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Mi leal señor:
Sabed que, en cierta manera, envidio vuestra posición, aunque sea sólo
por un momento. El recibir, en primicia, las veleidades de los
periclitados nobles de la Cybercorte debe proporcionar momentos de solaz
a vuestro socarrón carácter. Pues solo de veleidades se pueden
calificar los dislates que los queridos, para mi madre, Mount
Karmel y la Montespán. Sic transit gloria mundi. En fin.
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Mis informes de tal corte,
puesto que -aparte los amables comentarios que intercambio con vos-
también me informo, me hablan de que, ciertamente, ninguno de los dos
esta contento con la regencia de la Archiduquesa. Los salones de la
duquesa, aún con las veleidades, son un constante trasiego de
conspiradores de salón, de pelucas empolvadas, de cocinillas, de dimes
y diretes.
Lo dicho, de chismes sin fundamento de damas bobas que no tienen
otra cosa en las que ocupar el tiempo que fruslerías, y lo único que
hacen es gastar saliva y dejar el cerebro seco. Si al menos se
dedicaran, como hace la del Férreo Camino, a recoger el folklore
popular y a ponerlo ordenado -tal y como hizo con ese viejo cuento del
Principado de Éden que habéis publicado, el misterio de Lorqville, que
es una antigua leyenda de familia que yo mismo le conté.- al menos
contribuirían al saber y al enriquecimiento del espíritu.
De la Montespán sólo se puede esperar que su peluca aprenda
dialéctica, al menos sería el asombro de ferias varias, un
aditamento capilar aparte de semoviente, parlante por un milagro
semejante al del Pentecostés. Por supuesto, ya que la llama del Espíritu
Santo bajaba, que iluminara la pobre cabeza de la Duquesa de Montespán.
Se que os agrada visitar sus salones con frecuencia y no os
incluyo en ese puñado -de dos, básicamente- , pero conociendo vuestro
buen humor me consta que no participáis en ese tipo de entretenimientos
vacuos.
Mi buena aya, como sabéis, que me educó en los distintos saberes,
primando sobre ellos la prudencia, la sinceridad y la discreción, me
enseñó desde bien pequeño a reservarme aquellos comentarios que
pudieran parecer precipitados, que tratara de juzgar la mejor parte de
las personas.
Parece, a primera vista, que me enseñó un saber inútil, pero
no lo creo así. Estoy muy cómodo con mis opiniones de los personajes
de la Corte de la Archiduquesa. Trato de ver lo mejor de ellos aunque
algunas veces parezca que hay poco que ver.
En fin, mi madre, hija única en este mundo, para quien le
interese, descansa en paz en el mausoleo de la capilla de Summa
Felicitas. Supongo que si viera los comentarios que se vierten sobre su
hijo se levantaría de su tumba, tan airosa que era ella
Odysseus - I
Príncipe de Éden.
Palacio de Summa Felicitas, Ithaca
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