|
Mi
muy querida Merceditas,
Me
perdonareis, sin duda, dos cosas:
La primera, aunque os sea difícil, el que haya tardado tanto en responder
a vuestra sentida y emotiva epístola, en mi descargo diré que he
esperado hasta sentir el momento íntimo de recogimiento físico y
espiritual que es necesario para abrir nuestro corazón a todos aquellos y
aquellas que de nós esperan consuelo, ayuda o simplemente opinión.
Y la segunda, que se os resultará menos costosa, el que transforme
vuestro hermoso patronímico en ese cariñoso Merceditas. No
creáis, no, que mucha es mi confianza personal en esa barcelonense virgen
misericordiosa. Ya me gustaría ser tan piadosa y afortunada como Pitita y
disfrutar de sus apariciones para tomar té y oir su celestial consuelo,
amén de solicitarle indulgencias, que faltada estoy de unas cuantas, pero
espero que al menos a vos, que en éste valle de lágrimas bajo su
protección os halláis, sí he de conoceos de modo más cercano, y de
ello que os aplique el cariñoso diminutivo.
Querida
Merceditas, repito una vez más, me ha conmovido profundamente todo
lo que me habéis relatado. Y os diré que el hecho de que ambas nos
hayamos encontrado no ha de ser casual. Vuestra vida posee un paralelismo
con respecto a la mía que hasta de poético calificaría, si no fuera por
que poco poéticas son las funciones fisiológicas que sugerís en vuestra
misiva. Y, antes de que os ruboricéis, os diré que he decidido abrir mi
corazón a vos, y ser tan sincera como sin duda os merecéis.
Mas
habéis de prometerme que no veréis en mí confesora o juez opresor que
ose valorar vuestros actos, incluso sugerir reparación por alguno de
ellos, y muy en cambio veréis una amiga en la cual volcar vuestras
cuitas, y que no os juzgará por lo que hagáis.
Mucho me temo, dulce Merceditas, que las tornas se inviertan y
podáis sentios en algún momento escandalizada de lo que yo diga, ya que
desde que abandoné los muros del Convento de Lluch, santo lugar de
recogimiento en donde recibí mi educación (parte de ella, debería
decir), mi vida tomó derroteros algo más cortesanos y sin duda menos
fieles a los designios del altísimo, que como sin duda no ignoráis, no
es el Empire State Building.
Mas si no yerro, vuestro afán es liberar vuestro espíritu de trabazones
opresivas y convertios, si me permitís la licencia, en el cicloncillo
de la Corte, empresa muy loable y que para nada se ha de contradecir
con ser una devota cristiana, siempre y cuando no sintáis una especial
devoción por las palabras de Monseñor Elias Yanes, en cuyo caso os
sugeriría una suscripción a Le Maison Marie Claire, otra a las obras
completas de Walt Disney, y un matrimonio con el hermano pequeño de
María Ostiz.
Retornando
al paralelismo que entre nuestras vidas hay, permitid que os diga que el
suceso que os arrancó de la matriz protectora (tal vez incluso agobiante)
del convento de las Hermanas Adoratrices de la Quinta Llaga
Intercostal del Agónico Cuerpo del Buen Jesús, y tenéis razón, me
ruborizo cuando recuerdo haber
recurrido al poco pío apelativo de las monjas necrófilas, tuvo su
equivalente en un rubicundo y fornido (eso me pareció entonces) mocetón
que me inició también en los placeres de la carne.
Baste decir que no fue un algarrobo, si no un vulgar matojo el receptorio
de sus fluidos sobrantes, y que en mi caso no fueron mis ojos tan sólo
los que se abrieron de par en par al admirar aquel órgano del que
tan poco había leído, y mucho menos contemplado, si no que los músculos
que de ordinario sujetan mi quijada inferior (quién lo había de decir,
con lo bien que la sujetan todavía, sin dejar que esa odiosa doble papada
haga mella en mi perfil) cedieron también, dedándome boquiabierta.
Mas ignoro si mi alma, como en vuestro caso, abandonó mi cuerpo; téngolo
por improbable, ya que caí de hinojos ante semejante prodigio, y el
gañán aprovechó la coyuntura para introducir aquello, que entre tanto
había alcanzado medidas contundentes en el sagrario que cobija mi
glotis. Sí, querida, sí, ¡a ambas nos abrió los ojos (y alguna que
otra cavidad corporal) la contemplación del acto más natural y antiguo
del hombre!
¿No os parece hermoso? Bien, pues vamos a ponernos en harina, como dice
el refrán (sin duda castellano, como casi todos, aunque habréis de
perdonar mi ignorancia en esos temas; isleña me crié, e isleña soy). Lo
primero, es decios que a buen ascua os habéis arrimado (me perdonareis
estos arranques tan castizos, pero desde que acogí, llena de buena
intención primero, y me vi arrojada después a confinar una temporada a
las mazmorras de palacio a Mme Paqui Rocher, dama zafia en demasía
aunque de buen corazón, eso dice ella, me sale de cuando en cuando un
pronto algo burdo), ya que os puedo sugerir maneras y modos, mas no
garantizo los resultados, que, si hemos de guiarnos por mi trayectoria,
aun están por demostrar.
