
No obstante, estos orígenes, esos hechos, y esas verdades son lo
que convierten la actitud del Duquesito en poco menos que imperdonable,
digo poco menos, por dejaros el privilegio del perdón o del olvido.
Sabemos que el resto de la corte solo conoce la versión vulgar y
empobrecida, por ello resulta más perdonable su insolencia, que piensan
justificada. Aún así, no
deja de sorprendernos a la princesa y a mí, que damas y caballeros de
nombres sin par, lancen aquellos exabruptos blandiendo abanicos,
sonrisas impúdicas y hasta títulos, como si la infalibilidad Papal les
asistiera.
Pobres tiempos estos en que la nobleza es corta de miras, y una
modesta aya deba censurar ‘nobles’ acciones.
No os escribo más ahora ya que el modesto y cálido hogar que me
cobija requiere también de mis atenciones, so pena de convertirse en
gruta de osos o jaula de leones.
Recibid un millón de besos de esta vuestra segunda madre, que
como la primera os quiere.
Duquesa
del Salar Aya (¡esos títulos!)
P.S. No seáis zascandil, pero disfrutad de los tiempos actuales
que no serán repetidos ni para bien ni para mal.
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