Sabed que
desde que partí de la vuestra morada, hogar de mi infancia y juventud,
para tomar las riendas del destino que mi madre me había encomendado,
he lamentado varias veces el no haberos escrito ni haberme puesto en
contacto con vos. Y aunque mi reino está seguro de ataques y mis súbditos
son felices, sabed que, según me enseñasteis, hago lo mejor para
mejorar su situación en todo lo posible, tal y como me educasteis en
ello. Ello me ha mantenido lo suficientemente ocupado como para no tener
la debida correspondencia con vos.
Sabed, señora, que la idea que mantenéis sobre aquellos que en
teoría se consideran vuestros iguales está alejada de la benevolencia
que os caracteriza en el modo de enjuiciar que soléis tener con el prójimo.
Aunque ya se que estoy cercano a la vena de vuestro corazón y que
cualquier ataque a mi persona os duele mas que si os atacarán a vos. No
quisiera que os alterarais por eso. Que nada perturbe la paz bien ganada
tras los arduos años de mi educación.
Lo cierto es que me mantuvisteis a todos lejos del amargo trance
de la muerte de madre. Enferma ya de melancolía, los asuntos de Estado
la alejaban de la tristeza que acabaría con su muerte, como luego supe
por Monsieur de Mercoûche, Señor de Sven. El se ha convertido en mi
confidente en los primeros meses de mi reinado, y es un seguro apoyo. A
él le debéis, en cierta manera, esta serenidad de carácter que tanto
os agrada y que vos, con vuestro ejemplo me habéis enseñado.
Aunque llegué en los últimos días de su agonía, envuelta según
lenguas falaces en mermelada de rosas pero en realidad en una soledad
desoladora sin confitura que la endulzara, Vos, y el Señor de Sven
fuisteis los que en realidad la asististeis en los meses de su tristeza.
Y a eso no puedo sino mas que estaros agradecido. Mi madre se empeñó
en que terminara mi año en Sandhurst, como sabéis, y estuvo ocultándome
su dolencia hasta que fue demasiado tarde. Vos sabéis de aquellos
tristes días y sabéis también que lloré de tanto que la quería.
Ahora, sin embargo, no puedo embarcarme en esas lágrimas. Otros asuntos
me llaman.
El origen de esa tristeza que mataría a mi madre todos lo
sabemos, puesto que esa supuesta locura fue notoria en la Corte. En fin,
como dijo Lazarus “Se vive y se aprende. O no se vive mucho”.
La extensa vida de mi madre estuvo llena de desengaños. Entre ellos los
de mi concepción. No que yo fuera un hijo no deseado, mas bien digamos
que accidental. Mi madre no tomo su concepción como un contratiempo,
sino mas bien como una ventura del Señor, a pesar de no ser concebido
dentro de la sagrada unión del matrimonio.
Supongo que el hombre, mi padre, digo
-no tan desconocido para mi como mi buen Señor de Sven se
permite suponer cuando insiste en no quererme hablar de él- no sabe de
mi existencia. Creo que no
debiera de saberla. Puesto que es tan autosuficiente y tan arrogante en
su certeza mejor que no sepa que un caucho defectuoso pudo determinar el
resto de su existencia si mi madre no se hubiera dado cuenta a tiempo de
que no podría ser un buen padre a pesar de ser una persona estimada
tanto por mi madre como por la Corte. Incluso alguna vez pretendió
mi buen señor de Sven ser mi padre. Pruebas que mandé hacer de ADN me
confirmaron que no era él. De todas maneras, en cuestión de
paternidades prefiero considerarme hijo de aquel que ocupó los últimos
años de mi madre, a pesar de que su ausencia la matara. Él se comporto
de manera mas noble que mi auténtico padre.
En fin, que ese tema no me vuelve loco. Soy porque soy y soy como
soy gracias a que mi madre me dio ser, y a vos, mi querida aya, que
mejorasteis lo que me dio mi madre y ese padre que vos y yo
sabemos. De mi madre tomé la alegría de vivir, a pesar de su
muerte tras esa tristeza; de mi padre el savoir faire que algunos
han confundido con arribismo; de vos he aprendido la rectitud de ideas
que me hace sublevarme de manera tranquila ante quien quiera tomar
provecho de mi persona. Y digo que ese tema no me vuelve loco porque hay
quien cree tener hasta un convento en su alacena. Vos sabéis a lo que
me refiero, y si tuvierais noticias de esa divertida locura os ruego me
la hagáis saber.
Noticias me llegan de las fronteras del reino vecino que cierto
obispo ha sido apartado de su cargo, sin gran sorpresa por parte de sus
feligreses, por pederastia. Como sabéis ese conocimiento no es nuevo,
mi madre me bautizó en una modesta ermita de sus posesiones antes de
ponerme en manos, aunque fuera en público y con traje de cristianar, de
semejante monstruo.
De su hermana luego supe que no terminó en las Damas Negras por
su imposibilidad de ser discreta y ahora se dedica a presumir de cuadras
y de amistades. Ya sabéis que la orden de las Damas Negras exige
exquisita discreción en lo que a sus ritos y la pertenencia a la orden
se refiere. Me ha mostrado el original de su opúsculo, como prueba, y
ha costado horrores leerlo. Si lo vierais, mi aya, enseguida sentaríais
a esta señora tan principal de la Cybercorte en el pupitre a que
hiciera cientos de veces aquellos ejercicios de caligrafía que tanto
nos agradaban a los dos y que tanto han parecido aburrir a esta señora,
vistos los resultados.
En fin, mi buen amigo de infancia, Dom Lorenz de Cheec, Baron de
la Caña y de la Pluma, me contó, muy divertido, todas estas nuevas
mientras paseábamos por lo que será la planta de su palacete, aquí,
en Ithaca. El Señor de Sven ha insistido en donarle unos terrenos de
sus amplias posesiones en la capital del Principado para que el, con sus
caudales, pueda construirse uno cerca de la Casa de Mercoûche y de
Palacio.
Aya querida, cuidaos bien, pasead y disfrutad de vuestro buen
merecido descanso, que se que mi educación no fue un camino de rosas en
todo momento. Que en este mundo, como bien me enseñasteis, estamos para
poner cara buena a las contrariedades y levantar la ceja con las
(supuestas) benevolencias que nos trae la vida.
Vuestro pupilo que os quiere
Odysseus de Montpensier y Curtidores
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