Lo primero que os he de aconsejar, si deseáis triunfar en la Corte, es
que tengáis bien preparado un pequeño "neceser" que os
ayudará en vuestros trajines. Se que no es algo que se vea, pero sí que
os habrá de reportar beneficios.
En el incluiréis un tubo de gelatina lubricante (hay afamados
laboratorios norteamericanos que la fabrican, en inconfundible envase azul
y blanco), unos adminículos llamados preservativos (que, si mi buen ojo
no me engaña, ya conoceréis) que no estén caducados, nada más
sofocante que encontrar cierto número de ellos con fecha de caducidad
cercana al aniversario de Matusalén, ya que os podrían tomar por
solterona, y eso sí que no.
Una botella del ungüento llamado Yacutín, por si notáis unos
sospechosos y persistentes picores en esa zona donde no suele dar
el sol, y ya sabéis que no hablo de la cara oculta de la Luna.
Y un enjuague bucal que no sepa a menta, por si en determinados momentos
tenéis la boca pastosa o sencillamente tomasteis uno de esos sabrosos
guisos tan sazonados que son el orgullo de la Huerta; lo de que no sepa a
menta no es imprescindible, pero ésta ya está tan trillada y vista, que os
verían el plumero. Buscad en su lugar uno con sabor a albaricoque o
melocotón.
Todo lo anterior lo podéis comprar en la botica, pero además
necesitareis, si queréis seguir mi consejo, un estuche, forrado de
terciopelo azul o rojo, donde depositareis vuestra conciencia, que es
algo que suele fastidiar bastante. Naturalmente podríais llevarla puesta,
pero eso es algo que no suele llevar a la cúspide de la corte, y que
acaba generando remordimientos. Por si acaso, que no se os olvide otro
estuche, este en color diferente del anterior, para introducir los
remordimientos en el mismo.
Ya se que me vais a decir que de éste modo no podréis llevar esos bolsos
monísimos en forma de ostra color dorado, ya que no os cabe ni la mitad,
pero hija mía, eso está ya muy pasado de moda. Si vuestro atuendo ha de
ser de gran gala, os recomiendo un bolsón adornado de plumas de avestruz,
y, mal de males, siempre podéis coseos un velcro al miriñaque y
llevarlo todo allí en una bolsita de hule.
Eso sí, no habéis de olvidar llevar vuestro abanico. Mi prima Mª
Manuela de Montespán, más curtida que yo en el lenguaje de los
abanicos, aconseja el verde para las principiantes, mas cuidad que
no sea verde menta, que parecerá un accesorio de la moulinette, ni verde
fosforescente, que os tacharán de extravagante. Un elegante color verde
Heineken se combina bien con casi todo. Creedme en esto, aun recuerdo las
palabras de mi prima cuando me aconsejaba en los inicios "..... y
recordad, prima, que sois una dama y vais en Calesa, y azotáis con
vuestro abanico malva a los gañanes que os importunan....".
Un abanico malva no os lo recomiendo si aun sois neófita, pues
sería un poco pretencioso, mas id practicando con un abanico cualquiera
el toque adecuado para los gañanes que os importunen, que no ha de ser
demasiado fuerte, pero tampoco se ha de confundir con una caricia.
De todos modos, querida, lo mucho o poco que azotéis con el abanico
dependerá sin duda de vos misma; cuantas veces he lamentado no ser algo
más dura en su uso, aunque se que dado mi natural, si intento forzarlo
parecería una réplica sobre actuada de Aurora Bautista. Vos misma
os iréis dando cuenta de ello, a medida que os introduzcáis en los
vericuetos de la real y cibernética corte.
Y llegamos al punto... la Corte! Merceditas querida, no conozco aun
vuestros problemas concretos, vos os confesáis algo burda, mas es muy
vago ese término. Supongo que las monjitas ya os educaron en el arte de
sentarse a la mesa en sociedad, en cómo organizar una recepción y en los
modos que necesitáis para tratar con personas de alcurnia. Pues bien:
eso, y las cuatro reglas es lo único que habéis de retener. El resto,
podéis dárselo a los pobres, que no os hará más falta.
Por el resto, desearía me expusierais alguna de vuestras dudas, ya
que así ha de ser algo más útil mi humilde consejo, y no dudaré,
naturalmente, en refrendarlo con mis experiencias personales, si es que
alguna hay que os pueda servir de ayuda, siquiera para no repetirla, que
yo también fui novicia de la vida.
Mientras tanto, oíd mi consejo: no se trata de ir de ursulina, mas no
creáis que en la corte tampoco habéis de ir con las bragas en la boca
(cielos, esa arpía de Mme Rocher me ha dejado un negro legado!),
mirad si no que fue de la pobre Mesalina...
Esperando oír vuestras refrescantes buenas nuevas, vuestra
Mª
Antonia |