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He
esperado a responder a vuestra sorprendente misiva unos días por mor de
que Charito, que os devuelvo con la presente, pues con Antino me basta
para que me sostengan el costurero, regresara de murcianas tierras, a
donde la envié siguiendo vuestro consejo, para que llevara a cabo
cuantas averiguaciones pudiera de todo este sainete, síntoma de la era
de decadencia que nos ha tocado vivir.
Por
tanto, Duquesito, me permitiréis exponeros en ésta la síntesis de
cuanto me explicó la joven Charito, junto con lo recabado por Victor1,
que está escribiendo a mi dictado. Podría excusarme por anticipado y
decir que mi pobre entendimiento intentará hacer que sea inteligible,
mas no me excusaré, porque
no es problema de mi entendimiento, que de pobre
nada: es que esto es una
carnavalada, y ninguna persona con sentido común podría entender la
magnitud del presente dislate.
Charito fue a Murcia a casa de Fulgencia, la Marquesa del Yermo y
de la Vega, con una carta mía de recomendación, aunque sé de buena
tinta que Fulgencia la reconoció nada más verla, pues buena
es ella para saber de todas las familias nobles de su reino, sean
legítimas o bastardas. En la mentada carta encarecía a Fulgencia a que
prestase colaboración a Charito en su cometido, propósito que la
Marquesa acogió de buen grado pues así de paso ella se enteraba, y no
hay cosa que le agrade más a tan religiosa Señora que enterarse de
todo.
Fueron de palacio en palacio, de villa en villa, de figón en figón
(en esas ocasiones, Fulgencia convenientemente enmascarada, pues no es
cosa de Dama que la vean a una en trascurrios con el miriñaque de seda,
y más el de Fulgencia, que ocupa mucho) y esto es lo que averiguaron,
Duquesito:
La “Marquesa de Salar” no es otra sino “La Saler”. Os haré
memoria: La Saler era una alcahueta nigromante
de origen levantino que la madre de Mercedes tenía a su servicio, como
La Voisin fue en su tiempo en la corte de Luis XIV el Grande allá en
Versalles, es decir, una envenenadora y una lianta. El nombre os debería
sonar, puesto que Víctor ha encontrado en vuestros archivos unos apuntes
sobre determinadas drogas
que le disteis a la mujeruca como recadera de su señora, la madre de
Mercedes. Ahora recordareis, supongo, sobre todo si dejáis de mirar a
Ganímedes.
Según dichos apuntes, la Condesa Madre, quien tuvo esa relación
con Vos que sin duda habéis olvidado por la cuenta que os trae, pero
que entiendo debió ser ardiente, a juzgar por el cuadro que victor1 ha traído
a palacio y que pienso poner en la despensa, por ver si la monja glotona
esa de Madretere se siente incómoda y desiste de acabar con la provisión
de conservas y embutidos allí existente so excusa de sus ejercicios
espirituales, la Condesa Madre, decía, tenía en gran estima a la Saler
como curandera y hechicera. Y siendo dicha señora asaz procaz y amante
de la vida ligera –yo era muy niña entonces y no podía tener
conocimiento de estas peculiaridades de la mentada Dama- eran necesarias
las intervenciones de la Saler para poner fin a los trastornos de una
maternidad no deseada, ya
me entendéis, de la dicha Condesa. Parece
ser que falló con Charito, quien al conocer ahora estos hechos vínome
en estado de miserere a su regreso, razón por la cual os la devuelvo,
que para penas ya está una sobrada, razón la cual explica ese odio que
Mercedes mostraba por la
cenicienta bastarda. Si, Mercedes debía tenerle aborrecimiento tanto en
cuanto Charito simbolizaba para
ella la suma de los deslices de su santa madre, santa que no casta, y es
que, Duquesito, en ese feudo se ve que las artes del alambre son
costumbre local. Ese cuadro es demostrativo en grado sumo. Y por cierto,
son clavadas madre e hija ... ¿Es por ello que decidisteis repetir en
la hija lo consumado con la madre? Tenéis, debéis aclarar estos
misterios.
La
cariñosa y atenta aya de nasciturus
malogrados representaba para
Mercedes una amenaza a la memoria de su madre, que fue quien hizo
construir la malhadada rosaleda
y el cenador que tan a maltraer nos llevó a toda la Cibercorte: ¿Le
inspirasteis Vos dicha idea con la visión de vuestros rosales crecidos
al amparo de la tramontana? Quizá fuese así, en cualquier caso solo
Vos, Duquesito, conocéis la respuesta. Ya me estoy yendo del hilo de mi
narración y es que una, sin modestia, reconoce que la realidad la
desborda; volvamos al discurrir de la misma.
La amenaza de la Saler fue neutralizada por Mercedes de un modo
simple y eficaz: ennoblecerla; y ahí nació la Marquesa de Salar, antes
oscura plebeya, ahora luciente señora que la travestida invoca con el
cariño mismo que se demostraría a una gata arañona, una tía abuela
inconveniente y sabedora o a un Belcebú bailador de seguidillas
murcianas. Lo que Mercedes se olvida es que la concesión de nobleza
solo la da la realeza, y ella de real tiene poco, especialmente desde su
enmascaramiento.
Por cierto es que quedeme sorprendida cuando Victor1 hizo
exhibición de un billete escrito por el entonces Maestro de Música de
vuestra capilla cortesana, Mossen Corxea, en que se os quejaba
vivamente por la usurpación que suponía el hecho que durante
vuestros devaneos con la Michirona Hija hubiera una rondalla murciana
al completo, por petición de ella, al pie del tálamo,
interpretando dichas danzas regionales ad
libitum y senza interruzzione con
las bandurrias mientras perpetrabais actos que no oso mencionar. No oso,
pero sí os conmino a que me contéis con detalle tales hechos en el
chocolate que os pienso ofrecer en
vuestra morada; recién traído del Atlas es tan noble
ingrediente, a la cual me desplazaré para la ocasión para
aliviar vuestra enfermedad. Lo llevaré yo misma pues Antino ha de
quedarse al cuidado de mi hacienda y mi constantemente asaltada despensa
por monja incontinente.
Otra vez, otra vez, Duquesito, perdí el hilo de mis
pensamientos. Son los inconvenientes que una Dama ha de sufrir en su
madurez y que la falta de alegría desde el súbito fallecimiento de mi
consorte cántabro ha acentuado, sin duda. La pena de una viuda que
trasuda la tinta de su cálamo. Perdonad. La ausencia de afecto me hace
vagar por los senderos de la melancolía. Y perdonad mi abrupta e
inesperada sinceridad, pero nadie como Vos me entenderéis.
He sabido también de otro de los secretos de esa familia de
orates, resultado de las pesquisas de Doña Fulgencia: recordareis a la
Princesita de Montijo, Eugeen, Señora de Mazarrón y del aborrecimiento
que Mercedes siempre mostró por ella, ninguneandola y afrentándola
delante de toda la Corte constantemente. Pues bien, la razón de ello es
que ambas, cuando niñas estuvieron en el mismo convento formándose, el
de las RR.MM. Adoratrices del Paquete y allí dicen, la Michirona tuvo
un extravío hacia su prima –cosas de adolescentes, vos sabéis- que
no fue correspondido por ésta, lo que generó ese odio visceral que le
profesa.
Y me disculpareis, pero debo dejar aquí mi relato, tanto en
cuanto están al llegar mis invitados al chocolate de las seis y sabéis
que no me gusta descuidar mis obligaciones sociales.
Cuidaos Señor, me sois un bien precioso.
María Manuela de Montespán,
Duquesa
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